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Artículo correspondiente al número 230 (13 al 26 de junio de 2008)
Estrella de los mercados financieros en América latina a fines de los 90 -en cuanto a número de operaciones y crecimiento de su principal indicador-, el mercado bursátil criollo pierde terreno frente al vertiginoso avance de sus pares del vecindario. Pero aquí nadie se queda con los brazos cruzados. Las ideas sobran, sólo falta la acción. Por Lorena Rubio.
En 1994 había 335 empresas que cotizaban en la Bolsa de Santiago. A diciembre del año pasado, casi 50 de esas sociedades habían desaparecido de las pantallas. Y si bien el patrimonio bursátil prácticamente se ha cuadruplicado desde esa fecha, la disminución en el número de compañías transando no es un buen síntoma. Por el contrario, deja en evidencia el incremento exponencial en el patrimonio de las que están, mientras el resto encuentra mejores formas para levantar recursos sin necesidad de abrir su propiedad.
El sabor amargo es compartido por buena parte de los actores del mercado de capitales local, quienes desde hace un par de años vienen evaluando y discutiendo iniciativas para que Santiago vuelva a brillar en el escenario financiero latinoamericano. No se trata, coinciden todos, de requerimientos fiscales –aunque, por cierto, algo de responsabilidad tiene el Ejecutivo– sino de ideas para que la propia bolsa se vuelva más proactiva, como lo han hecho sus competidoras regionales.

“A mí modo de ver, el principal problema que enfrenta la bolsa es el dinamismo y velocidad de crecimiento que han adquirido otros competidores que estuvieron mucho tiempo dormidos”, afirma el socio y director ejecutivo de IM Trust, Guillermo Tagle. Según el experto financiero, durante un tiempo el mercado bursátil chileno creció fuertemente y sobresalió en la región. Esto, agrega, fue mucho más patente a fines de los 90, especialmente durante la crisis de Brasil y Argentina.
Qué pasó después? Las plazas que veían en Chile un modelo pusieron el pie en el acelerador y comenzaron a aplicar varias de las modernizaciones e incentivos que el mercado local ya había implementado, al mismo tiempo que sus economías remontaban algunas de las peores crisis de la historia.
La virtuosa combinación de reformas, crecimiento y estabilidad política y social comenzó a dar sus frutos. Los mejores ejemplos son Brasil y Colombia, cuyas bolsas se han reactivado enormemente en los últimos años. Y parte importante de este dinamismo no sólo es producto de sorprendentes iniciativas fiscales, porque muchas modificaciones han surgido directamente del sector privado. ¿Ejemplos? La fusión de las bolsas de Valores y Futuros de Sao Paulo, concretada en marzo de este año, con los consecuentes ahorros y economías de escala. En Colombia, los propios directivos de la bolsa local optaron por la unificación de las distintas ruedas bursátiles y, de paso, designaron un comité encargado de fiscalizar la transparencia y legalidad de las operaciones.
El resultado de estas iniciativas está a la vista. Entre 2006 y 2008 se enlistaron más de 100 compañías en la Bolsa de Valores de Sao Paulo (Bovespa), mientras que en el mismo período Chile conoció sólo tres aperturas. Considerando las diferencias evidentes de tamaño entre el mercado local y el brasileño, la comparación parece injusta, pero lo cierto es que Santiago vivió momentos mejores. Aprovechando las atractivas tasas de interés, durante los últimos años las empresas optaron por la deuda como forma principal de financiamiento, una vía que –además- implica menos exigencias regulatorias y mantener la propiedad 100% en manos del controlador.
No todo son malas noticias. El nivel de rotación sigue siendo más alto que el de varios de nuestros competidores –aunque muy lejano de la Barra y Andrés Echeverría coordinó una serie de propuestas para modernizar y profundizar el mercado de capitales, lanzadas en mayo de 2007 en Icare– este sector “no debe pensarse como un prestador de servicio orientado a los ahorrantes, sino como un centro financiero enfocado al mundo”. Para ilustrar, destaca el ejemplo de Dublín. A mediados de los 80, el gobierno irlandés decidió abrir una bolsa en su capital para fomentar la actividad y el empleo. Se compraron 11 hectáreas en un área de muelles abandonados, se diseñaron iniciativas legales para atraer a los inversionistas de toda Europa y se instaló un mercado con todo tipo de servicios financieros. Hoy, Dublín es una plaza relevante y en 2002 el gobierno de ese país recaudó más 700 millones de euros por las transacciones realizadas en esa rueda.
Guillermo Tagle coincide en el diagnóstico de que el problema no está en los recursos. Afirma que si bien hoy los inversionistas pueden venir a Chile a levantar capital, “hay obstáculos, como la doble tributación, que los hace optar por otros mercados”.
