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Senador Carlos Ominami: Confesiones de un dí­scolo

Artículo correspondiente al número 211 (24 de ago al 06 de sept 2007)

 

 

 

-¿No creen entonces que pudieron equivocarse en escogerla?


-Esto es así y nació así. Ella representa un modelo enteramente distinto de los tradicionales. Ella surgió, fue un accidente y eso tiene las virtudes de la frescura, de la ensoñación que provoca lo novedoso, pero tiene también los límites del fenómeno. Yo creo que hay elementos de improvisación y hay, sobre todo, una victoria ahí adonde a la Concertación le tocaba perder; esa es la verdad. Todos los datos mostraban que incluso por bien que lo estuviera haciendo Lagos, ya un Tiburón IV en versión clásica no era posible. Salió una película distinta que tuvo la potencialidad de ganar la elección. ¡Pero si con dos años de anticipación todo el mundo juraba que Lavín sería el próximo presidente de Chile!

 

 

-En lo concreto, ¿Bachelet sirvió para que la Concertación no perdiera el cuarto gobierno?


-Yo creo que uno de los grandes méritos de ella fue asegurar victoria ahí donde todo apuntaba a la derrota.

 



-Pero pocos creían –entre ellos usted- que eso asegurara un buen cuarto gobierno.


-Yo creo que es cierto, y que para eso había que ser particularmente riguroso. Porque además era un gobierno que tenía un alto grado de improvisación por su propia naturaleza. Además, ella hizo compromisos de los cuales yo fui crítico, como las caras nuevas, que han significado una caída en los niveles de gestión del gobierno.

 



-¿Usted esperaba tener mayor injerencia en la presidenta, sobre todo en materia económica?


-Más que una influencia individual, coherente con mi cargo y trayectoria, yo siento que además tenía un alto grado de sintonía respecto de lo que había que hacer, y creo que la mantengo. Siento, sin embargo, que la actual política económica, y sobre todo la política fiscal, está bastante por debajo de las posibilidades que tiene Chile en el uso de los excedentes. Hemos sido ineficientes y muy desprovistos de imaginación. Podríamos haber hecho muchas cosas que no hubiesen tenido ningún efecto negativo en la inflación ni en el tipo de cambio, como un programa ambicioso de gasto en el exterior para mejorar competitividad. Ejemplos: haber entrado al programa de los notebooks de cien dólares para los niños pobres, en vez del maletín de los tres o cuatro libros, idea bien discreta además de un tanto anacrónica, porque significa que una persona está definiendo lo que tiene que leer un niño. Yo haría además una buena campaña de imagen país en el mundo, un buen programa de capacitación de trabajadores, un buen programa de equipamiento para el sector público. Todos esos problemas deberían estar ya resueltos si hubiéramos tomado las decisiones correctas al inicio del gobierno, cuando ya se estaban acumulando excedentes importantes.

 

 

 

La “amenaza” neoliberal

 

 

-Usted dice que “el neoliberalismo es nuestra principal amenaza y que ha penetrado fuerte en la Concertación”. ¿Personaliza esa crítica en el ministro de Hacienda?


-No, pero creo que Andrés Velasco ha sido parte de eso, el conservadurismo fiscal lo es, al igual que la idea de que con equilibrio fiscal y una política macroeconómica ordenada tú garantizas casi per se crecimiento sin una gran preocupación por los temas del desarrollo y la innovación. Eso es la esencia del pensamiento neoliberal que estaba en los extremos de la Concertación y que, paradójicamente, en este gobierno se instaló en el centro. Ese prisma no es solo de Velasco; es una actitud que está presente en el país y que prima, por ejemplo, en una institución tan importante como el Banco Central.

 



-¿Cree que la presidenta esté convencida del tipo de gobierno que está haciendo?


-Ella sabe que la protección social de la infancia a la vejez tiene que ser la impronta de su gobierno y que ese será su legado histórico. Está bien la definición que adoptó de que la reforma de las pensiones sea la viga maestra de ese sistema, pero ha faltado sincronizar la definición gruesa con la ingeniería de detalles. En esa brecha está la fuente de lo que algunos llaman el desorden. Porque el proyecto previsional que ingresó al Congreso está lejos de ser una gran reforma; está más cerca de ser un mejoramiento de las pensiones asistenciales. Ahora, se ha trabajado bien y la discusión permitirá mejorarlo. Y si hacemos una buena reforma, haremos cambios muy importantes al modelo y habremos alterado una de las joyitas de la corona del neoliberalismo chileno del régimen militar.

 



-¿Qué rol le atribuye a la presidenta en esas definiciones? Porque usted dice que ella prometió una reforma y mandó otra…


-No soy un analista ni opinólogo y tengo que hacerme cargo de las consecuencias de mis opiniones. Yo siento que, y esta es la única explicación que puedo darme, que las condiciones de su biografía, su militancia socialista de larga data, su adscripción a la Nueva Izquierda, la hacían a ella particularmente sospechosa de que podía hacer una política que generara efectos negativos, desestabilizadora, y creo que no dio cuenta de que los exámenes ya estaban pasados. Entonces, de nuevo entramos en la lógica de las pruebas, de volver a hacer buena letra, en circunstancia que ya habíamos llenado todos los cuadernos de caligrafía. Esta es mi sensación: hubo una cierta no diría amenaza, porque es una palabra demasiado fuerte, pero sí una presión implícita del mundo empresarial, que indujo a una política extremadamente conservadora, que finalmente compite en contra del mismo empresariado, porque ni para ellos ni para el país es bueno que Chile haya crecido al 4% el año pasado o que se esté generando un cierto nivel de deterioro del clima laboral.

 

 

 

-¿Usted es de los que cree que las desigualdades se terminan creciendo o repartiendo los excedentes del cobre?


-El asunto es un poco más complejo que eso. No hay manera de enfrentar las desigualdades si la economía no crece, y eso es una lección que hay que metérsela con letras de molde en la cabeza. Pero esa condición es necesaria, no suficiente. El tema es cómo se distribuyen los frutos del crecimiento y ahí, es cierto, hay un tema de capital humano, pero también hay cosas mucho más contingentes y que son las dos que la derecha más le molestan: la estructura tributaria y la negociación colectiva. Hemos creado, además, una sociedad que está ejerciendo una enorme demanda por mayores bienes públicos, pero que no calza con un Estado que no tiene la capacidad financiera ni institucional para responder. Yo creo que parte de los excedentes, todo aquello que sea de carácter estructural, debiera poder utilizarse en esto; lo que sean excedentes transitorios tienen que quedar acumulados para enfrentar el ciclo de baja.

 

 

-La existencia de dos almas en la Concertación se ha personalizado en las figuras de Osvaldo Andrade y Andrés Velasco. ¿Usted preferiría un gobierno con otro Andrade en Hacienda?


-Yo no veo que existan dos almas en la Concertación. Lo que hay es un planteamiento mayoritario de que este país tiene que enfrentar las desigualdades con una política económica distinta, en un marco que compatibilice la responsabilidad fiscal y la social, que es lo que hoy día no tenemos.

 

 

-¿Quiere decir que Velasco no representa a nadie?


-Hay un alma a la cual se le superpone una cierta tecnocracia que no tiene fuerza política, que tiene la fuerza de sus ideas, de sus redes y su capacidad de influencia, pero que no constituye un alma. Son puntos de vista que no tienen participación política de significación al interior de la Concertación. Eso no es Aylwin, no es Frei, no es Lagos.

 

 

-Pero está siendo Bachelet.


-Es que el desorden que tiene este gobierno tiene que ver con la sobrerrepresentación de un sector que no expresa los sentimientos profundos de la coalición. Aquí los presidentes de los partidos se pueden desternillar gritando y llamando al orden, cuando el único orden posible es en torno a los conceptos y valores básicos de la Concertación. Cuando sale la Iglesia a hacer una invocación ética quiere decir que las cosas no están funcionando bien. Ese es un llamado de atención al gobierno y al mundo político. Esto es un desorden de las ideas, es una falta de sincronía entre la agenda de la presidenta y la política económica.

 



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