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Tiempo de oscuridades

Artículo correspondiente al número 206 (15 al 28 de jun 2007)

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Hay razones para temer que al Estado chileno le estén quedando grandes los asuntos de Estado. El Transantiago puede ser un ejemplo demasiado grueso de los factores de incompetencia e imprevisión que intervienen en el diseño y ejecución de las políticas públicas. Pero hay muchos otros testimonios, en educación, en ley penal juvenil, en descontaminación de la ciudad de Santiago…

Ahora el país está dependiendo de las lluvias y del gas que buenamente los argentinos puedan bombear a Chile para evitar apagones, racionamientos y una crisis energética de proporciones mayores este año y los dos próximos.

¿Qué ocurrió? Básicamente, que durante la última década los gobiernos se dejaron estar, privilegiaron el corto plazo por encima del largo plazo y perdieron la capacidad de concebir políticas públicas a la altura de los desafíos del crecimiento económico. Esta crisis –que no mereció mayor consideración en el mensaje presidencial del 21 de mayo– se veía venir. Las propias autoridades han señalado en distintas oportunidades que era inminente. Y ahora, cuando ya está instalada, el país sigue indefenso y, lo que es peor, sin un proyecto claro acerca de cómo enfrentar la emergencia.

Tiempos de oscuridades. Se multiplica la evidencia de problemas de gestión en el aparato estatal. El gobierno, mientras tanto, anuncia cada día mayores gastos, pero las garantías en cuanto a que los nuevos recursos se están invirtiendo bien son cada día más débiles.

FUE LINDO MIENTRAS DURO

Chile importa el 75% de la energía que requiere. La naturaleza no nos dio petróleo ni gas, al menos en los volúmenes requeridos, y nuestro carbón es de bajo poder calórico. Lo único que tenemos es agua y por eso, durante muchos años, la base de nuestra matriz energética estuvo asociada a la generación hidroeléctrica. Así fue hasta que descubrimos que el gas estaba barato y el 7 de agosto de 1997 los ex presidentes Eduardo Frei y Carlos Menem firmaron un protocolo de interconexión gasífera que prometía ser la panacea. A partir de ese momento, todo cambió. Porque efectivamente, mientras duró, fue una panacea que significó energía barata y energía limpia.

El problema es que no iba a durar para siempre. El 19 de febrero del año 2002 se produjo la primera señal de alerta en cuanto a que el suministro de gas argentino no era en absoluto seguro. Ese día los envíos disminuyeron en forma drástica. Si bien el problema fue gatillado por una huelga de trabajadores, lo cierto es que se constató que el sistema de envíos y el protocolo era frágil. Dos años después comenzaron los problemas serios. En marzo del 2004, el gobierno de Kirchner estableció que las empresas chilenas no podían consumir más gas que el año anterior –aun cuando a Argentina no le servía el gas sobrante–, y se comenzó a restar validez al protocolo de gas, alegando que nunca había sido ratificado por el Congreso argentino. En concreto, Chile se convirtió en la válvula de ajuste de la política energética argentina y tres años después de esa crisis –con racionamientos incluidos– la situación crítica no ha variado mucho. Más bien ha empeorado, dado el deterioro del mercado energético que está viviendo Argentina.

Hace pocas semanas, los proveedores de gas natural de Argentina cortaron el 100% del abastecimiento para la zona central, con lo cual incluso el comercio y el sector residencial estuvieron en riesgo de quedar sin gas.

Sobre las medidas y responsables que causaron la crisis no hay visiones únicas, pero sí hay consenso en que la situación argentina ha sido clave. Chile importa prácticamente el 100% del gas natural que consume desde Argentina y la generación eléctrica del país depende casi en un 40% de esta fuente. Así las cosas, si Argentina disminuye los envíos de gas, como de hecho lo viene haciendo desde el año 2004, las consecuencias para Chile son graves. La mayor demanda de gas en Argentina, agravada por la ola de frío polar que azotó a este país y la paralización de las inversiones en el sector, configurán un escenario de temer.

¿Por qué aumentó la demanda y se estancó la producción? La respuesta es simple y responde a la más pura teoría económica. Dentro de un plan abiertamente populista, el gobierno de Kirchner decidió congelar los precios de varios productos, entre ellos el gas natural, con lo cual se produjo una fuerte caída en las inversiones de las empresas. El precio del gas se fijó artificialmente bajo, lo que aumentó la demanda –no solo se utiliza este combustible para uso industrial y residencial, como calefacción, sino también para el transporte, área en la que se ha incentivado la sustitución de combustibles líquidos por gas, pues los precios de aquellos se han mantenido en sus valores reales–, sino que también y lo que es particularmente grave para el futuro, desincentivó a las empresas a invertir en mejores tecnologías y en exploración.

¿Qué está haciendo Chile para resguardarse de la crisis? ¿Qué está haciendo para cortar su dependencia de un suministro cada vez más inseguro?


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