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Salitre y pólvora

Artículo correspondiente al número 204 (18 al 31 de may 2007)

Las estruendosas detonaciones que sacuden las pampas calicheras que SQM explota en el norte tienen sus réplicas en Santiago. Sí, porque desde que a Julio Ponce Lerou se le instaló al lado la canadiense PCS, en una cerrada disputa por el control, no ha dejado de retumbar en el directorio de la empresa. La partida de ajedrez ha sido de película y cada gambito ha signifi cado enormes costos para cada lado y el diseño de milimétricas movidas con códigos en mano.
Por Paula Costa R.

las vueltas de la vida... Hace cosa de tres décadas la entonces Soquimich era una empresa que nadie quería ni regalada y que olía a instalaciones abandonadas y sin futuro. Hoy, en cambio, SQM es una verdadera joya, una compañía que pelea en las grandes ligas internacionales y por la cual, a nivel nacional se registra una sorda pugna por su control.

De tanto en tanto se escribe un nuevo capítulo en esta historia, por lo que se intuye que, desde la entrada de la canadiense PCS a la propiedad, nunca los ánimos han estado relajados. De hecho, si se pregunta en el mercado, hay unanimidad solo en una cosa: que los dardos están a la orden del día y que nada permite prever que habrá pronto una tregua o un cese de las hostilidades.

Como era previsible, en torno a la mayor fertilizante del país y líder a nivel mundial del rubro, todos tienen algo que decir. Los principales accionistas, los minoritarios, los analistas, ejecutivos, los corredores, los abogados... Todos. Hasta el más lejano espectador tiene su propia teoría conspirativa respecto a lo sucedido y lo que sucederá en SQM. Y peor aún,
no hay dos versiones que coincidan.

¿Por qué tanta tensión? Bueno, porque cuando hablamos del control de SQM hablamos de una empresa que vale 4 mil millones de dólares, con una administración considerada “de primera” y cuya acción ha escalado 500% desde el 2000. No es raro, entonces, que cada movimiento en el tablero, por mucho que sea el 0,001%, signifi que plata. Y harta. Así han estado las cosas en SQM desde hace unos seis años. Ambientes caldeados, calculadoras en mano. Todos con los ojos bien abiertos para no perder la más mínima oportunidad y siempre bien asesorados, cosa que al menor chasquido de dedos se monte el servicio de inteligencia para enfrentar la próxima conspiración.

Por un lado está Julio Ponce Lerou, presidente de SQM por 20 años y principal accionista... La empresa ha sido el proyecto más importante de su vida, su gran pasión, de modo que el ingreso de un socio con hambre de control, que además molesta, alega y exige, lo tiene un tanto crispado.

Al otro lado del tablero se ubica la canadiense Potash Corporation of Saskatchewan (PCS), un coloso del norte que solo el año pasado tuvo ganancias por 632 millones de dólares y es un líder mundial en la venta de potasio. Hoy ambas partes se encuentran en un empate que está en veremos. PCS suma un 31,06% de la propiedad y Ponce un 30,5%, pero tiene un pacto con el minoritario Kowa con el que llega al 32,8%. Alcanzar esas posiciones de combate ha sido un proceso largo y tenso, que a ratos se ha hecho cual pelea de barrio: con zancadillas y patadas... Tomando palco y a veces atomizados hay un sinnúmero de inversionistas que lo único que esperan es que haya una OPA o, al menos, que siga esta carrera olímpica que hace subir de precio sus acciones. Bueno, pero no nos adelantemos con la historia. Póngase casco, y vamos por parte.

ROUND 1 Elefante en cristalería

Fue en octubre de 2001 cuando PCS entró a SQM. La fi rma, que ya tenía un pie puesto en estas latitudes con PCS Yumbes (ex Yolanda, que –se dice– no resultó una grata experiencia de negocios), ingresó a SQM de la mano de las AFP, que le vendieron un 18% de la propiedad, equivalente al 33,35% de las acciones serie A (que elige siete directores, mientras que la B
designa solo uno). La operación se hizo a 1.925 pesos por acción y hoy cada papel se transa en 8.800 pesos.

Visto en retrospectiva, hay quienes creen que las AFP no tomaron una buena decisión, tanto por cómo ha evolucionado el valor de la compañía, como por la posición negociadora en que quedaron. Claro que hay que decir en su descargo que es fácil ser general después de la batalla. Sobre todo considerando que parte de la escalada de precios en las acciones de SQM obedece a la entrada de un claro competidor por el control de la empresa. Además, hay que recordar que el precio promedio para las acciones de SQM B entre enero y septiembre de ese año fue de 1.300 pesos, por lo que el valor de venta pactado fue un 48% superior.

Eso, si se le quiere conceder el beneficio de la duda a las AFP. Sí, porque también hay quienes dicen que hay “pruebas reales” de que fue una mala decisión: el porcentaje comprado le daba a PCS 2,7 directores en la mesa, de modo que era obvio que irían por más. Dicho y hecho.

No pasaron seis meses y la canadiense se lanzó por lo que le faltaba para el tercer director (demostrando que querían asegurar a ese tercer hombre por derecho propio y no como “regalo” de Ponce). Pagaron en esta embestida un promedio de 2.600 pesos por acción. Juzgue usted, ¿hicieron bien o mal las AFP? Pero no se crea que las lecturas quedan ahí. Hay otra teoría que intenta explicar por qué las AFP vendieron. Según esta versión, a las administradoras se les dijo que les convenía como estrategia defensiva meter en la empresa a un socio
que contrapesara tanto a Ponce como a Norsk Hydro (posteriormente Yara) en el poder de decisión de la empresa. ¿El resultado? La temida arremetida de Ponce o Norsk nunca se produjo y las AFP terminaron con una participación muy menor en la empresa, que, claro, hoy vale más en bolsa, pero que los tiene sin poder nombrar ni siquiera un director por sí mismas.



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