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Artículo correspondiente al número 264 (30 de octubre al 14 de noviembre de 2009)
Al principio me costó revelar los motivos del viaje. Con todo, la curiosidad de mis cercanos aumentó cuando supieron que iba a Birmingham, Alabama. Después de unos amagues, confesé: “voy a un curso para manejar un Porsche”. Entiéndanme, cuando aun quedan rastros de educación jesuita, un acontecimiento así podría resultar tan frívolo como ser jurado en Miss Universo. Los prejuicios son muchos, pero rápidamente fui derrumbando mitos a través de una notable experiencia. Por Jorge Navarrete.
Durante los días 6 y 7 de octubre participé como alumno en el Porsche Sport Driving School (PSDS). Como su nombre lo indica, se trata de un curso de alto rendimiento, cuyo principal objetivo es generar destrezas para conducir vehículos a gran velocidad o en condiciones de alto riesgo. Ignorante de este mundo, inicialmente pensé que se trataba de una actividad reservada para un pequeño y muy selecto grupo de clientes, que poco tenían que ver con quienes jamás hemos tenido un Porsche (de hecho, hasta esa ocasión, nunca me había subido a uno).
Me tocó compartir el viaje con seis personas. A cargo de la expedición estuvo Tomás Etcheverry, gerente comercial de Porsche, quien se preocupó de todos los detalles para que tuviéramos una gran experiencia. A él se sumó Andrés de Carcer, un hombre de pocas palabras pero certero en sus juicios. En la vereda de enfrente estaba Antonio Leiva, un ex alumno del San Ignacio con un sentido de humor superlativo, que nos alegró el viaje incluso en los momentos de mayor cansancio. También fue parte de este elenco Eduardo Bianchi, quien siempre estuvo atento a dar un buen consejo, sugerir una alternativa o poner en común su experiencia. Distinto era el caso de Santiago Martínez, quien –aparentemente más parco– nos mostró cómo el gusto por los autos es algo que se puede heredar a los hijos, pudiendo ser también una afición en sintonía con los intereses familiares. El último en la lista era Conrado Ríos, el más joven de todos, quien siempre se mostró ansioso y entusiasmado por disfrutar cada momento de este viaje.
Llegamos con un día de anticipación al Renaissance Ross Bridge, un hotel con espléndidas instalaciones, las que no siempre pudimos aprovechar dado lo extensa de la jornada. En efecto, durante los dos días que duró el curso, los anfitriones nos recogieron a las 6:45 de la madruga-da y nos dirigimos al Barber MotorsportsParkway. Se trata del un parque en el que se sitúan las instalaciones de esta “escuela” y donde además está emplazada una pista de carreras que es escenario de varias competencias locales.
La organización fue impresionante y no existió detalle que quedara al azar. Un amplio despliegue de personal y recursos garantizó siempre una atención personalizada, lo que permitió aprovechar al máximo la experiencia. Más allá de los inevitables riesgos, siempre percibimos que una de las principales preocupaciones era la seguridad.
Después de un reparador desayuno en el circuito, el día comenzaba con una clase teórica en que se nos explicaban las diversas técnicas para afrontar con éxito los retos de la jornada. Acelerar un auto es siempre una cuestión sencilla; más todavía, cuando se trata de máquinas de semejante calibre. Lo verdaderamente difícil es mantener el control: saber frenar, pasar los cambios, girar o mantener una trayectoria. Y todo lo anterior es todavía más complejo cuando estas cosas deben hacerse en forma simultánea y en condiciones adversas, como en una pista mojada o a más de 180 kilómetros por hora.
Hechas las advertencias de rigor y habiéndonos transmitido los conocimientos necesarios, llegaba la hora de subirse a los autos. Para tal propósito se nos dividió en grupos de cuatro y cada uno en su propio vehículo fuimos alternando entre la tan ansiada conducción en pista y otras pruebas específicas. Estas últimas nos permitieron aprender a manejar en superficies resbalosas, recuperar el control de un vehículo cuando éste ha perdido adherencia, pasar los cambios para garantizar una mayor potencia y control o las pruebas contra reloj que nos coronaron como los triunfadores de la jornada. Tanto en unas como en otras, las instrucciones eran dadas por radio, lo que permitía corregir errores y que los riesgos fueran más controlados.
Y así transcurría la jornada, la que sólo se interrumpía por un almuerzo en un restaurante en el interior del museo de motocicletas más completo del mundo, también propiedad del Barber Motorsports Parkway. Ambos días llegamos al hotel tan excitados como exhaustos, después de haber derrochado abundante adrenalina. No pensaba que algunos autos pudieran hacer lo que éstos hacen, y menos todavía que yo –arriba de uno de ellos– pudiera tener un desempeño como el que tuve. Confieso que sólo después de este curso comprendí la devoción que existe por estos vehículos. En efecto, para ser un gran conductor no se requiere necesariamente tener un Porsche, aunque la sensación de conducir uno permite disfrutar al máximo la experiencia.
Como en la mayoría de las marcas alemanas, se trata de una compleja máquina donde todo está especialmente pensado y diseñado. Por cierto, es un vehículo caro, vistoso y que jamás pasa inadvertido. Pero para tener un Porsche no hay que ser ni un excéntrico ni un millonario. En su mayoría, se trata de personas que, junto con disfrutar de los autos, son también devotos de los detalles y la perfección. De esa forma, no hay mucha diferencia con quienes gustan en demasía de la música, los libros, las motos, el deporte, los viajes u otros tantos pasatiempos.
Aunque conducir un auto pudiera parecer un placer individual, muchos han optado por disfrutar colectivamente de esta afición, organizando viajes, paseos, carreras y exhibiciones cuyo principal propósito es masificar esa irrepetible sensación que significa subirse a un Porsche.
En lo que mí respecta, espero ansioso que me inviten el próximo año. De lo contrario, evalúo seriamente financiarme el curso con mis propios medios, aunque no tenga un Porsche y quizás pase mucho tiempo para que me haga de uno. Por de pronto, volví con un diploma en mi mano, un video que registra mi desempeño y habiendo disfrutado una experiencia que recomiendo en forma entusiasta. De igual manera, me quedo con la satisfacción de haber conocido a un grupo humano excepcional, el que terminó por abrir mis ojos ante un mundo que yo observaba con algo de prejuicio.