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Reportajes y Entrevistas
¡Por las achicorias! Los avatares de la belga Orafti en Chile

Artículo correspondiente al número 222 (22 de feb al 6 de mar 2007)

 

Hace justo cuatro años se instaló en Chile la firma belga Orafti, en la VIII región. Trabajaron duro en iniciar la producción de ingredientes para la industria de alimentos funcionales a partir de la achicoria. Lucharon con tesón contra la férrea tradición de los agricultores y se enfrentaron al invierno más lluvioso de los últimos 200 años. Hoy, el dólar, el precio de la energía y otros obstáculos los asedian. Aún así, siguen creyendo que Chile fue la mejor carta para su expansión mundial. Por Cristián Rivas Neira.

 

 

En febrero de 2004 la agricultura sureña recibió con muy buenos ojos la llegada de la compañía belga Orafti, que anunció la instalación de una planta productora de inulina y oligofructosa en la VIII región. Aunque de estos productos se tuviera poco o tal vez nada de conocimiento en Chile –sólo comenzaron a producirse hace unos 15 años para agregar a alimentos agrupados en la categoría de nutrición sana– lo relevante del arribo además de la inversión que rozaba los 200 millones de dólares, era que implicaba la instalación de un nuevo cultivo agrícola en Chile, la achicoria (vegetal que sólo tiene el nombre en común con la verdura de consumo doméstico), que emergía como alternativa a los agotados productores de remolacha y cereales.

 

La representante de
Orafti, Sylvie Altman,
recuerda que tras las
inéditas lluvias que
aguaron la partida de la
firma en Chile pensaron:
si pasamos este año y
sobrevivimos, estaremos
aquí por siempre.

En el gobierno; particularmente, entre las autoridades de la Región del Bío Bío, dirigidas en ese entonces por el intendente Jaime Tohá, el optimismo frente a la llegada de la firma europea se justificaba porque emergía una nueva alternativa de empleo, que implicaba puestos de trabajo temporales para el cultivo –en medios de prensa se hablaba de por lo menos un par de miles de empleados– y otro tanto en las faenas industriales localizadas en la comuna de Pemuco, pocos kilómetros al sur de Chillán.

 

En la empresa también manifestaron su confianza. Desde Europa, varias agencias internacionales reprodujeron declaraciones de ejecutivos que hablaban sobre el positivo panorama de la compañía con su segunda planta y la primera fuera de Bélgica. Habían analizado distintos países en un lapso de dos años y Chile emergía como la carta más segura; principalmente, porque las condiciones climáticas eran óptimas y muy similares a las del viejo continente.

 

Con esta inversión, además, ayudarían a satisfacer la activa demanda por la inulina y la oligofructosa extraídas de este vegetal, las que en el último tiempo se han transformado en ingredientes alimenticios naturales muy apetecidospor sus altos beneficios nutricionales en bebidas, lácteos, jugos, frutas, pastas y embutidos, entre otros, y su consumo está creciendo a tasas de dos dígitos. Básicamente, porque entre sus propiedades figuran mejoras al tránsito intestinal, reducción de la osteoporosis y mejoras en los sistemas naturales de defensa. De ahí la millonaria inversión de la compañía para expandir su producción fuera de Europa.

 

Como se trata de una industria nueva en el mundo, en la que sólo compiten tres compañías europeas, hay unas 25 mil hectáreas de achicoria plantadas. Casi lo mismo que había de remolacha hasta hace algunos años, aunque sólo en Chile. Por eso, aprovechando la disponibilidad de tierras a nivel local, esperaban inicialmente alcanzar unas 7.000 hectáreas de achicoria en pocos años. Claro que el destino quiso otra cosa.

 

En la temporada actual, la cifra recién supera las 1.800 hectáreas, tras dos temporadas anteriores en que el clima y diversos factores les jugaron una mala pasada y un lento compromiso de los agricultores con la nueva propuesta.

 

 

El crudo invierno

 

Sylvie Altman es la directora agrónoma de la empresa en Chile. Con su marcado acento francés, describe que se instaló en el país mucho antes que la planta e incluso antes que sus otros dos colegas que también tienen cargos ejecutivos: el gerente de planta, Philippe Dumont, y el de Finanzas, Bernard Noirhomme. Dice que juntos han debido sortear dificultades de todo tipo. Algunas, previsibles y otras no tanto.

 

Pero que, mirando en retrospectiva, el balance tiende a ser positivo. Casi sin pensarlo, menciona que la peor crisis, por lejos, fue el primer invierno que enfrentaron en Chile, que inusualmente fue el más lluvioso en varias décadas y sepultó bajo agua la mayor parte de las casi 2.000 hectáreas que habían logrado sembrar en alianza con agricultores. De ahí en adelante, todo ha sido un reto.

 

La apuesta realizada por Orafti en Chile no sólo suponía innovar y sacudir las tradiciones agrícolas. También implicó una inversión cuantiosa que rozaba los 200 millones de dólares.

“El primer año nos tocó una primavera totalmente seca y los productos para el control de maleza no funcionaron como debían, por falta de humedad en el suelo, de modo que ese factor se descontroló. Luego vino el peor invierno en 200 años. En Los Angeles llovió casi un metro en sólo doce horas. No pudimos ni entrar a los campos. En ese momento pensamos: si pasamos este año y sobrevivimos, estaremos aquí por siempre. Y aquí estamos”, relata Altman, en medio de la tercera temporada del cultivo en Chile.

 

En la primera campaña (2005-2006), el agua no sólo inundó los campos, sino también la ilusión de varios empresarios que vieron muchas dificultades de adaptación a la metodología de la achicoria y no se atrevieron a continuar con ella en las temporadas siguientes. De ello da cuenta la evolución en el número de agrícultores que ha trabajado con el cultivo en las tres temporadas que Orafti lleva en Chile. En la primera, el número ascendió a 258; pero luego disminuyó drásticamente a 115, y en la actual remontó a 150 agricultores, con –respectivamente– 1.950, 1.317 y 1.870 hectáreas sembradas globalmente en cada temporada. Claro que en esta baja también tienen mucho que ver las altas expectativas que se cifraban en la agricultura. Dumont consigna que “al comienzo se registraron sobreexpectativas en relación al precio que se esperaba tendría este cultivo.



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