Artículo correspondiente al número 269 (29 de enero al 25 de febrero)
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Las insulares tierras de Juan Fernández viven un momento crítico. Sus increibles paisajes y rica presencia de flora endémica están siendo amagados por especies foráneas. Y aunque ya se están tomando medidas, su frágil equilibrio sigue en riesgo. Texto y fotos, Nicolás Vial.
Cuando se habla del archipiélago Juan Fernández es inevitable recordar las aventuras del náufrago Robinson Crusoe, personaje literario desarrollado por el escritor inglés Daniel Defoe y que tuvo como inspiración al navegante Alejandro Selkirk, quien habitó la isla durante cuatro años. Ubicado a unos 600 kilómetros de las costas chilenas, el archipiélago es un ecosistema privilegiado. Reconocido por los organismos internacionales como uno de los territorios con mayor biodiversidad del planeta (0,98 especies endémicas por kilómetro cuadrado), por años este lugar ha sido un destino obligado de investigadores y amantes de la naturaleza que han visto en él un verdadero laboratorio medioambiental.
Sin embargo, esa cualidad está bajo amenaza. Sí, porque entre los expertos no hay discusión: Juan Fernández vive uno de sus momentos más críticos. Tras 400 años de poblamiento, el uso intensivo de sus tierras y la introducción de especies vegetales y animales foráneas han producido un quiebre en el frágil equilibrio del ecosistema. La situación ha llegado a tal extremo, que de las casi 9.900 hectáreas que posee la isla Robinson Crusoe sólo 200 están compuestas exclusivamente de flora nativa. Es más, seis de cada siete especies extintas de origen chileno son del archipiélago y el profundo proceso de deterioro del territorio sigue en aumento. “Estamos ante un cáncer y la metástasis está invadiendo ecosistemas muy importantes de la zona”, dice con preocupación Iván Leiva, director del Parque Nacional Archipiélago Juan Fernández.
La imagen no es una exageración. Especies como el maqui, la zarzamora y la murtilla han ido desplazando a la flora nativa, la que hoy presenta 22 especies al borde de la extinción y otras 85 en peligro. Si a lo anterior se suma la acción de cabras, ratones y conejos, las luces de alerta se intensifican.
Juan Fernández, ad portas de un daño ecológico irreversible
Juan Fernández, ad portas de un daño ecológico irreversible
Juan Fernández, ad portas de un daño ecológico irreversible
Juan Fernández, ad portas de un daño ecológico irreversible
Juan Fernández, ad portas de un daño ecológico irreversible
Juan Fernández, ad portas de un daño ecológico irreversible
Juan Fernández, ad portas de un daño ecológico irreversible
Juan Fernández, ad portas de un daño ecológico irreversible
Juan Fernández, ad portas de un daño ecológico irreversible
En la cuerda floja
Fuimos a Juan Fernández acompañando a los jóvenes de la Ruta Quetzal (ver recuadro), visita que nos permitió tener un panorama completo del lugar. Una geografía inesperada, donde se entremezclan sin aviso previo el calor y la lluvia tropical.
El archipiélago está compuesto por tres islas: Santa Clara, Alejandro Selkirk y Robinson Crusoe. En esta última se encuentra el pueblo de San Juan Bautista, localidad que alberga a unos 690 habitantes que tienen como principal actividad económica la pesca de la langosta, además de un incipiente turismo. Este último, en todo caso, es escaso, ya que llegar a Juan Fernández por aire es muy caro (450 mil pesos ida y vuelta en una de las dos aerolíneas privadas que entregan este servicio), mientras que la alternativa marítima significa un día completo de arremolinado viaje.
Como decíamos, la biodiversidad del ecosistema es privilegiada, pero está viviendo un minuto crítico en que, según los especialistas, urgen medidas. “Existen alrededor de 15 especies que tienen menos de 10 individuos en el medio silvestre. Cuando tú tienes tamaños tan reducidos de población, la especie está virtualmente extinta”, explica el director de la Fundación Biodiversa, Aarón Cavieres. Ese organismo trabaja desde hace un par de años en la conservación del territorio y en noviembre pasado reunió a 60 expertos nacionales e internacionales para elaborar los lineamientos principales para rescatar el archipiélago. Este taller contó también con la participación de entidades públicas como la Conaf, la Conama y el SAG, entre otros, además de representantes de la comunidad juanfernandina.
Una de las soluciones que se requieren es constituir una barrera biológica que impida la introducción de especies invasoras en el ecosistema. El equilibrio de la zona es tan frágil que, por ejemplo, la población de San Juan Bautista se revolucionó el año pasado al encontrar una culebra, animal nunca antes visto en el territorio. ¿Cómo habría llegado? Se especula que entre los sacos de cemento que se usaron para pavimentar la calle principal.
Para frenar la entrada de organismos extraños lo primero que se necesita es una aduana, medida que no es tan fácil de llevar a cabo; principalmente, por un problema en la legislación. Por normativa, el SAG sólo puede establecer oficinas de control de especies en terrenos agrícolas, condición que no cumple el archipiélago. “El SAG tiene toda la disposición y los recursos para hacerlo, pero el problema es que puede llegar la Contraloría y preguntar por qué se destinan recursos para evitar el ingreso de especies invasoras cuando en realidad el objetivo del servicio es preocuparse de la plagas agrícolas. Aquí se cumple con la legislación, pero en este tema se topa”, anota Cavieres, quien agrega que este punto se está trabajando activamente, pensando que existen otras zonas del país que presentan esta misma dificultad.
Otro punto crítico es recuperar los terrenos endémicos que se han perdido. Según los especialistas consultados por Capital, las posibilidades de lograrlo son escasas debido a que el proceso ocurrido es prácticamente irreversible. Se pretende a mediano plazo cercar las zonas de la isla Robinson Crusoe que permanezcan intactas, para así conservarlas. Eso, como medida de contención, ya que eliminar la denominada flora dañina es difícil, porque las semillas del maqui o de la zarzamora han sido transportadas por las aves a diversos sectores del Parque, de modo que hoy es casi imposible controlar su proliferación.