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Artículo correspondiente al número 225 (4 al 17 de abr 2008)
El fundador de Greenpeace no tiene problemas en afirmar que se equivocó cuando en los 70, junto a sus ex amigos ecologistas puso a las armas atómicas en el mismo saco que la energía nuclear. Nunca imaginó que años más tarde se convertiría en uno de sus mayores defensores, desatando la ira de sus pares. Por Paula Vargas; fotos, Verónica Ortíz.
A estas alturas dice que poco le importa lo que digan de él, que los ataques lo tienen sin cuidado. Y eso que cuando habla de ataques no alude a simples reproches, sino que se refiere a fulminantes andanadas de ex amigos y camaradas de antiguas batallas ambientales, quienes lo han tildado públicamente de traidor, desertor, vendido, y hasta de Eco Judas. Así de duros.
Es que su salida de Greenpeace, la organización que fundó a comienzos de los años 70, no fue fácil ¡Cómo no! si Patrick Moore (61 y PhD en Ecología de la Universidad de British Columbia, Canadá) pasó de ser el defensor por antonomasia de las ballenas y el “rostro” del primer movimiento contra las pruebas atómicas en el mundo, a transformarse en uno de los mayores promotores de la energía nuclear.
¿Qué sucedió en el camino? Simple, reivindicó un derecho humano esencial: el derecho a cambiar de opinión.
Hace pocos días este ecologista –como se define– visitó Chile y explicó desde el plano humano y lógico el proceso que lo llevó a cambiar abruptamente su filosofía de vida. Se refirió a sus dudas y también confesó el pesar que lo embarga por los afectos que ha perdido al abrazar la causa que hoy considera justa para el bienestar de quienes habitan el planeta. Moore ha tenido que endurecer la piel. Como a cualquiera, no le gusta que le digan que se dio vuelta la chaqueta, que es un desleal, un traidor. Pero está dispuesto a tolerarlo, porque, militante como es en esencia, está convencido de que hoy está en lo correcto. En su charla con Capital, no tuvo tapujos en señalar que, tras una lucha interna, finalmente pudo más la razón que el sentimiento, y que más allá de lo que hoy puedan disparar dirigentes ambientalistas en su contra, está convencido de que la protección del medio ambiente no va de la mano de levantar campañas “anti” todo, sino con la generación de soluciones realistas para hacer sustentables las actividades humanas; dentro de las cuales están, por cierto, las productivas.
Fue en esta búsqueda más científica que se persuadió de que la energía nuclear es “la” alternativa para producir electricidad en forma limpia, segura y fiable. Desde ese momento no sólo decidió pregonar sus beneficios al mundo, asistiendo a cuanta charla o discusión existiera sobre el tema;razón por la que también fue invitado a Chile por el Instituto Libertad y Desarrollo, sino que más tarde creó una consultora medioambiental denominada Greenspirit, la que se convirtió en su nueva plataforma de lucha.
En esta entrevista, con paciencia y entereza envidiables –aun después de más de 20 horas de viaje y un sinfín de reuniones– evangelizó a favor de su nueva causa.
-Tras quince años en Greenpeace ¿por qué decide separarse de la agrupación que vio nacer?
-Puede sonar curioso, pero la decisión la tomé el año 85, precisamente cuando los franceses bombardearon el Rainbow Warrior (la embarcación desde donde realizaban sus manifestaciones). Yo estaba en el barco y fue en ese momento cuando me di cuenta de que lo único que había hecho luego de salir de la universidad era estar en esto… reclamando. Ahí nació mi inquietud de moverme hacia otra cosa, hacia la búsqueda de soluciones y no quedarme sólo en la oposición a lo que me parecía mal.
En ese momento, miré a los otros directores del grupo y me di cuenta de que era el único que tenía educación científica y que los otros eran más bien políticos que estaban haciendo una carrera de activismo ambiental, pero sin ningún conocimiento científico.
-En resumen, se perdió la magia.
-Por supuesto, Greenpeace se había transformado en una organización con una gran burocracia, muy diferente a cuando partió, cuando éramos un grupo de revolucionarios buscando cambiar el mundo. Eso ya no estaba.
-En esa ruptura, ¿alguien más lo siguió?
-La gente siempre entra y sale de Greenpeace. De hecho yo fui uno de los que más duraron, pero nadie más se fue para formar una plataforma encargada de buscar soluciones a la sustentabilidad ambiental como lo hice yo. Mi idea era crear soluciones basadas en la ciencia y en la lógica, más que en el miedo y la falta de información, como lo era, por ejemplo, el temor a la energía nuclear. La pregunta que me hice y aún hago es: ¿por qué tener miedo, si hoy en países como Canadá hay 14 plantas nucleares y en Estados Unidos 104 y nunca nadie ha sido dañado con un problema nuclear?.
-Pero esa vuelta de carnero trajo consigo una lluvia de críticas. ¿Cómo recibió y recibe las duras acusaciones que hacen hoy sus ex compañeros de causa?
-Por no estar de acuerdo con algunos puntos me terminaron llamando o diciendo traidor y otros adjetivos, pero eso no son argumentos, son sólo insultos, y los tomo de esa forma. Son cosas que a mí no me interesa responder; a mí, que me vengan con argumentos. La ecología para mí es entender de dónde vienen las cosas y tenemos que aprender a entender esas cosas para que se puedan reducir los efectos negativos del medio ambiente.
-¿Qué tanto influyó en su cambio de giro y en la decisión de sus pares su vinculación con el negocio forestal?
-Efectivamente, mi padre y mi abuelo eran líderes en la industria forestal, pero me apoyaban en todo cuando estaba en Greenpeace. Cuando dejé la organización, ésta no estaba en contra de la industria forestal.Ese no era un tema. Fue mucho después, cuando fui llamado a unirme a un grupo de gerentes y empresarios para ayudarlos a combatir los problemas ambientales de la industria forestal; ahí, muchos de mis compañeros de Greenpeace pensaron que ese hecho significaba una traición.
-¿O sea que lo que los movió en su contra fue el hecho de que defendiera intereses
económicos?
-Claro, pero yo les digo: Perdón, pero esta es la industria donde yo crecí; además es una industria renovable, a diferencia de otras, y yo puedo ayudar porque mi background y experiencia me permiten responder a lo que ellos me están pidiendo para mejorar las condiciones ambientales de la industria.
-¿Fue una decisión muy difícil?
-Definitivamente, porque además, junto a mi esposa, perdimos muchos amigos. Muchos de los cuales hoy son abogados, escritores, doctores. Pero, por otro lado, políticamente fue muy fácil la decisión porque sabía que era lo correcto. Entonces me nombraron presidente de Forestal Sustentable y juntamos un grupo importante de personas con las cuales llegamos a generar cambios revolucionarios para evitar que la industria forestal produjera efectos nocivos al medio ambiente.
-¿Qué piensa de esa gente que le dio la espalda?
-Yo sólo digo que se trata de gente que vive en casas de madera y que usa papel, pero que pretende que no se corte ningún árbol… no los entiendo. Siento que el mayor problema de algunos grupos ambientalistas actuales es que no se preocupan para nada del ser humano. Por ejemplo, en el caso de los proyectos hidroeléctricos. ¿Para qué creen ellos que es la energía que se va a producir y a la que tanto se oponen?… ¡Es para nuestras casas, para las industrias, para las personas!
Entonces, lo que creo es que la razón para evitar la construcción de centrales hidroeléctricas no es salvar el medio ambiente; en realidad, la verdadera motivación que tienen es que quieren que estos lugares se mantengan igual para que unas pocas personas ricas vayan y los contemplen.