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Rostros & Rastros del 2010

Artículo correspondiente al número 292 (30 de diciembre 2010 a 27 de enero 2011)

Los rostros que marcaron este 2010

Obama: cuando el relato es insuficiente

En la política moderna, el relato y el testimonio son esenciales para ganar una elección, pero insuficientes para ejercer el poder y obtener resultados. Para eso sigue siendo fundamental la vieja política; es decir, la capacidad de negociar, construir acuerdos y manejar la agenda. Por Sebastián Iglesias.

 

El 2008 fue el año de la obamanía. No existía ningún político que no se sintiera cautivado por su figura. Personajes de nuestra elite usaron corbatas, chapitas y cuanto objeto del merchandising demócrata existiera para apropiarse de su figura. Se plagiaban sus promesas de cambio. Todo era una especie de ritual reivindicador de la política: para muchos, el mito cumplido de la renovación;para otros la meritocracia llevada a su punto cúlmine. La muestra fehaciente de que los buenos les podían ganar a los malos. No importaba si eras conservador o liberal, joven a viejo, todos nos sentíamos parte de este fenómeno. Nacía una nueva épica. Y lo mejor, el oficio político –su dimensión táctica– parecía innecesario. Parecía que la política había empezado un camino sin retorno a la renovación.

Sus claves eran simples. Obama era la mezcla perfecta entre testimonio y relato. Una vida transformada en la épica de una generación.

Su testimonio era el de una minoría meritocrática y valiente. Un político no tradicional, con derrotas incluidas y años de voluntariado. Ganó unas primarias en que no tenía ninguna opción. Y logró construir un relato simple y movilizador: renovación e inclusión eran posibles. Todas las minorías se transformaron en una gran mayoría. La promesa del cambio hizo su trabajo en la tierra fértil preparada por la crisis económica y la falta de innovación en la política. Pero como en toda historia que parece perfecta, el desenlace no ha sido el ideal.

El 2009 vimos luces amarillas prendidas para su Gobierno: primero el estancamiento económico desde la crisis financiera del 2008 con un inamovible 10% de desocupación. Y segundo, sus graves problemas para controlar un congreso –con mayoría en ambas cámaras– y llevar adelante sus reformas esenciales como la sanitaria o financiera.

El 2010 no fue mejor, bordeó la luz roja. Sus índices de popularidad bajaron del 70% al 50%. El desempleo no mejoró, el derrame en el golfo de México se transformó en una espina y WikiLeaks y las elecciones de noviembre del 2010 fueron el cierre de un año olvidable. El surgimiento del tea party, la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, la irrupción de líderes como Rubio y Boehner o el renacimiento de Sarah Palin, una pérdida de “influencia emocional” del fenómeno Obama. El riesgo de un eventual gridlock o trabazón legislativa producto del bipartidismo se ciernen sobre la democracia norteamericana. En 2010 definitivamente aterrizó su liderazgo. Y fue una señal de alerta para todos los que bregan por la renovación. Otra cosa es con guitarra.

El 2010 nos mostró que el testimonio y el relato de un gobierno no garantizan el éxito. Al final, la vieja política le pasó la cuenta. El arte de la política era mucho más complejo que un simple relato. Su llegada al poder provocó expectativas tan altas que no han logrado conciliarse con resultados reales. La multifuncional oferta del cambio genera expectativas ilimitadas. El relato emocional de Obama tenía una carga elevadísima: era la reivindicación de todas las utopías. Y como todo intangible, tenía tantos demandantes como grupos de interés puedan existir.

¿Que se viene? Básicamente ser un mejor político –una parte del trabajo que claramente soslaya– incluso si el costo es perseguir una agenda menos ambiciosa en los próximos años. Su excesiva intelectualidad y ausencia de experiencia política se transformarán en sus principales enemigos en lo que viene. Lo que distingue a los líderes políticos es su capacidad de acertar en las decisiones inmediatas: el arte de hacer lo posible y de construir acuerdos. Otra cosa es la retórica.

En la política moderna, el relato y el testimonio son esenciales para ganar una elección, pero insuficientes para ejercer el poder y obtener resultados. Para eso sigue siendo fundamental la vieja política; es decir, la capacidad de negociar, construir acuerdos y manejar la agenda. Su punto de inflexión radica en hacer perdurable su legado. Está en buena hora. La fe de los demócratas del mundo está puesta sobre él.





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