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Artículo correspondiente al número 282 (13 al 26 de agosto de 2010)
El presidente del Bicentenario
Luis Larraín
Director ejecutivo Libertad y Desarrollo
El presidente Piñera es, reconocidamente, un hombre muy inteligente. Ha demostrado, además, tener la audacia y el arrojo suficientes para concluir exitosamente grandes empresas. ¿Son estas características suficientes para asegurar que hará una gran presidencia y será recordado como uno de los grandes gobernantes de Chile: el presidente del Bicentenario? La respuesta es que no.
Fue nada menos que uno de los cinco terremotos más fuertes de la historia de la civilización el encargado de recordarle a él y a los chilenos nuestra frágil condición humana, al alterar dramáticamente el escenario en que debía iniciar su mandato quince días antes de comenzar. El tiempo dirá cómo evalúan los chilenos la actuación del gobierno en respuesta a esta catástrofe; pero su magnitud fue tal, que perfectamente pudo haber arruinado el proyecto de Piñera.
Por eso se ha requerido, además de la inteligencia que le permite comprender con rapidez cada problema, una dedicación y aplicación pocas veces vistas para llegar oportunamente con soluciones en ayuda de la gente.
Es indudable, de cualquier manera, que en el caso del actual presidente sus ventajas comparativas están en la gestión. Si bien a cualquiera le gustaría destacar en todos los ámbitos, la verdad es que resulta muy difícil ser el más inteligente, el más buenmozo y el más bondadoso. Desde ese punto de vista, no deben alarmar en el entorno presidencial las mediciones acerca de la “cercanía” con que lo percibe la gente (encuesta CEP). La presidenta Bachelet tiene ese atributo, pero Ricardo Lagos no lo tenía y al parecer el presidente Piñera tampoco, aunque los mismos encuestados declaran tener bastante confianza en él. Lo importante es que la ciudadanía perciba que es la persona adecuada para el momento correcto.
Si la clave entonces es la gestión, ¿basta con que el excelente equipo de gobierno haga mejor las cosas para asegurar el éxito y la posteridad? ¿Garantiza ello que Sebastián Piñera le entregará la banda presidencial a uno de los suyos? Nuevamente, la respuesta es no. Tienen que concurrir otros factores, pues la gente dirá, con razón, que nada garantiza que un sucesor lo hará tan bien como Piñera. Lo que el presidente tiene que hacer es provocar un cambio estructural de tal magnitud en la gestión del Estado que lleve a la gente a pensar que sólo profundizando ese camino lograremos progresar a un ritmo imposible de alcanzar con otro modelo.
La modernización del Estado debe ser, entonces, el sello distintivo de la administración Piñera. ¿Qué es lo que amenaza a este logro? A nuestro juicio no es la oposición, la que puede poner más o menos palitos pero no será capaz de obstaculizar del todo una reforma en este ámbito.
El verdadero peligro es que el presidente ceda a la tentación de ser, además del mejor gobernante, el más simpático y el más cercano. Aunque Piñera ha demostrado que sabe escuchar, hay demasiadas pruebas en la historia de que la inteligencia humana es menor cuando se trata de juzgar los propios asuntos.
Falta sexo
Eugenio Tironi
Tironi y Asociados
Si se trata de evaluar a este gobierno, que aún no cumple el 12% de su mandato pero ya declaró haber iniciado el segundo tiempo, habría que decir está todo bien, pero que no prende a nadie (para no usar un calificativo que puede sonar vulgar).
Es lo que se prometió: un gobierno formado por hombres y mujeres de empresa, a los que el presidente Piñera ha conocido en el campo de los negocios. Son las personas adecuadas para cumplir con la misión que se ha impuesto: no “reducir el Estado” (como los Chicago boys), sino inseminarlo del ethos y el estilo de gestión de la empresa privada post-90. Lo que tenemos es un presidente que cree, a pies juntillas, que eso puede hacer milagros. La gestión de tipo empresarial –conjetura—producirá resultados que serán un tapaboca para los políticos aliancistas resentidos porque quedaron fuera de La Moneda, y el soporte para la perpetuación de la derecha en el gobierno por al menos un nuevo período. Este es el sentido y la finalidad de la “nueva forma de gobernar” (NFG). ¿Cómo le ha ido? Regular no más. Para 5, no para 7 –lo cual debe ser duro para un elenco de puros “winners”. ¿Por qué?
Hay varios problemas, y de diverso peso. El más elemental: la NFG no sabe cómo comportarse con la oposición. La necesita para conseguir la aprobación de sus leyes en el parlamento, pero no resiste la tentación de encresparla atacando al gobierno de Bachelet. El resultado ha sido doblemente negativo: tiene un parlamento hostil, de un lado, y del otro Bachelet se alza como un fantasma que acosa día y noche a los moradores de La Moneda. Otro problema dice relación con las expectativas: no sabe cómo administrarlas. La NFG reproduce en el gobierno lo que hacía en la empresa privada. Esto es equivocado y explico por qué.
La empresa se nutre de la inflación de las expectativas de los consumidores, pues éstas amplían y diversifican la demanda, lo que permite agrandar el mercado y crecer. Si hay un gap entre aquellas y la oferta real, será sólo momentáneo, si la empresa en cuestión es eficiente. En el caso del gobierno es distinto. Este no tiene cómo responder en breve plazo a la inflación de expectativas de la ciudadanía. No tiene ni recursos de libre disponibilidad, ni competencias ni flexibilidad. Para actuar requiere leyes, reglamentos, licitaciones, tomas de razón; todo lo cual es irritantemente demoroso. Ciega a estas restricciones, la NFG ha multiplicado las expectativas en todo orden de cosas. De paso, siendo éste un gobierno de empresarios, la ciudadanía se siente con el derecho de exigir una celeridad que no esperaba de los políticos. Sobre todo en el campo económico, donde los empresarios –se presume– son los expertos. Pero pasan los meses y las cosas no cambian. No pueden cambiar. Brota la frustración con el gobierno y cae su popularidad.
Pero hay un tercer problema. La NFG cuenta con planes, objetivos, métrica, pero le faltan cuento, pasión, desgarro. Para decirlo de otro modo, al gobierno le sobra Excel y le falta Word. Quiero ser preciso: Word, una herramienta para armar relatos, para hilar historias y hacer cómplice al lector; no Power Point, con esa capacidad que tiene para enfriarlo todo y levantar un muro entre el expositor omnipotente y una audiencia pasiva.
En fin, la NFG está resultando como esas parejas en las que todo se ve bien, nada se sale de lo correcto, se aprecia una perfecta simbiosis entre ambos, a las que todo parece resultarles y son la envidia de quienes las observan a distancia, pero que al acercarse uno tiene la intuición de que les falta algo; que les falta un fuego que los devore y que encante; que les falta erotismo; que les falta sexo. Este asunto, huelga decirlo, no es fácil de encarar.