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Artículo correspondiente al número 254 (12 al 25 de junio de 2009)
El paradisíaco clima de Caracas se enrarece bajo las pasiones que despiertan el chavismo y su revolución bolivariana. Los medios de comunicación se convierten en trincheras y la población se pregunta cómo terminará toda esta vaina. En medio de este panorama, tres integrantes de la recién estrenada Coalición por el Cambio visitan la ciudad para hablar de consenso en un país dividido. Por Guillermo Turner, desde Caracas.
¿Cuándo comenzó el ascenso de la izquierda en la región?”, se pregunta José Natanson. Y el periodista argentino aventura una respuesta: “quizás todo partió el 4 de febrero de 1992, en Caracas, exactamente a las 10:30 de una radiante mañana de sol, cuando un militar corpulento y moreno, con la boina roja perfectamente terciada y un tono de voz firme y tranquilo, apareció ante las cámaras de televisión para instar a la rendición a sus compañeros golpistas”.
Hugo Chávez Frías explicó las razones por las que –“por ahora”– resultaba imposible derrocar a Carlos Andrés Pérez, pero ese minuto con doce segundos fue suficiente como para convertirlo en la aparente nueva esperanza para la desgastada democracia venezolana. Siete años más tarde, sucedería en el poder al presidente Rafael Caldera, tras vencer en los comicios electorales con un abrumador 56,20% de los votos.
“Yo voté por él, pero me arrepiento. Lo que más me molesta es que siento que insultó mi inteligencia”, comenta Henry, el chofer del auto que me transporta a la sede de Globovisión, el canal de televisión que por estos días concentra toda la furia del gobernante venezolano en contra de los medios de comunicación privados.
Probablemente, no es el único que se arrepiente. En el último plebiscito el rechazo a la reelección permanente de Chávez superó el 45%, mientras que varias de las alcaldías más importantes del país están ahora en manos opositoras. Henry forma parte de los 18.000 trabajadores de la estatal PDVSA que fueron exonerados a fines de 2002 por participar de la huelga que siguió al golpe que colocó al dirigente empresarial Pedro Carmona en la presidencia de la República por espacio de dos días. “Fue un error. Tomaron medidas altamente dictatoriales y eso no es admisible”, explica.
Epicentro de esa desventurada intervención cívico-militar fue la plaza de Altamira, en la alcaldía de Chacao, la misma que –coincidencias de la historia– hace un par de semanas volvió a ser testigo de las fuertes diferencias que dividen a la sociedad venezolana: decenas de manifestantes, de uno y otro lado, convocados frente al hotel Caracas Palace, a propósito de un encuentro de intelectuales liberales organizado por el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad (Cedice).
Mario Vargas Llosa y su hijo Alvaro, Jorge Quiroga, Ricardo López-Murphy, Jorge Castañeda y Enrique Krause integraron un elenco que provocó la indignación del mismo Chávez y del potente aparato comunicacional oficialista (“pseudos intelectuales”, los calificaría el conductor de La Hojilla, el polémico programa de Venezolana de Televisión que se encarga cada tarde de promover la imagen presidencial y denostar a la oposición). Chile
también estuvo representado en la ocasión, y de forma inédita: con la primera actividad internacional de la Coalición por el Cambio, con Joaquín Lavín, Cristián Larroulet y Jorge Schaulsohn entre los oradores (“dos joyitas pinochetistas” y un “socialista de los de ahora”, añadiría Tribuna Popular).
En todo caso, un escenario más que propicio para analizar los caminos de la Coalición, los logros de Chile en materia política y social y las dificultades que enfrenta el discurso liberal cuando se trata de ganar elecciones. “Estamos aquí porque hemos venido a respaldar al pueblo venezolano en su lucha por conservar la democracia”, dice Schaulsohn, con la música y los gritos de fondo que aporta el bullicioso grupo de manifestantes chavistas.
El próximo objetivo
Pero volvamos a Globovisión. Ubicadas en la zona de Alta Florida, en Caracas, unas instalaciones para nada fastuosas y extremadamente protegidas. Las murallas fueron elevadas para evitar las molotov. Rayados en sus paredes dan cuenta de que estamos ante el icono de la división venezolana. “¿Cómo funciona eso de la ley de acceso a la información?”, me pregunta William Echeverría, presidente del Colegio Nacional de Periodistas de Venezuela y conductor de un espacio de entrevistas. Se impresiona ante el alcance de la nueva normativa vigente en Chile. “Acá intentamos conocer el sueldo de los diputados pero se nos dijo que era información estratégica”, añade.
Chávez amenaza con cerrar el canal, tal como lo hizo hace exactamente dos años cuando negó la renovación de concesión a RCTV. Paralelamente, las autoridades se esfuerzan en demostrar los supuestos negocios irregulares del presidente de Globovisión, Guillermo Zuloaga. Lo acusan de triangular automóviles para venderlos a un precio mayor del sugerido por los organismos centrales. Zuloaga dice que se defenderá en tribunales, pero da lo mismo, en La Hojilla ya lo bautizaron de mafioso.
RCTV ahora transmite por cable y la penetración de la TV pagada se ha triplicado en menos de dos años. Globovisión también podría terminar integrando la grilla privada. Por eso el gobierno patrocina un proyecto que le permitiría regular esos contenidos y hacer responsable a las cableoperadoras por lo que comercialicen. Conseguir su aprobación no le será difícil. El oficialismo controla la Asamblea Nacional, luego de que la oposición optara por
abstenerse de participar en las elecciones legislativas (una decisión que hoy sus líderes lamentan).
Dicho sea de paso, no es el único proyecto que divide y mantiene alerta a los venezolanos. También está el que quita a los padres la patria potestad de sus hijos a partir de los 3 años. “La patria potestad de las personas menores de 20 años de edad será ejercida por el Estado”, dice la iniciativa legal. Y añade: “todo menor de edad permanecerá al cuidado de sus padres hasta tanto cumpla la edad de 3 años, pasados los cuales deberá ser confiado para su educación física y mental así como para capacidad cívica, a la Organización de Círculos Infantiles”. Obviamente, un organismo fiscal.
El ejemplo chileno
Las opciones de la oposición venezolana son, a todas luces, limitadas. Quizás si el precio del petróleo hubiese continuado su caída habría provocado el derrumbe del estado de regalías impuesto por Chávez. Con el precio de la bencina más bajo del mundo (en torno a los 0,0045 dólares el litro de 95 octanos) y una merma en su capacidad productiva, PDVSA ha perdido fuerza como la “vaca lechera” del gobierno central, pero aún parece capaz de sostener a la revolución bolivariana.
Curioso, esto del culto a Bolívar. Un graffiti en la calle lo coloca en medio de La Última Cena, como apóstol en compañía del Che Guevara, Marx, Mao, Lenin y otros notables de la historia socialista. Pero fue el mismo libertador el que en 1815 advirtió que “nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo al mismo ciudadano en el poder”. En 2012, Chávez completará trece años como presidente y todo indica que no le hace el quite a una nueva reelección.
Así las cosas, la poco estructurada oposición venezolana mira con envidia el proceso que llevó a la Concertación chilena a reemplazar al gobierno militar. Les atraen la capacidad de lograr acuerdos más allá de las diferencias individuales, así como la posibilidad de llegar al poder de forma pacífica. Antonio Ledezma, el alcalde metropolitano de Caracas (elegido democráticamente, pero coartado en sus atribuciones por medidas del propio Chávez), lo explica: “el modelo chileno es un espejo para mirar. Cuando uno lee el capítulo que ustedes han escrito, encuentra muchas semejanzas, hasta en los pleitos para decidir quién hablaba en la tribuna o las desavenencias triviales para ver quién se sentaba en la primera fila. Esos escollos deben colocarse de lado, para dar preeminencia a lo medular, que es poder concatenar un esfuerzo que tenga objetivo y metas definitivas”.
No es lo único, en todo caso, que esperan de Chile. Los dirigentes opositores venezolanos, los mismos que en el pasado auxiliaron a parte importante de los exiliados políticos del régimen de Pinochet, se sienten ahora abandonados. “Hemos estado ayunos de una solidaridad oportuna y digo eso porque no queremos palmaditas de pésame. Porque después de que se derrumbe la democracia y se termine de liquidar el sistema de libertades, nada ganamos con que nos manden un cablegrama diciendo que lamentan mucho la muerte de la democracia venezolana. Queremos una solidaridad oportuna, como también Venezuela la puso al servicio de los países y pueblos que eran víctimas de la acechanza de regímenes totalitarios”, añade Ledezma.
-¿Sienten que en Chile no se les está devolviendo la mano?
-“Sentimos que la mano no está tan cerca en el horizonte como debería asomarse”.
Al mismo Jorge Schaulsohn le sorprende: “lo que llama la atención no es que estemos nosotros aquí, es que no haya nadie de la Concertación”.
Venezuela y la nueva UP
Opina Schaulsohn: “la tensión en Venezuela es calcada de la que existía en Chile entre el año 70 y el 73. Uno percibe la misma polarización, la gente muy politizada, una odiosidad a flor de piel, intolerancia y ambiente confrontacional. No hay amistad cívica en Venezuela, como tampoco la había en Chile en ese momento”.
Coincide Lavín: “a uno le recuerda el Chile ideologizado del pasado, cuando la política era el único tema y la sociedad estaba fracturada y esa fractura llegaba incluso al interior de las familias, al almuerzo de los domingos. En Chile vivimos eso y sabemos que no termina bien. Hoy la política es diferente. Uno puede tener alguna discrepancia, pero siempre respetando dos principios: nunca hacer ataques personales y mantener la amistad cívica”.
Ratifica Larroulet: “para los chilenos hoy no hay clara conciencia del proceso que está viviendo Venezuela y es bueno para ilustrárselos que se asemeje con el ambiente que existía en la época de la UP. Vargas Llosa dijo en el seminario que este país va camino a una dictadura como la cubana. Estoy seguro de que los chilenos no se lo imaginan, pero esa es la realidad”.
-¿No hay responsabilidad compartida en la generación de las condiciones que propiciaron la irrupción de Chávez?
-Lavín: “en esto de las responsabilidades compartidas hay que ser justos. Chávez llegó por algo. La sociedad venezolana venía viviendo problemas de antes, que probablemente tenían que ver con el desprestigio de los actores políticos, con la corrupción, con que a lo mejor la gente más preparada de Venezuela no se dedicó al servicio público. Todo ello posibilitó la llegada de una persona como Chávez”.
- Schaulsohn: “pero hay un problema más de fondo y es que el sistema democrático, que es un juego de mayorías y minorías, no está hecho para que la mayoría le pueda cambiar el sexo al país porque tiene 15% o 20% más que su contraparte. Por eso en el mundo lo único que funciona y es compatible con la democracia es el socialismo evolutivo, el socialismo democrático. Pero un proyecto de socialismo revolucionario, como el de Chávez, como en el que también derivó la Unidad Popular, termina chocando con la democracia”.