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Tierra de reencuentro

Artículo correspondiente al número 238 (3 al 16 de octubre de 2008)

 

Isla Dawson vuelve a estar sobre el tapete. La trae a colación la película que allí filma Miguel Littin, pero también los recuerdos, encuentros y desencuentros que provocan los hechos que allí ocurrieron a partir de 1973. Como confiesa este reconocido director de cine, “más allá de la situación coyuntural chilena, lo que me interesa rescatar es al hombre frente a la adversidad, frente a la naturaleza, frente a Dios…”. Capital, el único medio presente en el rodaje, comprobó in situ que no pudo encontrar un lugar más adecuado para ello. Por Patricia Arancibia Clavel.



Estoy en Dawson, una isla que comenzó a formar parte de nuestra memoria histórica en septiembre de 1973. Situada unos 100 kilómetros al sur de Punta Arenas, su superficie es 11 veces mayor que Isla de Pascua. Desde mayo de 1972 es una base naval, por lo que tiene acceso restringido. Para llegar aquí, se necesita no sólo una autorización especial de la Armada, sino coordinar con ella una fecha que coincida con el viaje que –no siempre de manera regular– realizan a la isla una barcaza, un avión o un helicóptero institucionales.

La diferencia es sustantiva y todo depende de las condiciones climáticas y la disponibilidad de transporte existente. En la barcaza, la travesía desde Punta Arenas puede extenderse por entre cinco y siete horas. Por aire, no más de treinta minutos. Pero uno no elige. Hay que estar dispuesta a cualquier eventualidad y alerta al llamado de un oficial que, con poco tiempo de anticipación, avisa el lugar de embarque y el medio de transporte. En mi caso, el llamado llegó al hotel Tierra del Fuego, en Punta Arenas. Tuve suerte. Debía partir en helicóptero a las siete y media de la mañana siguiente, aprovechando la visita de inspección que realizaría a la isla el jefe del Estado Mayor de la Tercera Zona, capitán de navío Jorge Aguirre.

El vuelo es a baja altura sobre el Estrecho de Magallanes. Hacia el este, se observa la ciudad de Porvenir y, luego de unos quince minutos avanzando hacia el sur, aparecen a nuestra vista los contornos perfectamente delineados de esta isla semi desierta que a partir del 16 de septiembre de 1973 fue lugar de relegación tras el golpe del 11. Mientras en Santiago aún se combatía, la Junta Militar ordenó confinar allí a los colaboradores más cercanos del presidente Allende y a un grupo de detenidos políticos de la región magallánica.

Desde el aire se divisa un conjunto de construcciones bajas de color blanco y techo rojo, diseminadas en torno a un muelle: estamos llegando a Puerto Harris, centro de la base naval y donde hace 35 años desembarcó, de madrugada y con incierto destino, una treintena de personalidades del régimen depuesto, entre los que se encontraban los ex ministros Clodomiro Almeyda, Sergio Bitar, Orlando Cantuarias, Edgardo Henríquez, Fernando Flores, Arturo Jirón, Orlando Letelier, Luis Matte, Aníbal Palma, Osvaldo Puccio, Pedro Felipe Ramírez, José Tohá, Jaime Tohá y otras figuras activas del gobierno de la Unidad Popular.

Los recuerdos vienen al caso, porque he viajado a Dawson para observar de cerca el rodaje de la película Isla 10, basada en el libro homónimo de Sergio Bitar, que fi lma in situ desde hace un par de semanas el cineasta Miguel Littin. El tema ha causado polémica entre algunos de los propios “protagonistas”, que acusan al director de darle demasiada “pantalla” a Bitar, como también entre quienes critican a la Armada por facilitar sus dependencias para revivir hechos de un pasado que incomoda.

Al ver flamear nuestra bandera en este simbólico y solitario punto del territorio austral, es muy difícil no preguntarse, una vez más, sobre qué nos pasó, en qué fallamos, por qué no fuimos capaces de evitar la confrontación y permitimos –los de uno y otro bando– que en un momento crítico de nuestra historia nos dominara la lógica de la violencia y de la guerra.

 

 

In situ




El día está soleado, pero corre un fuerte viento helado. Con la caballerosidad propia de los marinos, me da la bienvenida el comandante de la base, capitán de fragata Claudio Jofré Montaner.

Llego al casino de oficiales, donde espero encontrar a Littin y a su equipo de filmación. Aunque son apenas las ocho y cuarto de la mañana, no encuentro a ninguno de ellos. Están desde muy temprano en el lugar de rodaje, a 15 kilómetros de Puerto Harris. Después de un buen café, decido dar una vuelta por los alrededores para admirar el paisaje y conversar con los lugareños. La población estable de la isla no supera las trescientas personas. Viven allí 93 oficiales, suboficiales y gente de mar, con sus respectivas familias. Camino hacia la iglesia San Rafael, una construcción que, en tiempos de la presencia salesiana, fue levantada por la empresa ganadera Gente Grande en 1918 y que conserva aún toda su belleza. Luego me acerco al muelle, donde varios niños juegan y andan en bicicleta.

Está con ellos Micaela, la señora de un suboficial que lleva viviendo aquí dos años, y le quedan todavía tres más… No le parece mucho tiempo. “Asumo mi realidad –me dice sonriendo–, el paisaje es espectacular y aprovechamos para tener mucha vida de familia y ahorrar. La escuela es buena para mi hija: allí le entregan una educación personalizada, ya que en total son 130 niños, pero –me agrega– sólo tiene hasta octavo básico”. Me cuenta que la isla se ha revolucionado con la llegada de actores famosos como Cristián de la Fuente y Benjamín Vicuña, y que pese al frío y la nieve, salen a dar una vuelta por si se los topan por ahí. Impresiona que –más allá del aspecto farandulero– ella tenga clara conciencia de que la película que se está filmando posee un importante significado histórico, “no sólo para nosotros acá en la isla –me dice– sino para todos los chilenos”. No conoce el guión ni ha leído el libro de Bitar, pero –agrega– “sé de qué se trata y pienso que es bueno que se haga, aunque sea duro rememorar momentos difíciles. Debemos dejar atrás ese rencor del pasado y aprender a convivir. Yo no tengo condición política, soy joven y creo que hay que olvidarse del odio que un día dividió a nuestros padres”. Su calidez y hospitalidad quedarán demostradas al anochecer, cuando me invita a su casa y comparto con ella una rica pizza.

De vuelta al casino de oficiales, donde me alojo, me encuentro con tres cabos que trabajan al costado del helipuerto. Se muestran contentos porque su rutina y aislamiento ha cambiado en las últimas semanas. Con autorización del mando, están participando activamente como extras en la filmación de la película. Uno de ellos cuenta que le tocó hacer de prisionero. “Subí con los actores a un camión militar, me pasaron una capucha de saco y, con ella puesta, como todos los demás, filmaron la escena en que los detenidos llegaban a la isla. Gente también nuestra, con uniforme de campaña, hizo de guardias. Nos empujaban bruscamente y nos apuntaban con sus fusiles, recreando lo que al parecer sucedió aquí el 73”.




Comentarios

1 Comentarios

ADOLFO MARDONES :

Publicado Viernes 10 de Octubre, 2008 - 12:10 hrs

Considero extraordinario, independiente de cualquier contenido político que sobre hechos reales se rememore una etapa de nuestra historia, y lo más elogiable la participación de civiles y militares como participantes. 
La pelicula debiera llamarse "Isla Dawson, Reconciliación" 
Adolfo Mardones

 
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