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Artículo correspondiente al número 240 (31 de octubre al 13 de noviembre de 2008)
Ricardo era un hombre de una moral intachable, de valores muy férreos y que luchaba con gran valentía por lo que creía justo. Era una persona de una profunda fe cristiana y de gran sentido social. La suya es, sin duda, una pérdida inestimable. Por Eugenio Heiremans.
Ricardo Claro lo conocí a comienzos de la década del 60, cuando ya se perfilaba como un abogado de extraordinaria capacidad y eficiencia. Recuerdo su figura de hombre que defendía sus ideas y puntos de vista con profunda energía y convicción. Era admirable el conocimiento que tenía de las leyes y la forma cómo abordaba las causas judiciales en los Tribunales. Me atrevo a decir que tal vez esas fueron sus características principales. Sin embargo, debo confesar que junto a esas imágenes de él atesoro otras: las de un joven con quien compartí innumerables veraneos en Zapallar, un muchacho de gran sentido del humor y muy amigo de sus amigos.
No me equivoco ni exagero al considerarlo como uno de los abogados más brillantes de su generación. Estudiaba cada caso con gran acuciosidad reuniendo los antecedentes precisos para obtener resultados favorables de la justicia. También dedicaba varias horas de su extensa jornada diaria y de su fin de semana al estudio de asuntos económicos y sociales.
Su pasión por el Derecho y la economía lo llevó a ejercer la docencia en la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y en la Academia Superior de Seguridad Nacional, y a dictar conferencias en prestigiosos institutos de altos estudios, tanto de nuestro país como del exterior. Igualmente, hizo saber su opinión en importantes medios de comunicación escritos.
Pienso que la inteligencia de Ricardo la heredó de su padre –un exitoso corredor de la Bolsa de Comercio de Santiago– despertando en él especial interés por el quehacer empresarial. Lo hizo con enorme eficiencia y gran visión. Ello ocurrió poco tiempo antes de que en el país se produjera el caos económico de los años 70. Trabajó asociado con Javier Vial –también fallecido– y otros destacados hombres de negocios. Gradualmente empezó a desarrollarse en el mundo de la industria, pero manteniendo siempre la base de su ejercicio en el campo de las leyes.
Asumido el Gobierno Militar, en 1973, colaboró entusiastamente en áreas de la economía que permitieron a Chile la inserción en los mercados internacionales. Posteriormente derivó en el control de empresas importantes como la Sudamericana de Vapores, Viña Santa Rita, Elecmetal, Cristalerías Chile y varias otras, que dirigía con extraordinaria habilidad y con mucha seguridad.
Valga destacar su profunda fe católica y su preocupación por colaborar muy discretamente en obras de carácter social. Ello le significó ser acreedor de una serie de reconocimientos públicos y privados de la autoridad eclesiástica, tanto nacionales como del Vaticano.
En sus vínculos con los trabajadores, lo recuerdo como muy cercano a sus inquietudes velando de manera permanente por mejorar condiciones laborales.
Ricardo siempre me expresó mucha amistad. Era muy grato departir con él. En nuestras conversaciones destacaban esa clara visión de futuro y su particular interés por emprender nuevos proyectos. Chile pierde hoy a un hombre de excepción, que dedicó la mayor parte de su vida a aportar soluciones de indiscutible beneficio para el progreso y desarrollo del país. Su estatura moral le permitió actuar con valentía y emitir juicios francos y oportunos cuando se enfrentó a situaciones que consideró equivocadas.