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Pedalear hasta borrar los pecados

Artículo correspondiente al número 222 (22 de feb al 6 de mar 2007)

 

¿Aburrido del turismo empaquetado? Pruebe una experiencia alternativa y purificadora: a Santiago de Compostela, como un peregrino más, montado en bicicleta y por una de las rutas menos frecuentada. Son más de 800 kilómetros, pero el esfuerzo vale la pena, como lo comprobó Capital. Por Miriam González Tamayo; fotos, Koldo Blanco y Miriam González.

 

Todos los caminos llevan a Santiago, y hay tantos caminos como caminantes. Así dicen los peregrinos y tienen razón, porque rutas para llegar a Santiago de Compostela, en la comunidad de Galicia, hay varias. La más popular es el Camino Francés, pero siempre vale la pena probar las alternativas, que pueden ser la Ruta de la Plata, la Ruta del Norte y el Camino Aragonés, como lo hicimos nosotros montados en nuestras bicicletas.

 

Esto de pedalear no nace exclusivamente de un afán deportivo, de ahorro o de aventura. Para obtener la codiciada Compostela, el pergamino que se entrega al término del viaje y que certifica la absolución de los pecados para los cristianos, la exigencia es clara: al menos los últimos 100 kilómetros de la ruta deben concretarse caminando, cabalgando o en bicicleta.

 

Nosotros iniciamos nuestro viaje en la estación de Canfranc, ubicada en pleno corazón de los Pirineos, en la aragonesa Huesca, donde comienza este menos frecuentado Camino Aragonés. A 845 kilómetros de Santiago y premunidos del distintivo de los peregrinos (conchas de vieiras –ostiones– que cuelgan del cuello o llevan en sus pertenencias) comenzamos un viaje que completaríamos en trece días.

 

Para empezar, un sendero pedregoso que va descendiendo por los faldeos del Pirineo. Ubicarse es sencillo; basta seguir las flechas amarillas que acompañan todo el viaje, ya sea pintadas en rocas, en árboles o levantadas con un montón de piedras.

 

Durante este tramo se avanza en solitario por los caminos y carreteras de las sierras prepirenaicas de Navarra. Para descansar un rato y conocer: el Monasterio de Leyre, aunque sea necesario desviarse de la ruta principal y tomar la carretera para recorrer los cuatro kilómetros de ascenso hasta el monasterio; esfuerzo compensado por el hermoso paisaje y por lo bien conservado del edificio, que aún acoge a los monjes.

 

Timbramos nuestras credenciales de peregrinos, para recordar la visita, y continuamos hasta uno de los hitos del camino: Eunate y su iglesia octogonal atribuida a la orden del Temple. Una construcción perfecta y sencilla en su interior, en el que acoge una simple capilla. A pocos kilómetros, el Puente la Reina donde se unen el Camino Aragonés con el Camino Francés. A partir de este hito, ambas rutas se integran.

 

Nos encontramos en pleno Valle del Ebro, con más lugares para visitar: el Monasterio de Irache y la Fuente del Vino, donde –por supuesto– no falta el viajero que rellena su cantimplora con el vino que emana de la mismísima fuente.

 

Y si quedó corto, no se preocupe, porque pronto iniciará el ingreso a la tierra del vino, La Rioja. Una recomendación, fruto de la experiencia: es conveniente salir muy temprano para avanzar los trayectos más largos durante la mañana, evitando así las altas temperaturas del mediodía y la tarde. Así lo hicimos nosotros para llegar pronto a Logroño donde, además de visitar la Catedral y la Iglesia de Santiago, reparamos y ajustamos los cambios de las bicicletas, que ya habían recorrido unos nada despreciables 230 kilómetros.

 

 

 

La Sierra del Duero

 

 

Atravesamos la Sierra del Duero (La Rioja) en un solo día, pasando la noche en un pequeño poblado de Castilla y León: Azafra, donde según muchos peregrinos está el mejor albergue municipal del camino, totalmente equipado, cómodo, seguro y limpio y a un costo de sólo 4 euros.

 

A partir de ese momento nos adentramos en un paisaje totalmente distinto, marcado por grandes y extensas llanuras, donde prima el cultivo de cereales y se concentran los mayores hitos arquitectónicos y religiosos del camino, como son Santo Domingo de la Calzada, con su catedral románica, y el antiguo hospital de peregrinos. En el interior de la iglesia yacen los restos del Santo y se ubican en su honor, una gallina y un gallo blancos. Dato relevante porque, según la tradición, el peregrino, que escuche el canto del gallo tendrá buena suerte. Más adelante, atravesando los Montes de Oca, hallamos el sepulcro de San Juan de Ortega, Abad discípulo de Santo Domingo y hospitalario. Fenomenal la hospedería, atendida por José María Alonso, famoso tanto por su hospitalidad como por sus sopas de ajo.

 




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