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Artículo correspondiente al número 259 (21 de agosto al 3 de septiembre de 2009)
Era la época de los pantalones amasados, los mocasines y las chasquillas. Quizás muchos recuerdan con pavor la moda de aquellos años, pero lo cierto es que en esa época no fueron pocos los astutos que aprovecharon de hacer negocios y, de paso, acuñar marcas que aun permanecen en la memoria de millones de chilenos. Por Carolina Samsing.
Si había que hacer cola para estar a la moda, la gente la hacía. Hasta César Antonio Santis –acomo consignó la prensa– tuvo que esperar en fila para comprar una de las famosas camisas de la marca Mario Ramírez. Así eran los 80, una época en que, pese a la recesión, los jóvenes se desvivían por vestir a la moda y que llevó a muchos a montar negocios para aplacar esas ansias.
No había malls ni compras por Internet, pero sí caracoles, galerías y, por cierto, una avenida Providencia que reunía todos los ingredientes para que oferta y demanda hicieran contacto. Así lo visualizó, Patricio Arteaga, el dueño de la entonces taquillera tienda Palta, que abrió sus puertas “entre la elección y la asunción de Allende” –como él mismo recuerda– y que por ser de las primeras en el sector se transformó en un icono de lo in en los 80.
Arteaga está consciente del rol que le cabe en esta historia y no le hace el quite a la pregunta de cómo se le ocurrió eso de Palta. Cuenta que un día llegó su hermana con una mini de Mary Quant (la creadora del modelo por ahí por los 60) y quedó choqueado. “¡Tenía piernas preciosas! Entonces pensé que esas polleras se iban a vender muy bien”, recuerda. Así comenzó Palta.
Con los años, de más está decirlo, siguieron nuevas marcas que algunos de nuestros lectores habrán usado, como Juvens, Pevel, Cheldiz, Parada 111, Pluma y Mario Ramírez, por nombrar algunas de las míticas tiendas que se instalaron en el sector de Providencia.
Para ver y ser vistos
“Todo pasaba en Provi”, recuerda Alejandro Jerez, dueño de la marca de jeans Parada 111. Miles de jóvenes se juntaban a conversar y escuchar música entre las calles Pedro de Valdivia y Tobalaba. Ahí estaba la taquilla que iba al sector en busca de “la última chupada del mate”, como cuenta Arteaga. A pocos metros de Pedro de Valdivia comenzaban a pasearse las mujeres en minifalda y jeans desteñidos, mientras los hombres usaban camisas y mocasines.
Si viajáramos en el tiempo para hacer un completo recorrido por los lugares top de la época, digamos que la disquería Carnaby Street –de Hernán Serrano y Marcelo Román– era la primera parada. Este era el lugar para comprar discos. Allí, los sábados se organizaban conciertos y los artistas venían a promocionar sus canciones. Sin ir más lejos, fue ahí donde se sentó Julio Iglesias a firmar álbumes para sus fans después de obtener la gaviota en Viña 81, y desde ahí tuvo que salir arrancando ante la enorme aglomeración de gente que se formó. Los fanáticos bloquearon el tránsito y tuvieron que llegar los carabineros a despejar el lugar, evoca Catalina Marasovic, que atendía la tienda en esa época.
Para almorzar se podía ir a comer un sandwich titánicamente abundante al Kika, actualmente el restaurante más antiguo de Providencia y uno de los mayores de la capital, para luego terminar con un café en el Coppelia. Todo esto, no sin antes vitrinear en la gran variedad de tiendas que por entonces se instalaron en ese sector, especialmente el Drugstore. A este lugar se le puede atribuir el título de ser el primer centro comercial del país, afirma Eduardo Ramírez, gerente de la inmobiliaria y constructora Terracota, a la cual está ligado el Drugstore.
Atendido por sus dueños
Hasta el día de hoy, Arteaga se acuerda de cómo los fines de semana se tenía que parar sobre una silla con una carpeta enrollada tipo megáfono a gritar a los clientes que dejaran las carteras y las mochilas en la entrada de la tienda. “¡Era una locura!, la gente atiborraba en las mesas del local porque todos querían tener alguno de nuestros coloridos modelos”, relata Patricio riendo.
Todos los años había competencias de vitrinas y eran los dueños, con sus propias manos, los que armaban y desarmaban los mostradores cada temporada. La competencia era increíble. Mientras mejor era la vitrina, más clientes llegaban. Alejandro Jerez, fundador y actual dueño de Parada 111 jeans, recuerda que él fue uno de los primeros en usar luces de neón para llamar la atención. “A veces teníamos que cortar la luz por un par de minutos para que no se calentara tanto el local”... Y cómo no iba a ser una competencia, si en la tienda Palta atendía una estupenda Raquel Argandoña, mientras que en Carnaby la apuesta eran las minifaldas y en la tienda Cosas –de las hermanas Comandari– destacaban el glamour y el buen gusto.
A unas pocas cuadras, los hermanos Raúl, Jaime y Rafael Pérez se dividían el trabajo de cortar, planchar y coser las camisas, pantalones y chaquetas de la marca Bellota. Los tres creadores de esta tienda empezaron el negocio de manera artesanal, haciendo confecciones a pedido para la desaparecida Potros. “Yo tuve que tomar un curso de costura del que era el único hombre”, subraya Rafael, quien hasta el día de hoy es dueño de la marca de ropa masculina.
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Cuando estar a la moda estaba de moda
Mario Ramírez, dueño de la tienda que llevaba su nombre, partió con el negocio en 1973, cuando tenía 22 años. “Había hordas en el local, porque en esa época, si no tenías una camisa Mario Ramírez y no usabas mocasines, no eras nadie”. La clave del éxito era encontrar diseños especiales y distintos. Había que confeccionar cosas innovadoras en comparación con los modelos tradicionales imperantes en Santiago, recuerda quien después fue el responsable de traer Ocean Pacific y Quicksilver a nuestro país.
Para el entonces joven Alejandro Jerez, a sus 25 años, la clave era desteñir. La moda del blue jeans había llegado para quedarse, claro está, pero Alejandro fue el primero que los intervino con sus propias manos. “Una amiga llegó de Europa con los jeans desteñidos y los encontré totales, así que fui a una lavandería y pedí que les echaran cloro”, revela Alejandro. “Eso fue lo que nos llevó a la fama”, continúa sin respiro, al tiempo que anota que Parada 111 llegó a tener 14 tiendas en el centro, con sólo tres modelos distintos de pantalones.
Sin entender mucho sobre el rubro de la venta masiva, Jerez narra esa vez en que incluso se quedó sin stock en la tienda y miles de personas tuvieron que esperar en fila para obtener uno de los famosos jeans stone wash, “el único jeans desteñido en piedra”, como decía el jingle.
El actor Daniel Muñoz, conocido por su popular personaje el Efe, vivió en carne propia la importancia de la moda para la juventud de la época, ya que él fue el rostro de la popular marca de mocasines Pluma, cuando todo aquel que osaba no tenerlos o, peor aún, calzar una imitación, era tildado de “bototo”.
Mentalidad televisiva
La influencia de la publicidad y la televisión fue grande. Ninguno de los que vivieron esa época olvida el comercial que mostraba a Claudia Miranda bailando una ágil coreografía –casi inexplicable, con un par de ajustados jeans– que lanzó a la fama Cheldiz jeans.
Así también ocurrió con los mocasines Pluma, Parada 111, Free, Ocean Pacific y tantas otras marcas que decidieron entrar a la publicidad en la pantalla chica. La televisión literalmente se tomó las casas en la década de los 80. Según el Censo de 1982, un 67,5% de los chilenos tenía un televisor en blanco y negro y un 26,6%, uno en color. La crisis económica de 1982 remecía a la población, pero la televisión no podía faltar en los hogares.
En los sectores populares a veces no había comida o la casa se llovía, pero no podían perderse el programa Extra Jóvenes, icono de los programas juveniles y el primero en mostrar a las bandas emergentes del rock-pop de los años 80 y 90. Daba lo mismo si eran buenas, malas o menos que regulares. La cosa era generar espacios en los que los jóvenes se sintieran identificados.