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Obama, el predicador

Artículo correspondiente al número 223 (7 al 20 de mar 2008)




Pero Obama, aunque es moreno, tiene poco de esa tradición. Su madre es una mujer blanca de Kansas. Creció con familiares blancos en Hawai. Su padre es negro, pero no de aquellos que llegaron del Africa occidental para trabajar como esclavos en los campos de algodón y tabaco, sino un estudiante de Kenia que vino a perfeccionarse en las universidades norteamericanas. Su historia familiar no tiene nada que ver con los siglos de segregación y resentimiento de los afro-americanos. Las políticas que propone en su libro tampoco apuntan a una radical reparación de esa exclusión. A Obama le es más fácil que a cualquier otro líder negro hablar del futuro con optimismo y dejar de lado ese pasado amargo.

Tampoco esta fusión entre religión y política es patrimonio exclusivo afroamericano. Lo muestra el sociólogo Michael Lindsay en su reciente libro Faith in the Halls of Power, sobre cómo los evangélicos se han incorporado a la élite norteamericana. ostiene que en las últimas dos décadas, miembros de grupos evangélicos han llegado a las más altas esferas políticas, económicas y culturales del país a través de redes interpersonales e institucionales.

Y si durante el gobierno de George W. Bush se habló bastante de la influencia que tendría en sus decisiones políticas el hecho de ser un “cristiano renacido”, el nexo entre fe y poder no es tampoco patrimonio de un sector político. Republicanos y demócratas buscan por igual capitalizar el fervor religioso de gran parte de los votantes.

Según la Encuesta Mundial de Valores (www.worldvaluessurvey.org), a comienzos de esta década un 81,2% de los estadounidenses se consideraba una persona religiosa, casi el doble que en Francia, donde la cifra llegaba sólo al 44,4%. Chile figuraba en un punto intermedio, con un 68,8% de los encuestados declarándose religioso.

Coherentemente, el 60,1% de los estadounidenses afi rmaba asistir una vez al mes o más a la iglesia. En Chile, la cifra llegaba al 44,7% y en Francia, al 11,8%. Para qué hablar de negar la existencia de Dios. Mientras el 14,9% de los franceses encuestados se declaraba ateo convencido, la cifra alcanzaba al 1,4% tanto en Chile como en Estados Unidos. Por último, ante la afirmación “los líderes religiosos no deberían influenciar el gobierno”, un 50,5% de los norteamericanos se mostraba de acuerdo o muy de acuerdo, contra el 80,3% de los franceses y el 64% de los chilenos.

Seguramente en la laica Francia, heredera de la Revolución Francesa, el discurso de Obama no tendría el éxito que está demostrando en su país. Hoy por hoy, mucho más chocante que ver a una mujer o a un representante de una minoría étnica en la presidencia, sería ver llegar a un ateo a la Casa Blanca.




¿Inspiración o sustancia?


Aunque sus críticos lo acusan de populismo, señalando que tras sus palabras bien articuladas hay poca sustancia, los resultados que ha obtenido hasta ahora muestran que este inusual candidato ha encontrado la sintonía con su electorado. John Judis, de la revista The New Republic, lo llama “un nuevo Adán”, un hombre que promete partir de cero en la construcción del país soñado. Lo mismo que quisieron hacer los padres fundadores de Estados Unidos tras declarar la independencia.

En la contienda contra Hillary Clinton, Obama se presenta como el futuro luchando contra el pasado. La senadora por Nueva York apunta precisamente a ganar votos basada en su experiencia, sin duda mucho mayor que la de su contrincante. Pero en la intervención del “Súper Martes” quedó claro que la campaña de Obama no se sustenta en su agenda de gobierno, sino en la capacidad del candidato para conmover e inspirar a la gente. “Nuestro tiempo ha llegado. Nuestro movimiento es real. Una nueva era está llegando a América”, anunciaba Obama en Chicago, mientras esperaba los resultados de California.

Seguramente a ese tipo de afirmaciones se refiere Joe Klein, de la revista Time, cuando califica el discurso de Obama como un “mesianismo de masas”. El senador por Illinois apunta a superar con su encanto la experiencia de Hillary Clinton, de la misma forma que un inexperto John F. Kennedy superó en las primarias demócratas a su contrincante –y futuro vicepresidente— Lyndon Johnson, un parlamentario con 25 años de experiencia en el Congreso.




La consigna del cambio


Probablemente, las diferencias sustantivasen términos de propuestas políticas entre Hillary Clinton y Barack Obama no sean lo más relevante. Muchos demócratas que pensaban apoyarla han cambiado de idea, conmovidos y entusiasmados con la campaña de Obama. A la luz de la nueva consigna del cambio, Hillary Clinton se ha convertido, a pesar de ser mujer, en másde lo mismo: la vieja forma de hacer política en Washington D.C. Obama promete, en cambio, un vuelco drástico. Hacerse inmune a los grupos de interés y generar nuevas alianzas. Cómo se podría concretar tal promesa es menos claro. Pero la oferta es atractiva.

Hendrik Hertzberg escribió en la revista The New Yorker que la experiencia es un argumento problemático, especialmente cuando los votantes están hambrientos por un nuevo comienzo. Cuando Estados Unidos se asoma a una recesión de proporciones, al tiempo que participa de una impopular guerra en Medio Oriente de la que no sabe cómo salir, la esperanza y el cambio parecen buenas cosas que ofrecer.

La campaña de Obama es una propuesta de poner fin a la política como siempre se ha hecho. De superar las rivalidades entre republicanos y demócratas y terminar con el poder de los lobbistas y grupos de interés. Obama quiere que Washington D.C. deje de ser reflejo de los intereses de los partidos, para convertirse en un lugar donde se exprese la voluntad de la gente. Pero al no entrar en la árida discusión sobre medidas concretas, queda en el aire la pregunta: ¿cómo piensa hacerlo?

Tanto Hillary Clinton como el candidato republicano John McCain han llevado adelante campañas más tradicionales, enfocadas a los asuntos de fondo, con programas que no han logrado con mover al electorado ni a los medios de comunicación, como sí lo ha hecho la más emotiva campaña de Obama.

Al margen de quién triunfe en las primarias y en la elección presidencial, la campaña de Barack Obama ha causado un efecto profundo en la política estadounidense. Ha logrado reencantar electores e incorporar a la política a nuevos grupos, en especial de jóvenes. Su figura ha surgido con inusitada potencia de una campaña “desde abajo”, en la que el carisma de un líder juega el papel central.

Obama emociona y moviliza, con el lenguaje de la trascendencia y con discusiones sobre valores, virtudes cívicas y el rescate del sueño americano. Otros candidatos demócratas, con programas de gobierno similares al suyo, no han conseguido capitalizar de esa manera el deseo de cambio. Una muestra de que la política no se compone sólo de intereses, sino también de pasiones.

 

 



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