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Artículo correspondiente al número 211 (24 de ago al 06 de sept 2007)
Reconoce, como nadie lo había hecho hasta ahora, que Bachelet fue elegida candidata para darle al oficialismo “una victoria ahí adonde le tocaba perder”. No esconde su decepción por el rumbo que han tomado las cosas y solo se explica la opción neoliberal que –asegura- ha tomado La Moneda en la necesidad de la mandataria de ahuyentar ciertos fantasmas. Algo innecesario, cree, porque la Concertación ya había pasado todos los exámenes y tenía ahora espacio para hacer lo que quería y no solo lo que podía.
Reconoce, como nadie lo había hecho hasta ahora, que Bachelet fue elegida candidata para darle al oficialismo “una victoria ahí adonde le tocaba perder”. No esconde su decepción por el rumbo que han tomado las cosas y solo se explica la opción neoliberal que –asegura- ha tomado La Moneda en la necesidad de la mandataria de ahuyentar ciertos fantasmas. Algo innecesario, cree, porque la Concertación ya había pasado todos los exámenes y tenía ahora espacio para hacer lo que quería y no solo lo que podía. Por Cony Stipicic H. Fotos, Enrique Stindt.

Corría marzo de 1990 y Carlos Ominami se preparaba para asumir como el primer ministro de Economía de la recuperada democracia. Con una fluidez y afinidad de propósitos que pocas veces se repitió, el equipo económico que lideraba junto a Alejandro Foxley funcionaba codo a codo con el político, bajo la coordinada conducción de Enrique Krauss, Edgardo Boeninger y Enrique Correa.
Eran tiempos difíciles. “La fragilidad institucional era brutal y los niveles de sospecha y de desconfianza respecto de nosotros y particularmente del mundo que yo representaba eran gigantescos”, recuerda el senador Ominami. De ahí los elevadísimos niveles de disciplina y moderación con que actuó y que le significaron aplausos desde el mundo empresarial que hoy tanto critica.
“Si me volvieran a poner en la misma situación, volvería a hacer más o menos exactamente lo que hice, porque eran unas condiciones muy particulares”, explica.
-¿Se sentía muy reprimido? Porque poco después se convirtió en el gran díscolo. Primero de Ricardo Lagos y ahora de Michelle Bachelet.
-Es que ahora yo siento que con nuestras actuaciones, con el intenso trabajo de todos estos años, hemos pasado todos los exámenes habidos y por haber y nos hemos ganado el derecho de plantear las cosas en un pie de mayor normalidad.
-¿Y no será que al final es otra cosa con guitarra?
-No, es un tema de las circunstancias. El gran mérito de la Concertación es haber derrotado a Pinochet y haber hecho la transición democrática en Chile, que hoy día es un país normal, donde se pueden decir las cosas de frente, lo que no ocurría en 1990. Por ejemplo, en ese entonces nosotros –y yo lo hice deliberadamente– tuvimos que tomar la determinación de no abrir un frente de conflicto con el mundo empresarial cuando resolvimos no iniciar un proceso de revisión de las privatizaciones, que se hicieron a vil precio y en condiciones irregulares. Fue una transferencia brutal de patrimonio del sector público al privado que hoy día sería un gran escándalo. Yo fui parte de eso, lo conversamos entre pocas personas con el presidente Patricio Aylwin y tomamos la determinación de prescindir de ese frente abierto, porque hacer transición con el mundo empresarial en contra era probablemente poner en cuestión el éxito del proceso.
-Edgardo Boeninger decía una vez que gobernar es hacer lo que se puede, no lo que se quiere. Usted opina distinto.
-Yo opino distinto. Lo de Boeninger lo comparto plenamente en tiempos de transición. En condiciones de normalidad creo que finalmente uno siempre hace lo que se puede pero las posibilidades se amplían sustancialmente. Por eso, soy partidario de que las fuerzas políticas expresen sus puntos de vista y que se vayan abriendo espacios para generar mayorías. Los consensos tienen que ir evolucionando a medida que hay más libertad.
-Usted escribió que con la llegada de Michelle Bachelet al gobierno y con la mayoría en el Congreso, la Concertación podría hacer finalmente lo que quería.
-Porque terminamos la transición, porque tenemos normalizadas las relaciones cívico-militares, porque pasamos todos los exámenes. A nosotros nos decían que íbamos a liquidar todo el esfuerzo de la apertura económica y no fue así. Al contrario, una de las primeras cosas que hicimos fue ampliar la apertura bajando los aranceles. Queríamos dejar en claro que lo nuestro no era como la relación de la madrastra, que acepta que el niño está ahí pero no lo quiere. No, mostramos que éramos más que eso. Como dice el presidente Ricardo Lagos: porque hemos hecho lo que hemos hecho, tenemos derecho a plantearnos tareas más ambiciosas.
-Pero no están haciendo lo que quieren con Bachelet en La Moneda. ¿Por qué?
-Las grandes transformaciones son producto de fuerzas sociales y políticas que las impulsan. Si bien nosotros ganamos la elección y Michelle Bachelet es presidenta de Chile, triunfamos con una Concertación debilitada, con una sociedad civil que se ha ido fragmentando, con partidos políticos que entregaron una tremenda cuota de su propia sangre en el proceso y que hoy día son más débiles, porque ideológicamente no hemos sido capaces de enfrentar la ofensiva de la derecha. Se nos ha ido acorralando en muchos aspectos, en particular en temas económicos. El agotamiento de la Concertación tiene que ver con fatiga de materiales, con la pequeña corrupción, con falta de ánimo y entusiasmo, con la instalación de una parte de sus elencos más en la administración del poder que en avanzar en la generación de propuestas.
-Por otro lado, la sociedad también ha cambiado…
-Un país que crece al ritmo que lo hace Chile, que duplica su ingreso per cápita en corto tiempo, genera también muchas más soluciones individuales. Tenemos una estructura de medios de comunicación que tampoco ayuda a abrir más posibilidades y hay un sistema universitario que parece más un supermercado del conocimiento que un sistema que genere crítica. Entonces, claro, tenemos el gobierno de la nación, pero es un gobierno que está bastante sitiado, con un elenco desgastado y con enormes dificultades para renovarse, con generaciones de recambio que no son nítidas y, por tanto, con menos fuerza.
Error de origen
-En un documento que escribió en noviembre de 2004, curiosamente con Camilo Escalona, hablaban de la necesidad de consolidar el respaldo detrás de Bachelet para que se fortaleciera y adquiriera “el volumen necesario para avanzar hacia una nueva etapa de progreso y justicia social”. Lejos de eso, después de un año y medio, ella cae en las encuestas y usted es un díscolo divorciado de Escalona.
-Mis discusiones con Camilo son porque él no fue consistente con esos compromisos. Ahí dijimos que se había acabado la transición, que podíamos pasar del mundo de lo posible al mundo de lo que queríamos.
-Usted fue uno de los promotores de la candidatura de Bachelet, ¿qué le hizo pensar que su estilo de liderazgo podía ser el conductor de ese proceso que según usted tenía que iniciarse?
-La verdad sea dicha, es efectivo lo que señala la presidenta en cuanto que ella irrumpió en la élite política básicamente por efecto de la voluntad ciudadana. Ella no fue elegida por los partidos.
-Pero ustedes se subieron al carro a poco andar.
-Pero es muy importante el punto, porque –como ella misma dice– fue una especie de tsunami, que surgió de un proceso de adhesión ciudadana que se gestó en torno suyo por razones fundamentalmente biográficas. Sobre esa base, lo que nosotros hicimos fue tratar de darle el mayor contenido posible a ese fenómeno que era totalmente externo. Si la designación de nuestro candidato se hubiera hecho sobre la base de una deliberación política de la élite de la Concertación, Michelle Bachelet no sería presidenta de Chile.