Artículo correspondiente al número 282 (13 al 26 de agosto de 2010)
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-¿Cual personaje te enamoró?
-Desde el primer momento, Leonora Latorre. Lo que más me gustó de ella es que, al final de cuentas, más que una lucha contra los peruanos, tiene una lucha consigo misma, con el amor. Valiente y decidida, fue capaz de enfrentar a la sociedad de entonces y luchar por su patria y sus amores. Eso me pareció muy atractivo, más aún cuando en mi anterior película, Mi mejor enemigo, casi no aparecían mujeres. Esta es la segunda filmación de guerra que realizo, y el hecho de tener un personaje femenino me permitió dar un giro y adentrarme en su sicología y personalidad, lo que es fascinante. Creo que Fernanda Urrejola hace un excelente papel y ha sido un privilegio trabajar con ella.
-Y entre los personajes históricos, ¿tienes alguna inclinación especial por alguien?
-Rafael Sotomayor, a quien trato con mucho cariño porque si bien en la novela aparece poco y sutilmente, siento que es un personaje digno de rescatar. Piensa tú que fue el conductor civil de la guerra, un hombre con gran capacidad organizativa, que siempre estuvo en terreno buscando las soluciones más adecuadas a una campaña tan dura como era la que se llevaba en el desierto, sin agua, con pocos víveres y todas las carencias propias de soldados improvisados, pero valientes. Me pareció fantástico el respeto mutuo que se dio entre él, un civil, y los militares y me parece importante mencionarlo porque es un ejemplo para el país, ya que aprendemos que si hacemos las cosas en conjunto nos salen mejor que si las hacemos separados. -¿Crees que esta serie pueda remover sentimientos que afecten nuestras relaciones con los vecinos involucrados?
-Esta es una serie pensada para los chilenos. Es una parte de nuestra historia, y creo que justamente por ser parte real de nuestro pasado debe saberse, conocerse, trasmitirse. En definitiva, la Guerra del Pacífico es parte de nuestro código identitario.
El éxito de la novela así lo prueba, como también el interés que veo entre la gente cada vez que filmo, ya sea aquí en Huara, en Pisagua, Iquique, Santiago y donde hemos estado. Saber lo que hemos sido nos da identidad y, sin duda, nos ayuda mucho a comprender mejor quiénes somos hoy. Creo que nadie va a ir a apedrear la Embajada de Perú después de ver la serie… ¡Imagínate el poder comunicacional que me estarían dando! Además, hemos sido muy respetuosos con la contraparte. En el elenco hay un actor peruano, Hernán Romero, quien, como el general Buendía, se ha integrado al equipo sin ninguna dificultad, al igual que seis actrices de esa nacionalidad.
Historiadora y actriz
Se hace tarde. Hay que seguir grabando. El general Baquedano debe enfrentar junto a Rafael Sotomayor a un grupo de sedientos soldados que ya no aguantan más la sed… Ambos se bajan de briosos caballos y se plantan al frente de éstos, con autoridad. Hay que resistir hasta que se logre reparar las resacadoras de agua que están en los barcos. Miro desde lejos la escena. Y es que tengo que partir a vestirme y maquillarme. Pronto me tocará actuar y bueno… hay que prepararse. Sí, le he pedido a Bowen hacer un cameo.
-No tengo problemas, me dice, pero quizás tú lo tengas…
-¿Por qué?, le pregunto ingenuamente.
-Es que necesito que seas la dueña de “la casa de La China”, el prostíbulo a donde se irá a refugiar herido Roberto Rodríguez (otro agente chileno).
-¿Que yo haga de prosti?, le digo, incrédula.
-Así es... (me contesta socarrón, creyendo quizás que eso me detendría) … Repuesta de la primera impresión, contesto sin chistar que acepto el papel. Es una gran humorada que no quiero dejar pasar. Es muy simple, vestida a la usanza, sólo tengo que abrir una puerta con un pucho colgando en la boca y con cara despreciativa, dejar entrar a Leonora y Elcira que vienen a ver a su amigo. No creo que la escena dure más de 30 segundos, pero hay que producirse. Lo hago sin chistar. Mientras el peluquero me planta una extensión de rizos, la maquilladora me pinta con colores suaves.
–Las “prostis” en ésta época –me dice sonriendo– llevaban poco maquillaje y las joyas estaban reservadas sólo a las grandes damas. Bien –me digo– algo nuevo he aprendido de la vida cotidiana del período. Me siento rara y más aún cuando tengo que vestirme. Un faldón oscuro y una blusa blanca de encaje, obviamente muy escotada. Me paseo nerviosa, como niña chica entre actrices y actores. Pronto me tocará actuar. Está todo preparado. Son ya las ocho de la noche, el cansancio es real y las ojeras, naturales. Leonora toca la puerta y yo, sin dar el tiempo necesario, la abro casi inmediatamente. No es creíble. Todo de nuevo. Tengo que prender el cigarro y contar hasta cinco. Uno, dos, tres… ¡ya! La escena se graba. Corte. ¡Ufff!
Demasiadas emociones para un solo día. En el trayecto de vuelta a Iquique pienso que ha pasado tanto tiempo, más de un siglo y, sin embargo, pese a la vertiginosidad de los cambios, la heroica gesta colectiva aún palpita en el rescoldo del alma nacional. No contra éste u aquél, sino dentro de nosotros mismos. Sí, allá en el desierto terminó de acuñarse nuestra chilenidad.