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Reportajes y Entrevistas
¿Por qué la polí­tica está mal si la economí­a está bien?

Artículo correspondiente al número 210 (10 al 23 de ago 2007)

 

¿Cómo explicar el desánimo?

Por Juan Andrés Fontaine



La paradoja es esta: mientras la economía marcha a buen paso, el ánimo de la gente sigue decaído. ¿Nos habremos vuelto malcriados e insaciables? ¿O es que la ciudadanía está mirando más allá de las estadísticas de coyuntura?

 

La cosecha de datos de junio confirmó que el inesperado bajón del año pasado ha sido superado. La actividad económica crece a un ritmo cercano al 6% anual, el desempleo baja a niveles rara vez vistos en el país, el poder adquisitivo de los sueldos comienza a repuntar. Pero, nada de todo esto parece encender el entusiasmo de la población. Según la Universidad de Chile y Adimark, las percepciones sobre la economía se han deteriorado marcadamente a lo largo del año. Entre los empresarios –según el índice elaborado por la Universidad Adolfo Ibáñez– hay una visión solo moderadamente positiva. Las encuestas de opinión revelan una baja en la popularidad del gobierno y en la aprobación de su política económica. El modelo de economía de mercado requiere altas dosis de disciplina y competitividad.

 

Exige aceptar el triunfo de unos y el fracaso de otros. Nada de ello es placentero, pero resulta perfectamente justificable cuando es seguido de un crecimiento económico rápido, capaz de llevar al país al desarrollo, de abrir expectativas de ascenso a los sectores medios y de erradicar la pobreza. En cambio, si marchamos a paso lento, cunde el cansancio y el malestar. Es cierto que las últimas cifras económicas son alentadoras, pero tras las frustraciones acumuladas desde la fatídica crisis asiática, hace falta mucho más para convencernos que en realidad Chile ha reanudado la carrera del desarrollo.

 

Como es sabido, luego del decenio de oro terminado abruptamente en 1997, en el cual crecimos a la deslumbrante velocidad de 8% anual, en los siguientes diez años hemos conseguido a penas un 4% anual promedio. Mientras en el primer período podíamos abrigar legítimas expectativas de avanzar al desarrollo para el bicentenario de la República, en el segundo marchamos tan solo a la velocidad promedio de la economía mundial. Según los expertos, el actual crecimiento de nuestra capacidad productiva es 5% anual: insuficiente, a todas luces. El desempleo mejora, pero la participación en el mercado laboral decae. La productividad se mantiene estancada. Ya se advierte que la expansión de la demanda ha despertado la inflación y bien sabemos hacia donde conduce ese camino.

 

Chile cuenta hoy con las condiciones para despegar. No solo dispone de sólidos fundamentos macroeconómicos y plena integración de los mercados mundiales, sino que atraviesa por una bonanza de precios de exportación sin precedentes en 40 años. Podría financiar las reformas necesarias para acelerar el crecimiento de la capacidad productiva. Inmovilizado por sus divisiones políticas, el gobierno ha preferido no reconocer las oportunidades que nos brinda este favorable desarrollo. Mientras tanto ya se acumulan, invertidos en el exterior, fondos fiscales por alrededor de 18 mil millones de dólares, gracias al ahorro de los ingresos extraordinarios del cobre. La bonanza externa enriquece al Estado, pero no a la gente. Otro gallo cantaría si el incremento permanente en los ingresos fiscales fuese destinado a apropiadas rebajas tributarias o efectivas subvenciones a la demanda de educación y salud.

 

Estamos desperdiciando una histórica oportunidad de progreso. No es de extrañar entonces que las buenas cifras recientes solo entusiasmen a las autoridades. Para hacer renacer la confianza en nuestro porvenir económico hay mucho que mejorar en la calidad de nuestras políticas públicas.

 


Juan Andrés Fontaine es economista, socio de la consultora Fontaine & Paúl y director de empresas.

 

 

 

Realidad y percepción: Estados de conciencia diferentes

Por Paula Serrano



Según las encuestas, Chile es un país de desconfiados. Es así. La confianza viene de la historia y no se cambia de la noche a la mañana porque está arraigada en complejos procesos inconscientes. Aunque digan que nuestras instituciones funcionan, que somos el país menos corrupto del continente, los ciudadanos persisten en desconfiar de todos y de todo.

 

Los chilenos tienen miedo. Percibimos el crimen y la violencia como un problema grave, en circunstancias que los índices de delincuencia son bajos en relación a las percepciones de temor de la ciudadanía.

 

Los chilenos estamos más ricos por el cobre, el manejo macroeconómico es adecuado y el nivel de riesgo país sigue siendo el más bajo de América latina. Pero súbitamente nos hemos empezado a comportar como si fuéramos pobres y hubiera una crisis ad portas.

 

La democracia se profundiza, la pobreza y el desempleo disminuyen, los expertos mundiales vienen a Chile a estudiar nuestra transición y nuestros programas sociales. Sin embargo, pocos están contentos con la conducción política del gobierno y tanto los políticos como la misma política pierden credibilidad.

 

Esta coyuntura, que algunos estiman un tanto patológica, es sencilla de comprender si tomamos al país como a cualquier grupo humano. La mayoría de sus miembros vive una realidad de cierta bonanza o al menos puede percatarse de estar mejor que antes. Pero se informa a través de medios que solo hablan de tragedias, que exaltan los dramas y que tratan la política como farándula. De ella solo interesan sus escándalos. Por lo tanto este grupo vive al menos dos realidades y está entrampado en un dilema en que no puede ni sabe elegir. Son dos realidades simultáneas, una que escucha, otra que siente.

 

Últimamente, los poderosos, los que toman las decisiones, se han dedicado a pelear sin cuartel. Las alianzas históricas se desordenan, todos se descalifican, nadie le cree a nadie, las propias tradiciones familiares que alguna vez merecieron reconocimiento ya no se respetan. Algo muy malo debe estar pasando si hay guerra entre los poderosos. En el gobierno están todos peleados, los ministros no se hablan, según la tele. Nadie quiere darle plata al transporte, pero todos dicen que es la principal tragedia del país. Codelco, que era nuestra mina de oro, fue a la huelga. Algo huele mal. No puede ser verdad que todo está bien si todo lo que vemos está mal Cuando dos más dos suman cinco, ¡lo normal es asustarse! La trampa más difícil de dilucidar es la que pone a las personas y a los grupos frente a dos discursos opuestos. ¿Cómo elegir?

 

Estamos frente a una realidad desconfirmada. Estamos doblemente vinculados. Eso es peligroso porque quienes lo viven no lo saben. Solo saben que están angustiados y disconformes y no entienden por qué.

 

Al final, los seres humanos siempre actuamos según las emociones cuando estamos sometidos a un discurso inconsistente. Somos ricos, pero estamos en una crisis. No puede ser: las crisis eran porque éramos pobres. Entonces, tal vez no estemos tan ricos o, si lo estamos, vamos a dejar de estarlo en poco tiempo, porque es lo que vivo y lo que siento cuando miro a mis líderes y a mis iguales: un profundo desconcierto paralizante. Un ambiente entre rabioso y frívolo.

 

¿Quién dijo que un grupo humano desconfiado y miedoso de no se sabe qué, puede actuar racionalmente cuando todos los indicadores de estabilidad están solo en cifras abstractas y no en la conducta de los poderosos? Las instituciones políticas y los medios de comunicación han conseguido que la bonanza y la paz parezcan ficticias.

 


Paula Serrano es psicóloga y columnista de Revista Ya de El Mercurio.

 

 

 



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