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Artículo correspondiente al número 224 (21 de mar al 6 de abr 2008)
Claude Barfield, un académico del Instituto Empresarial Estadounidense –un think tank de Washington DC– dijo hace poco a la agencia EFE que “hay que poner esto un poco en el contexto de la campaña electoral, pero aún así, esas declaraciones son altamente irresponsables y peligrosas”. Peter Hakim, director de Diálogo Interamericano, agregó a la misma agencia que las afi rmaciones de Obama y Clinton contra el tratado “muestran que son ignorantes de los hechos. El TLC no ha causado los problemas que ellos dicen que ha causado. Es comprensible que hablen así en Ohio, que es uno de los estados más afectados por los cambios y por la globalización. Pero me dio vergüenza escuchar sus exageraciones”.
Los analistas coinciden en que se trata de promesas orientadas a buscar votos y que, seguramente, no tendrán un correlato en sus políticas públicas si es que estos candidatos llegan a la presidencia. “Así son los políticos, hacen promesas, dicen cosas durante la campaña que después, cuando llegan al gobierno, se diluyen en la realidad”, dijo Hakim.
Las encuestas muestran que la mayor parte de los estadounidenses cree que el comercio internacional perjudica a los trabajadores de su país. Pero como ha señalado la revista británica The Economist, Obama parece entender más sobre economía de lo que quiere mostrar. En su libro The Audacity of Hope, reconoce que un impuesto a las importaciones de acero puede dar alivio temporal a los productores nacionales, pero que eso haría también menos competitiva a toda la actividad manufacturera basada en el acero, desde los fabricantes de autos a la industria de la construcción. Obama sabe, dice The Economist, que terminar con el NAFTA causaría más cesantía que mejoras laborales.
Clinton y Obama han celebrado, en otros contextos, las bondades de la apertura comercial. Sus duras expresiones contra el NAFTA y los TLC sólo se explican por la creciente tensión de las primarias. Pero lo que se dice y hace al calor de esta batalla tiene consecuencias: no sólo contribuye a generar opinión pública sobre los TLC, sino también sobre la política. Los electores tienen derecho a esperar coherencia de parte de los candidatos una vez que son electos. Y es casi seguro que el populismo proteccionista al que ha llevado la primaria cederá paso a la moderación cuando, una vez definida la contienda Clinton-Obama, el candidato demócrata se enfrente con John McCain por la adhesión de los votantes de centro.
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