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Artículo correspondiente al número 231 (27 de junio al 10 de julio de 2008)
El vaso, ¿medio lleno?
En este libro muestro que, al contrario de lo que argumentan los críticos de la globalización y los neopopulistas, la desigualdad de América latina no es resultado del Consenso de Washington ni de las reformas incompletas de los 90 y 2000. La desigualdad es un problema que se arrastra por siglos y que se remonta a la época colonial y al tipo de bienes producidos en la América española. Muchas de las batallas políticas –incluyendo la sucesión de golpes y contragolpes de los 30 a los 80– fueron la consecuencia de las luchas por la distribución y peleas por la tenencia de tierras.
Este libro concluye con una discusión sobre el futuro de América latina. Desde mi punto de vista es improbable que América latina experimente, en promedio, un aumento en su tasa de crecimiento económico de largo plazo. Algunos países, por supuesto, lo harán, e irán alcanzando a las naciones avanzadas. Esto, sin embargo, no será la norma; lo más probable es que la mayoría de los países de América latina se quede atrás respecto de los países asiáticos de ingresos medios, a los exportadores de commodities avanzados y a las naciones del centro y este de Europa.
La razón de esto es simple: el efecto positivo de los altos precios de los commodities se desvanecerá y, una vez más, el crecimiento económico dependerá de los aumentos de productividad, de la inversión en maquinaria e infraestructura y de la habilidad de la mano de obra. Y en estas tres áreas es altamente probable que la mayoría de las naciones latinoamericanas mantenga en el futuro las deficiencias que ha tenido en el pasado.
Lo más probable es que la mayoría de la región no tenga la voluntad política para embarcarse en las reformas necesarias para fortalecer las instituciones y generar los incentivos requeridos para fomentar la competencia y la innovación. Tampoco veo voluntad política para hacer una revolución en los tristes sistemas educativos de la región.
Curiosamente, esta falta de apetito por las reformas va más allá de los regímenes populistas de Hugo Chávez y los partidarios del Socialismo del Siglo 21. La renuencia por avanzar en la implementación de políticas e instituciones pro-productividad y pro-competencia, también es un sello de la izquierda moderada e incluso de las administraciones consideradas proglobalización como las de Álvaro Uribe en Colombia y Felipe Calderón en México.
Pero pese a esta falta de compromiso con grandes reformas económicas e institucionales, no todo se ve mal al sur del
Río Grande. Primero, y muy importante, es altamente probable que en la mayor parte de la región se consoliden los gobiernos democráticos. De hecho, no me sorprendería si poco después de la publicación de este libro incluso Cuba adopte una forma de gobierno basado en elecciones libres y democráticas, y que Venezuela vuelva a tener instituciones como las que una vez tuvo, y que fueron admiradas en el mundo entero.
Más aún, en la mayoría de los países ha habido importantes avances en la gestión macroeconómica: la tolerancia hacia la inflación ha declinado drásticamente, la política fiscal se ha hecho más prudente, los desequilibrios externos han disminuido, se han adoptado técnicas modernas de metas de inflación, y muy pocos países fijan hoy el valor de sus monedas a niveles artificialmente elevados. En los años venideros, es probable que menos países latinoamericanos vivan el tipo de crisis cambiarias catastróficas que afectaron a la región en el pasado, como la crisis mexicana de 1994-1995 y la crisis argentina de 2004-2005. El futuro de América latina parece ser de “menos crisis y expansión modesta”.