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Bienvenido, te encuentras en Inicio Reportajes y Entrevistas Sergio Larraín Echeñique. El cazador oculto |
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Artículo correspondiente al número 213 (21 de sept al 04 de oct 2007)
Tras caminar un par de cuadras en un hermoso día de cielo celeste y claro, nos damos la mano y nos despedimos. Mientras unos agradables rayos de sol iluminan el paisaje y don Sergio se aleja, pienso en la inmejorable oportunidad para sacar mi propia cámara y capturar el instante. Sin embargo, solo atino a observar la escena. Entonces en un súbito arrebato le grito ¿cuándo nos volvemos a ver?
Larraín se da vuelta, me hace una seña con su mano. Camino hacia él y nuevamente estamos cerca. ¡El presente es la meta, no es el camino!, me responde pedagógicamente, al tiempo que me enseña un interesante ejercicio con la planta de los pies para sentir “el presente mismo”. Estoy en plena calle y lo sigo con el ejercicio. Es notable la sensación que me produce. Me alejo y pocos pasos más allá vuelvo a escuchar su voz que pronuncia una inconfundible y postrera exhortación: ¡Sé una buena persona, escribe poesía!
Espero no haberle defraudado. Quizás algún día, en un próximo artículo, pueda contar más de su trayectoria, de su pensamiento y enseñanzas. Y tal vez, describir con mayor profundidad toda la sincronía que tuvo que producirse para nuestro encuentro. Ahora no es el momento. Mejor apagar las luces, guardar la cámara y suspender el acoso. Mejor dejarlo en paz, que es la única forma en que él quiere estar.
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7 libros clave para Larraín |
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Kybalión (Egipto, 6.000 años) |
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Su obra |
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De su trabajo como fotógrafo, dan testimonio los siguientes libros: El rectángulo en la mano (1963); La casa en la arena (con Pablo Neruda, 1966); Valparaíso (1991), publicado con motivo de la exposición realizada en los Encuentros internacionales de la fotografía de Arles; London (1998), serie de fotografías (1958-1959) presentada junto al libro de igual título en el Mes de la Fotografía, en París; Sergio Larraín (1999), Ivam, España; Imágenes de una tarde de verano en el norte, uno de los reportajes mas representativos publicado en Chile. Larraín también realizó un corto de 8 minutos en 16mm, Vagabond children.
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Armando Uribe recuerda a Sergio Larraín
El Premio Nacional de Literatura 2004 escribe sobre el legendario fotógrafo nacional.
Sergio Larraín iba al colegio Saint-George o San Jorge, como lo llamábamos de niños, para contrarrestar el deseo de los sacerdotes de la Holy Cross. Estos últimos eran tratables, pero pocos entre ellos hombres cultivados.
Algunos profesores locales eran eximios, como los del último ciclo (alumnos entre 14 y 17 años de edad) Roque Esteban Scarpa y Mario Góngora, que también hacían clases en el Pedagógico de la Universidad de Chile.
El Queco Larraín era flaco, no muy alto y caminaba a trancos largos en las puntas de los pies. Vivía con sus padres y hermanas en una casona dentro de un arbolado, en el gran triángulo entre el Canal San Carlos y el río Mapocho, donde comienza la Avenida Providencia. Se dedicó, a la salida del colegio, a sus notables fotografías. Casi 30 años después supe en París la historia o leyenda de una fotografía suya, tomada ahí, precisamente en l’Ile-Saint-Louis, detrás de la isla de la Cité, mirando al ábside de Notre-Dame.
Captó, sin darse cuenta claramente de la escena, un acto de malas costumbres que registró el revelar el negativo de la foto.
Julio Cortázar, el sorprendente escritor argentino en París, conocía al Queco, y era a su vez frecuentador de la isla Saint-Louis.
Supe del hecho y de la fotografía. Se interesó mucho y escribió su cuento Las babas del diablo, famoso apenas publicado.
El célebre cineasta italiano Michelangelo Antonioni leyó el cuento atroz de Cortázar –quizás en qué lengua, pues fue muy traducido– y fundándose en él, como lo reconoce en los créditos de la película, filmó en inglés Blow-up, transformando el episodio en una foto de delito, en un parque de otra ciudad que, al revelarse el negativo e ir ampliando la fotografía sucesivamente, cada vez más grande, permite que el mayor ejemplar, marcado por los puntos de la ampliación, revele, en otra acepción de esta palabra, lo que había ocurrido.
Han pasado casi otros 30 años y estamos en Chile. Sergio Larraín vive, casi enclaustrado, en un valle transversal del Norte Chico.
Escribo esto en Santiago, casi enclaustrado. No me acuerdo bien si conocí la historia de aquella fotografía, tomada en la isla del Sena, por Julio Cortázar en París, o si me la relató algún amigo, o si yo me la inventé una tarde en el largo aburrimiento desesperado del exilio, que vivimos en l’Ile-Saint-Louis.