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Pasión, muerte y resurrección

Artículo correspondiente al número 204 (18 al 31 de may 2007)

Era el hombre fuerte de los hermanos Isaac y Alex Hites. Pero cuando estaba en el peak de su carrera, el fracaso del diario El Metropolitano, principalmente, precipitó su estrepitosa caída. Lo pasó mal, tropezó un par de veces más y ahora está de vuelta, menos acaballado, más tranquilo y con una gran ambición. La ambición de conquistar China.
Por Soledad Pérez R. ; fotos, Verónica Ortiz.

Sigue siendo el mismo tipo elegante y conversador de sus tiempos de fama, cuando era el gerente estrella y el brazo derecho de los hermanos Isaac y Alex Hites, dueños de la cadena de multitiendas del mismo nombre. Pero ahora se siente distinto, se reconoce menos acaballado y algo más sereno. Lo que no ha cambiado en Patricio Ulloa es la gran fe que se tiene y que lo lleva a compararse con
fi guras como Manuel Cruzat, un hombre al que admira por su inteligencia y su capacidad de anticiparse a los tiempos.

-Yo tengo, en otra escala, algo parecido a él: me hago una imagen de las cosas, hago una visión del futuro… Pero me ha pasado mucho eso de no estar en la época justa o en el momento oportuno. Y eso es lo que he ganado. Ahora prefi ero esperar. Antes no lo hacía –dice.

Con eso se refi ere, desde luego, al fuerte golpe que le significó salir del grupo Hites hace seis años, cuando el fracaso de su creación, el diario El Metropolitano, le pasó la cuenta y puso fin a su década más gloriosa en lo económico y en lo profesional. Pero no se hizo el harakiri después de eso. Será porque es porfiado o porque, como dice él, no le tiene miedo a hacer cosas. Por el contrario, afi rma. “Soy
muy ambicioso. No soy kamikaze, sí muy audaz… creo que ando al límite”.

Recomponerse, en todo caso, le tomó su tiempo. Lo pasó mal, se equivocó varias veces, su imagen pública quedó malograda y se le cerraron algunas puertas, las del sistema financiero, entre otras. Por
suerte, afirma, nunca se creyó mucho el cuento y eso le evitó pérdidas adicionales, como los buenos amigos, cuando las cosas se pusieron difíciles.

Ahora está de vuelta a sus 49 años, con oficina en Isidora Goyenechea y todo eso. Esta vez, eso sí, como empresario. Se la está jugando por la importación de camiones y motos desde China y por la instalación de una red de intercambio para Pymes entre el Oriente y América latina. No está solo en este tema. Lo acompañan un par de socios y tres de sus seis hijos, Patricio, Nicolás y Francisco.
Está contento, eso se le nota con solo verlo, aunque se lamenta de no haberlo hecho antes o, mejor dicho, de no haberse ido de Hites a tiempo.

-Debí hacerlo antes, porque mi naturaleza era la de un independiente. Pero creo que al final vendí un poco el alma por el pago que me daban –confiesa con cierta amargura.

-¿Pesó el poder, la fama, el prestigio?...

-(piensa) Nunca viví de eso… Creo que pesó el estatus económico. Pero en eso ni los Hites ni yo nos debemos favores: ellos me pagaban por lo que yo me esforzaba. La mía no era una pega fácil. Había una pata emocional, la de trabajar con la familia, que era lo que más me desgastaba.

-Era el precio de ser el brazo derecho del dueño.

-A Felipe Lamarca también le pasó. Y yo estaba dispuesto a pagar el precio, hasta que llegó un minuto en que ya no, en que llegamos a un buen acuerdo y me retiré. Hubo dos hitos en que se rompió todo. Uno, cuando me dijeron que querían vender El Metropolitano y no estuve de acuerdo. Ahí me puse duro. Y el otro, cuando dijeron que querían cerrar las tarjetas de Hites abiertas al comercio. Ahí les dije: perfecto, pero que venga otro y lo haga.

-¿Eso gatilló su salida?

-Puse mi cabeza sobre la mesa. Sin sentimientos. Fui frío, porque en esos dos proyectos estaba toda mi alma. Es más, en el diario yo puse todas mis utilidades, por tres años no recibí ni bonos ni premios. Si a los Hites les significó meterse la mano al bolsillo, pues a mí también. ¡Y fueron varios millones! Fue duro, pero lo hice rápido: la discusión partió en marzo y terminó el 15 de septiembre del año 2001.

-¿Ese día tomó sus cosas y las puso en una caja, como en las películas?

-No, fui mucho más cuidadoso. Nunca mientras estuve en Hites, me quedé con los regalos que me mandaban los proveedores, porque siempre pensé que tenían olor a coima. Pero los guardé y al irme entregué un inventario de todo lo acumulado en esos años. Eso sí, saqué mis cuadros.

-¿Y se volvieron a ver?

-Nunca.

HITES, SU CUMBRE

Patricio Ulloa llegó a Hites porque su siquiatra le recomendó que se empleara para sacarse la pena trabajando, después de su separación. Y así lo hizo. Después de sortear varios obstáculos quedó en la terna de tres empresas. “Le pregunté de nuevo a mi siquiatra y me dijo que me fuera a la más desordenada. Por eso elegí Hites”, recuerda.

Los hermanos Isaac y Alex Hites buscaban, en ese tiempo, un gerente de operaciones. La cadena de tiendas tenía gran potencial y cero endeudamiento, pero estaba resintiendo el peso de una competencia que se fortalecía sin parar. “Cuando llegué todo se hacía a mano. El primer PC, un Tandem comprado en Estados Unidos, lo traje yo”, cuenta.

Sobre cómo se ganó la confi anza de la familia hay muchas historias que hablan de su labia y su gran capacidad de convencimiento. La de él es más simple: “En 1995 me nombraron gerente general porque Hites empezó a ganar plata”. Su llegada a la primera línea se notó de inmediato. A un año de asumir, los seis descendientes de los Hites debieron salir: Marco y Pamela, los hijos de Alex; y Andrés, Jaime, Poli
y Claudia, los hijos de Isaac.

-Don Isaac y don Alex estaban envejeciendo, tenían sus ciertos años y una descendencia donde no todos eran equivalentes. Había un problema familiar complejo que no se pudo resolver. De todos ellos, solo Marco era profesional. Los otros tenían poca preparación.

-Quedó como el malo de la película.

-¡Obvio! Si en la vida quieres que te vaya mejor tienes que quebrar huevos. Su poder fue creciendo al mismo ritmo acelerado con que tomaba decisiones. Al recorte de la plantilla de 4.000 trabajadores, que pasó a la mitad, le siguieron proyectos como la creación de nuevas marcas y el desarrollo de la tarjeta de crédito. Hites reinaba en el centro y su rentabilidad por metro cuadrado era la más alta de toda la industria.

Pero Ulloa y los Hites querían más. Tenían que encarar la arremetida de Falabella y la aparición de los centros comerciales. La estrategia entonces fue bajar la tasa de interés, lo que abrió una guerra a muerte con el resto de los competidores. Lo otro fue tratar de ganar terreno en los nuevos mall. Pero no pudieron. “No éramos ABC1. Los mall se llenaban con las tres multitiendas y nosotros éramos cuartos. No nos dieron la pasada”, explica. Peleadores como eran, abrieron la tarjeta a cerca de 30 comercios. Así entraron a los centros comerciales. Además entregaron parte de sus metros cuadrados a terceros.

Cuando eso se hizo, Ulloa ya era el indiscutido brazo derecho de los Hites. Más de Alex, a quien describe como un hombre pausado y conservador. Con Isaac, en cambio, había roces. “Eramos parecidos, con él había gallitos en forma constante… Pero así son los negocios y por eso nos iba bien”, dice.

En su momento de gloria, Ulloa hacía y deshacía. Se dio lujos importantes, como fi lmar carísimos spots en Miami y Nueva York o traer a Claudia Schiffer a Chile y hacerla desfilar por el Paseo Ahumada. El no esconde el orgullo por esa etapa. “Cuando estuve al mando desaparecieron compañías de 60 o 70 años, como Shopping Group o La Polar, que pasó a manos de Southern Cross. La única que estaba bien parada cuando me fui era Hites”.

Pero a comienzos de esta década su suerte dio un giro fatal. Al fracaso de El Metropolitano (ver recuadro) se juntó que los Hites le quitaron su confianza. Se dijo entonces que las pérdidas del diario habían arrastrado a la cadena, un hecho que él desmiente con pasión. Como haya sido, Ulloa salió en medio de críticas. Y en el tintero quedaron muchos proyectos, como la apertura de Hites a bolsa y, con posterioridad, la venta de la cadena a nuevos inversionistas.

TIEMPOS DIFICILES

 

A Patricio Ulloa la resistencia le viene por genética. Creció en una familia de diez hermanos, en Valdivia de Paine, con un padre agricultor de gran coraje, que la mayor parte de las veces andaba a palos con el águila, como dice él. Desde chico escuchó a sus abuelos y tíos decir: siempre quise hacer esto o me hubiese gustado esto otro. Y eso lo marcó. Por eso se puso metas claras y dejó sus estudios
de ingeniería civil química, en los 70, para entrar al mundo del trabajo en Córpora, cuando apenas se asomaba a los 21 años. La condición que le pusieron sus jefes fue que continuara sus estudios.

Lo hizo. Estudió Auditoría en Temuco, pero no terminó. Le comenzó a ir bien en lo económico y empezó a sentir que la experiencia superaba con creces lo que podía aprender en las aulas, confi esa. De ahí en adelante todo marchó a las mil maravillas. Se casó con una hija de Italo Picasso, un empresario del sur, y se hizo cargo de los negocios familiares: las tiendas Picasso y la operadora de transportes Igi Llaima, que con posterioridad cerró. De ahí se hizo independiente, en sociedad con su mujer, pero la incursión terminó el día que se separó. Entonces fue que entró a Hites (ver recuadro) y se transformó en el hombre fuerte de la familia. Hasta que todo se acabó.

Dice que no estaba preparado para la cesantía. Que estaba pasado de revoluciones y que eso le pasó la cuenta. Tuvo que vender su estupenda casa en Santa María de Manquehue y mientras tanto volcó todas sus energías al campo que, en la época de Hites, había comprado en Melipilla. Pero fue un desastre. “Lo di vuelta entero, lo hice y lo deshice. Armé camellones, llegué hasta el cerro. Mi esposa –su segunda mujer– me dijo: te vas a arruinar, el campo es un barril sin fondo”. En la tierra, cuenta, puso gran parte de su patrimonio, hasta que llegó un minuto en que se vio obligado a tomar otro camino.

Y así partió en las asesorías. “Después de dos o tres visitas a empresas me di cuenta que no servía para eso. Soy demasiado franco, pisaba callos al tiro”, dice. Uno de los que quiso trabajar con él fue Horst Paulmann, el dueño de Cencosud. “Me encontré con él comiendo en el Europeo. Me dijo que quería conversar conmigo y que fuera a su oficina. Y partí. Le propuse toda una idea en torno al concepto
de compras que ellos tenían. Fueron muchas reuniones y unos cuantos meses. Al fi nal fui muy duro y hasta ahí no más llegué”, se ríe. En ese momento se convenció que no tenía pasta de asesor.
Para entonces, ya habían pasado casi dos años de su salida de Hites.



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