|
|
Bienvenido, te encuentras en Inicio Reportajes y Entrevistas Piñera 2.0 y sus coqueteos con la historia |
Califica este artículo
Otros artículos de la sección:
Artículo correspondiente al número 277 (4 al 17 de junio de 2010)
Tres meses de gobierno, 90 días en La Moneda, algo mas de 2.200 horas al mando del país y Piñera tiene a todo el mundo desconcertado. ¿Qué pretende este presidente de centro derecha que eleva los impuestos a los grandes empresarios, coquetea con las banderas tradicionales de la izquierda y abruma a sus colaboradores con decenas de propuestas? Patricia Arancibia y Sergio Melnick intentan, desde sus particulares miradas, descifrar el adn del “chato”.
Sebastián Piñera no se anda con chicas. No está en su genética sólo pasar a la lista de los 48 mandatarios que han dirigido los destinos del país en estos doscientos años. Su real estreno en sociedad fue el 21 de mayo. Y lo dejó claro, desconcertando a los “concertacionados” que no esperaban ni la contundencia ni la altura de un discurso que casi los deja sin banderas y, desde luego, sin aliento. Como más de alguien ha señalado, si logra cumplir al menos una parte de lo que ha propuesto su nombre quedará inscrito en los anales de la República. Es la apuesta del presidente. ¿Lo logrará? Esa es la trama de una historia que veremos desenvolverse en estos cuatro años.
Para conversar sobre el estilo y la personalidad de este hombre que recién va a cumplir 100 días como inquilino en La Moneda, nada mejor que pedirle una “cita” a Sergio Melnick, un profundo conocedor de la naturaleza humana y sus comportamientos. Y, como ya se nos está haciendo habitual, la entrevista se convirtió en un intenso y entretenido diálogo, cuyos resultados resumo a continuación.
Su presentación oficial
Piñera es una enorme caja de sorpresas. Una persona intelectualmente brillante y, por cierto, exitosa por casi cualquier vara que se lo mida. A los 60 años, llegó a la presidencia con un patrimonio personal que alcanza los 2.000 millones de dólares o más, y un curriculum literalmente “agotador”, que cubre las más diversas áreas y actividades: la academia (doctor en Economía en Harvard, profesor universitario), el emprendimiento (Bancard, Lan, Chilevisión), la cultura (Fundación Futuro, parques ecológicos), el deporte (buzo, piloto, tenis, fútbol, etc.) y, entre muchos “otros”, la política (presidente de partido, senador, jefe de Estado).
A ello hay que sumar la formación de una familia bien constituida y –algo importante para muchos– una concepción trascendente de la vida. Parece demasiado, pero es así. A la primera, nos parece difícil encontrar a otro político chileno –de ayer o de hoy– que despliegue tanta versatilidad y que administre tanta energía. Es como si pudiese ser presidente de varios países a la vez.
Cómo lo vemos
Sus cualidades las conocemos, y son elocuentes por sí mismas. Pero como todos, Piñera parece tener su lado más oscuro que, según Sergio Melnick –quien lo conoce desde que los padres de ambos trabajaban juntos y eran amigos– se relaciona con su emocionalidad. Ahí están sus tics (de los cuales se ha aprendido a reír), que le cuesta manejar o sus pobres uñas sufrientes. Quizás, también, su incapacidad para llorar.
Tal vez por hacer simultáneamente tantas cosas, con tanto éxito, tiene poco tiempo para los demás, para la emoción, el cariño o el buen sobajeo. O para estar con los otros simplemente por estar, a veces sin hacer nada sino sólo para sentir su presencia y cercanía. Poder llegar a relajarse no parece ser su tema. Quizás no le interesa. Duerme poco, se despierta y ya su agenda no tiene límite.
Su gran desafío pendiente, entonces, es elviajeinterior.“A los 60 años aún le cuesta dar un buen abrazo desde el corazón. Me constaquetrata,peroaúnlecuestaunpoco, y me consta también que ha avanzado mucho. Al término de su gobierno ya lo habrá logrado”, dice Sergio. Con todo, además de sus enormes éxitos, es una persona austera, sencilla, directa en el trato. Es también muy creativo y con un gran sentido del humor, a veces duro. “Humor es lo que me hace reír a mí”, le advirtió una vez a un asesor molesto por alguna broma.
Lo de la sencillez puedo ratificarlo. Casi no lo conozco, pero viajé en el avión presidencial a la Cumbre de Madrid y pude observar cómo se desenvolvió con los periodistas, los parlamentarios que lo acompañaban y en sus actuaciones públicas con los demás mandatarios. Piñera es un personaje mucho más simpático y cordial que como lo han pintado. Se adecua fácilmente –en lenguaje y contenido– a sus diferentes audiencias y sabe y le gusta escuchar. Es directo. Mira a los ojos a su interlocutor y evade con inteligencia y humor las preguntas que no son de su agrado. Confía en sus asesores –todos, muy jóvenes– y se preocupa de no pasarlos a llevar, pese a que no siempre les hace caso. Duerme a lo más cinco horas y, de vez en cuando, se fuma un cigarrillo para relajarse. Retiene la información que le interesa y necesita –su memoria es prodigiosa– y posee una enorme capacidad para hacer asociaciones mentales e inventar analogías.
Riguroso y trabajólico como el que más, simplemente no para, pese a lo cual rara vez se le nota cansado. Rebelde, a veces con causa, rompe permanentemente el protocolo poniendo en jaque al poco visible personal de seguridad que lo acompaña. En esta, su primera visita a Europa como presidente, dejó la mejor de las impresiones. Llegó siempre preparado a las bilaterales con García, Correa, Zapatero, Sarkozsy, Merkel y un largo etc., y en todas ellas logró resultados importantes para Chile. Sí, no hay duda de que “tiene mundo”, que nos dejó muy bien puestos y que su claridad de ideas y estilo pro-activo impactaron positivamente a la prensa internacional.
Parece casi una oda al presidente, pero hay que reconocer que sus logros tan diversos la ameritan con creces. Eso no significa estar de acuerdo con todas sus ideas y planteamientos. Aquí hablamos de la persona.
El hito del 21 de mayo
Es su modo de ser. N
os dijo que se centraría en 7 ejes pero su discurso, en realidad, tenía muchos más. Ha sido el mejor de todos. Lo preparó a conciencia y lo escribió de puño y letra, luego de escuchar a amigos, asesores e incluso adversarios políticos. Se preocupó de revisar aquellos que habían pronunciado sus antecesores y se detuvo en aquellos temas para él prioritarios, como la educación: en última instancia, la principal herramienta para alcanzar el desarrollo.
Su mensaje recibió, en general, muy buena crítica. Hasta el presidente de la DC confesó que le habría gustado escucharlo de boca de Bachelet. Sólo contrastaron las típicas opiniones del pasado. El presidente del PS, Fulvio Rossi, definió la intervención de Sebastián Piñera ante el Congreso Pleno como “mesiánica, amnésica y adánica”. Camilo Escalona opinó sobre “un discurso de auto exaltación, de autoelogio… un nuevo populismo en que el nuevo jefe de Estado se autoelogió de una manera que nunca había visto”.
Piñera habló a los ciudadanos, pero principalmente habló a la historia como lo hace un verdadero estadista, con grandeza y un marcado sello propio. Sabe que el cumplimiento de su programa y esa “nueva forma de gobernar” que se ha autoimpuesto proyectarán a Chile hacia nuevos y exigentes horizontes. Actor más que espectador, no se imagina sino como protagonista y conductor del proceso, sea cual sea. Este último es, desde luego, el más desafiante de los que se ha planteado en su vida.
Al parecer, estamos frente a la versión 2.0 de presidentes de la talla de Alessandri Palma, Pedro Aguirre Cerda, Augusto Pinochet o Ricardo Lagos. Más allá que compartamos o no sus posiciones ideológicas, todos ellos fueron capaces de marcar un rumbo y cambiar, para bien, el destino del país. El León, repuso el presidencialismo y abrió las puertas del poder político a la clase media; Don Tinto echó las bases de la industrialización; Pinochet transformó el sistema económico, incorporándonos al mundo globalizado; Lagos restauró el sentido de autoridad. La apuesta de Piñera es ser capaz de terminar con la extrema pobreza y liderar el gran salto hacia una sociedad de oportunidades.
El carácter de Piñera está básicamente dominado por dos grandes impulsos: una ACTITUD positiva frente a la vida y una FUERZA DE VOLUNTAD a toda prueba. Su gran doctrina es la de los resultados concretos. Su pragmatismo le ha impedido quedar preso del pasado. De hecho, no se queda pegado en nada, avanza sin acumular rencores y es ideológicamente muy flexible; tanto, que a veces incomoda a algunos sus propios seguidores. Es realista y mira siempre adelante, hacia donde está lo nuevo y, por supuesto, lo difícil. Resuelve rápido y si alcanza los resultados que espera, sigue –desafiante– en búsqueda de otras metas, con una energía inagotable, envidiable, inseguible. Jamás procastina, (posterga); simplemente, enfrenta, avanza. A veces se ensimisma tanto en sus ideas o en lo que desea lograr que no ve a los otros y pasa por encima de ellos sin siquiera darse cuenta. Como buen profesor, está lleno de citas célebres e ingeniosas que le sirven para darse a entender e impulsar a la acción, aunque ese no sea el verdadero método del intelectual.
Sea como sea, Piñera ha llegado frente a los grandes portones de la historia, ahí donde siempre quiso estar, y los golpea con intensidad.
El camino por delante
Veinte años le costó materializar su aspiración presidencial. Probablemente es lo que más le ha costado en su vida, pero con esa persistencia del que todo lo puede, llegó a ella y por eso se le nota tan contento, entusiasmado y ganoso de hacer su trabajo. Probablemente le gustaría dormir en La Moneda, como lo hacían los presidentes de antaño. El problema es que no todos tienen su energía.
Pero hay que notar que ese logro lo obtuvo cuando su pelo ya estaba cano. Una forma que tiene la vida para recordarnos que no bastan las ganas, la voluntad y las buenas ideas: que a veces hay que esperar, para acumular la sabiduría que dan los años y la experiencia para adecuarse a una realidad cambiante, no siempre funcional a los deseos. Como aprende rápido, dice Sergio, “creo que en estos cuatro años Piñera asimilará la lección y lo veremos, igual 2.0, pero recargado, más desarrollado en su emocionalidad, listo para el reto de la historia”.
Ya sabemos que la popularidad no es necesariamente sinónimo de buen gobierno. Ese es justamente –dice Sergio– “el mediocre legado del gobierno de Bachelet, con su gran popularidad. Cuando miramos hacia atrás hay mucho ruido y muy pocas nueces. Los números están ahí, la retórica pasa. No había experiencia ni preparación adecuada”.
Yo no soy tan taxativa en la crítica, quizás por un asunto de solidaridad de género, y pensando que la historia debe hacer su trabajo con su calma habitual. En lo que sí coincidimos es que si bien Piñera quiere popularidad, quiere –mucho más– resultados medibles y observables en el tiempo. Dará lo mismo lo que digan, su gran desafío es hacer las cosas bien para que su huella y la huella de su gobierno sean imborrables en la historia.
Más que seguro, conoce la célebre frase de James Freeman Clarke: “el político está preocupado de las próximas elecciones, mientras el estadista lo está de las próximas generaciones”. Piñera, creemos, no se va a enredar en lo coyuntural ni entrará en peleas chicas. Debiera seguir incansablemente dando énfasis al tema de la unidad nacional, no sólo porque es rentable para el país, sino porque es una deuda histórica real que tiene Chile con todos sus ciudadanos.
En lo económico, seguirá impulsando con vigor el crecimiento porque, en última instancia, sabe mejor que nadie que esa es la madre de todas las batallas y es esencial para llevar a cabo las políticas sociales. Y nos imaginamos que no claudicará en mejorar sustantivamente la gestión, porque –en lo concreto– su nueva forma de gobernar está directamente relacionada con la capacidad del Estado de cumplir bien su función subsidiaria.