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Petit Hotel, grandes viajeros

Artículo correspondiente al número 255 (26 de junio al 9 de junio de 2009)

 

Uno a uno, los Yavar se fueron sumando al proyecto. Hermanos, hijos y sobrinos engancharon con la idea de crear un pequeño hotel en el corazón de Providencia. Por Paula Vargas.


Cuando Ramón Yávar Bascuñán, uno de los emblemáticos ejecutivos de Enersis y socio de José Yuraszeck en Prospecta, decidió meterse al rubro de la edificación al adquirir la famosa constructora Moller y Pérez-Cotapos, siempre pensó en grande. Edificios de departamentos, hospitales y monumentales estructuras. Sin embargo, fue su hermana Carolina quien lo animó a hacerse parte de un proyecto “algo más pequeño y familiar”, pero muy seductor, según cuenta ella.

Lo cierto es que al poco tiempo la idea no sólo entusiasmó al mayor de los hermanos varones, sino también a gran parte del clan familiar, adherentes que tuvieron un rol protagónico en la reconstrucción de la otrora casona en ruinas de Santa Beatriz 256.

Petit Hotel Meriadiano Sur, como bautizaron el proyecto, es una idea que surgió hace tres años en la cabeza de Carolina. “Tenía todas las ganas de hacer un bed & breakfast, pero me faltaba el capital. Le conté a mi hermano Ramón y me dijo que sí de inmediato. El proyecto prendió en toda la familia, incluso en las nuevas generaciones”.

La remodelación no fue cosa de un día. Había que transformar íntegramente la descuidada propiedad. De hecho, salvo la fachada, todo el resto se adecuó. En este proceso fue fundamental –cuenta Carolina– la participación de su sobrina arquitecta, Francisca Montero.

Pero a la construcción también había que darle ambiente. De eso se encargaron su hermana Verónica y su sobrina Consuelo Yávar Larraín (hija de Ramón) quienes, teniendo muy presente el concepto de chilenidad, recogieron características de diferentes zonas, para que cada espacio tuviera identidad. El mejor ejemplo es la caracterización de las cuatro piezas del segundo piso, las que se denominan Aires de Atacama, Cerros de Valparaíso, Cantares de Violeta y Cielos del Elqui.

Se trata de habitaciones que recogen texturas y objetos autóctonos del país. Lámparas de mimbre, mantas de lana de alpaca y varios cuadros e impresos con poemas de autores nacionales como Nicanor Parra y Gabriela Mistral llenan los espacios de la casona, la que además cuenta con una pequeña biblioteca de escritores locales, detalle que es uno de los más comentados y agradecidos por los visitantes.

En el tercer y último piso se encuentra un loft habilitado para cinco personas, ideal para un viaje en familia. Además de ser amplio y acogedor, tiene una vista excepcional.

Pero detrás de esta idea también está un negocio con gran potencial. Partieron con una expectativa de ocupación más bien prudente. “Nadie nos conocía y teníamos claro que en esto de la hotelería hay que construir una reputación”, explica Carolina Yávar. Con todo, en los primeros seis meses de funcionamiento han tenido un éxito que ni siquiera ellos se explican, con un 70% de ocupación, en temporada baja, en las ocho habitaciones que ofrecen.

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