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Artículo correspondiente al número 226 (18 de abr al 1 de may 2008)
Ad portas de presentar ante el Congreso el plan trienal de Ferrocarriles, la dupla Rodríguez-Faccilongo pone paños fríos y aplica el máximo de realismo para referirse al futuro de EFE. “Hay que irse con calma”, dice el ex ministro. Descentralizar el transporte de pasajeros y potenciar al máximo la carga figuran entre los objetivos de una empresa donde todo indica que los megaproyectos pasaron a la historia. Por Guillermo Turner.
Las oficinas del sexto piso de Moneda 115 no reflejan la realidad de Ferrocarriles. Excelente ubicación, mobiliario moderno y una muestra de antigüedades que –de paso– sirve para recordar los años de esplendor que vivió la estatal.

La disonancia incomoda a sus principales ejecutivos. No lo dicen, pero es el resultado de un contrato de arrendamiento que heredaron de administraciones anteriores y que, en todo caso, resulta casi anecdótico si se le compara con el resto del “legado” que recibieron; particularmente, de la controvertida gestión Asenjo.
La historia es conocida. Más de mil millones de dólares invertidos en material rodante de dudosa utilidad, insuficiente recuperación de las líneas y, lo que es peor, anuncios y promesas de expansión tan fastuosas como insostenibles. Todo ello, sazonado con un festival de irregularidades que mantuvo a la última administración abocada casi por completo a ordenar la casa y pesquisar los abusos.
Pero ahora Jorge Rodríguez Grossi, como presidente, y Franco Faccilongo, desde la gerencia general, quieren dar vuelta la página. Sin caer en los mismos errores y renunciando al máximo a los sentimentalismos y apetitos políticos que provocan los trenes, a fin de mes presentarán ante el Congreso el obligatorio Plan Trienal de EFE, el mismo que debiera dar luces sobre el verdadero potencial que, tras varios meses de análisis, perciben en la empresa.
Comparado con las planificaciones de mucho más largo plazo que realizan otros negocios vinculados al transporte, como las firmas navieras o los puertos, esto de proponer inversiones con un horizonte de tres años parece un ejercicio insuficiente y limitante. Ellos lo reconocen, pero es la ley orgánica de EFE la que los obliga. Porque así es esta empresa, con mucha presión política, demandas populares y una estrecha camisa de fuerza que pretenden romper. ¿Cómo? Incentivando la discusión en torno a las externalidades positivas que genera el ferrocarril y consiguiendo que las decisiones de inversión formen parte de la planificación integral que debe realizar el Estado en materia de infraestructura, transportes y obras públicas.
Cuando se hace referencia a la mochila que el actual gobierno heredó de la administración Lagos, el desempeño de Ferrocarriles ocupa un papel destacado. Para las autoridades, el desafío consistía en aterrizar las expectativas y aplacar los reclamos de todos los sectores, particularmente las ciudades del sur que soñaron con el regreso del tren.
El primer paso consistió en la creación de un comité de expertos, encabezado por Jorge Rodríguez Grossi y compuesto por personalidades como Mario Marcel, Marcial Echenique y Marcos Büchi. El segun do, la conformación de un equipo directivo que integra manejo político y criterio profesional. Así, en octubre del año pasado se designó al ex ministro de Economía como presidente del directorio y, en enero, a Franco Faccilongo, proveniente de Telefónica CTC, como gerente general. También se reforzó el directorio de la empresa con la incorporación de representantes independientes y de claro perfil ejecutivo,como el mismo Marcos Büchi.
“Comenzó, entonces, el trabajo de diseñar una estrategia para la empresa que, pienso, ya está bastante consolidada”, dice Rodríguez Grossi. En ese proceso, concluyeron que el desarrollo de EFE debía hacerse sobre la base de la planificación general que efectúa el Estado, lo que requería una interacción entre las diversas entidades y ministerios involucrados. Como consecuencia, Ferrocarriles se integró al comité interministerial.