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Artículo correspondiente al número 282 (13 al 26 de agosto de 2010)
Héroes y adversarios
Martín Rodríguez
Director ejecutivo Feedback
Piñera fue elegido presidente porque logró que el 52% de la población hiciera propio el relato del esfuerzo personal y de las oportunidades que ofrece el mercado, en contraposición a la terrorífica idea de seguir dependiendo de una desvencijada, destartalada y abusiva maquinaria estatal; para peor, conducida por un nefasto orden político.
Durante la campaña, Piñera no logró desprenderse de las ambivalencias que generaba su personaje: rápido o demasiado rápido; gran generador de riqueza o demasiado ambicioso. Sin embargo, sí logró que una mayoría amplia se sintiera incluida en un universo creíble y deseado: un país donde primaría la autoestima y habría mayor control de la vida, donde las personas serían impulsadas por el crecimiento vigoroso y dinámico de la economía. Transcurridos cinco meses de gobierno, hoy la adhesión de Piñera es menor que su votación. Pareciera que ese mundo, que se veía como tan creíble, para algunos comienza a desvanecerse o a ser objeto de duda. Y no es por culpa del alza de las tarifas del Transantiago; tampoco por el terremoto; y menos, por culpa de Bielsa.
Is it the economy, stupid? Evidentemente, por ahí hay algunas señales a seguir. De acuerdo a la reciente encuesta CEP, la percepción sobre la situación económica no es precisamente la mejor. Por el contrario, aumenta la noción de que el desempeño de la economía es sólo regular. Y para peor, crece la percepción de que en que en los próximos meses la economía no va a mejorar ni a empeorar, sino que se va a mantener; claro que con una salvedad: que ha aumentado la percepción de que el país está estancado.
¿Se perdió confianza en el dinamismo de Piñera y su gobierno?
Mas bien pareciera que las personas no le otorgan mayor valor al evidente dinamismo que el presidente imprime a la gestión pública; todo indica que este factor no constituye un factor de confianza en el futuro. Y esto sí que es una paradoja, si pensamos que la promesa explícita de campaña de Piñera fue una nueva forma de gobernar.
El actual gobierno debiera tomar más nota de la promesa implícita que guió a sus electores durante la campaña, la cual está relacionada con un modelo de valores que se expresan en la exitosa historia corporativa del mandatario.
Por cierto, las personas otorgan toda la legitimidad a la actuación del gobierno en cuanto a su capacidad para mejorar la gestión de las políticas públicas y el esfuerzo que está realizando para que lleguen sin peajes a las personas. Pero para Piñera esto apenas era su carta de presentación, es lo que lo legitima para gobernar, lo que justificó sacar a la Concertación, pero no donde estaban cifradas las reales expectativas de las personas, ni donde descansaba su potencial épica-país.
Para efectos de las personas, lo que hace Piñera en cuanto a gestión del Estado es pragmatismo, es llevar el modelo empresarial al Estado, es hacer funcionar el país como una empresa. Pero eso, viniendo de Piñera, todavía no emociona. En este terreno la Concertación está KO y está en el suelo, precisamente, porque se le atribuye el haber fracasado en la gestión del Estado. Pero cuando se habla de gestión pura se habla sólo de un must, de un mínimo que hay cumplir, y cuando Piñera avanza hacia la protección social, deja de ser auténticamente genuino, y sólo refuerza el paradigma del original y ayuda a mantener arriba los bonos de Bachelet.
Para las personas lo que sí puede emocionar –esto es, ser base de un relato-país relevante y diferenciador– es participar con mayor protagonismo de los beneficios de la actividad económica. Pero en la actualidad lo que se ha ido configurando es una brecha entre tales expectativas y la ausencia de experiencias relevantes en la materia. En el cotidiano, los sueldos todavía no mejoran, la carestía de la vida aumenta, la incertidumbre laboral se mantiene, pero por sobre todo no hay un relato-país significativo que nos lleve por la ruta de ser cada día más partícipes de los frutos de la economía.
Lo contradictorio, por otro lado, es que la economía propiamente tal avanza: el último Imacec fue notable, el desempleo está en baja, el consumo interno sube, el IPSA está a tope, las proyecciones de crecimiento son buenas… pero lo que no hay es un discurso público que destaque y proyecte estos avances. No se percibe –de acuerdo a estudios de opinión– que gobierno y empresarios estén articulados y jugados en esa dirección. Y esa era la alianza esperada por la gente.
Pero puede ser que el plan de Piñera sea ir un poco más allá. Quizás vaya por la refundación de la derecha del país. Y por lo tanto es posible que todo su esfuerzo no esté siendo digerido adecuadamente. El asunto de la protección social y de los impuestos todavía no cuaja; eso de seguir hablando de adversarios, y la permanente referencia a los corruptos, operadores, ineficientes, no es muy alentador, y sólo refuerza su esfuerzo por la gestión; pero, como hemos visto, parece que no agrega mucho. Al menos, en términos de adhesión en las encuestas.
La gente quiere escuchar de héroes; no de adversarios. Quiere historias verdaderas, historias más cercanas al propio Piñera, para sentir que ella también puede ser heroica, protagonista de su propia historia y de los destinos del país.
Los imbéciles y Dios nunca cambian de opinión
Martín Subercaseaux
Presidente de BBDO Chile
Este extraño refrán sirve para cambiar de parecer, sin vergüenza alguna, cuando alguien arriesga quedar como imbécil si continúa sosteniendo obstinadamente una posición que percibió hace rato como errónea.
También el proverbio vale para recordar que el electorado no es tonto y cambia tanto de opinión, que Lagos, Bachelet y Piñera empezaron sus gobiernos con 49%, 44% y 45% de aprobación y los dos primeros terminaron con 58% y 78%.
Supongo que a Piñera le preocupan las encuestas, pero no tanto como para hipotecar su anhelo de establecer una nueva forma de gobernar Chile, a cambio de subir tres puntos en la próxima. Más aún si sólo un 26% del país aprueba la forma en que la oposición está operando, lo que demuestra una vez más que la impresionante evaluación de Bachelet no es en absoluto traspasable, como ya lo comprobó amargamente Frei. No se traspasa porque es una aprobación basada en las emociones que despierta nuestra ex presidenta. Y que alguien sea adorable no indica para nada que sus parientes políticos lo sean.
En marketing se dice que las marcas viven en el corazón de las personas y los productos, en el cerebro.
Hay encuestas de la elección del 05 que comparan a Bachelet y a Piñera en atributos racionales y emocionales. En todo lo racional, lo alojado en el cerebro, cualidades como capacidad para manejar la economía, delincuencia, educación, etcétera, el presidente actual casi duplica a la gobernante anterior. Pero ella ganaba por lejos en dos atributos: cercanía y “es como yo”; ambos, emocionales. Y ya sabemos que sucedió.
Queda tiempo para que las encuestas aplaudan o destrocen la gestión del presidente. Una semana en política puede traer escenarios impensados. Recuérdese la estrepitosa caída de Soledad Alvear cuando Piñera irrumpió en la carrera presidencial en mayo de 2005. En dos o tres días, la situación de Alvear y Lavín cambió significativamente.
Volviendo a la cercanía, en mi humilde opinión, ¿qué importa que el presidente sea cercano? Uno vota por él y le paga a través de sus impuestos para que haga bien la pega y no para que se luzca por lo dije. Pero esa es mi modesta opinión como ciudadano.
El perfil de cada gobernante es diferente y mezclar los atributos de cada uno en la “juguera” daría un resultado diametralmente distinto. Lagos aparecía en sus tiempos de gloria como un líder autoritario, carismático. Bachelet, una líder cercana, simpática y preocupada, casi una madre para sus hijos más desprotegidos.
La pregunta es, entonces: ¿cuál es el tipo de cercanía que se espera del presidente? Me atrevo a predecir que una cercanía resolutiva. Que se ponga en el lugar de las personas y solucione rápida y eficientemente problemas concretos. Que muestre resultados. Nuevos remedios para los viejos problemas. Que ese intelecto que ponía al servicio de sus empresas se vea al servicio de los chilenos. Si logra que Chile vuele hacia el desarrollo con algo de la velocidad de la línea aérea que tenía, puede pasar a la historia como el presidente más realizador de muchas décadas. Y ahí, hasta los imbéciles cambiarían de opinión. Dios, no.