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No solo por amor al arte

Artículo correspondiente al número 274 (23 de abril a 7 de mayo de 2010)

 

Hace rato que los artistas dejaron de lado esa aura hippie y romántica que por generaciones fue su sello. Hoy, saben que para ganarse un nombre en la escena no basta tener un buen pincel o una buena pluma, sino que lo que se requiere es un buen gestor. Nos adentramos en este mundo y dimos con los socios del selecto club de asesores independientes que trabajan en unir el arte y los negocios. Por Paula Vargas. Fotos, Verónica Ortiz y Gabriel Pérez.

 

Con 16 escuelas de Arte dando vueltas por todo Chile, muchas más que en Alemania o Nueva York, y cientos de egresados que anualmente salen de ellas, uno se pregunta: ¿de qué viven tantos artistas? ¿Cómo logran materializar sus proyectos? ¿Qué misteriosas fuerzas permiten que las distantes puntas del creador y del financista finalmente se junten?

Quisimos indagar sobre esto y descubrimos que en ello hay muy poco al azar. Sí, porque en Chile el llamado “circuito” cultural se ha profesionalizado, proceso en el cual han sido claves las emergentes figuras de los gestores culturales. Hablamos de un club con socios conspicuos y reconocidos por su asociación con las grandes galerías y también de otros, bien quitados de bulla que, con un sello más independiente, han unido al artista con la empresa privada para un nuevo tipo de relación.

Como sea, nos quedó meridianamente claro que ya pasaron los tiempos en que era pega del creador golpear puertas en busca de algún auspicio para montar su obra. Hoy, hay canales muy definidos que posibilitan este acercamiento entre cultura y grandes corporaciones. “Ya no se trata de caridad. Para nada. Lo que ha pasado es que, tras un trabajo de años, el empresariado ha comprendido que apoyar la creación artística es una inversión para la marca”, enfatiza Claudia Pertuzé, a quien sus pares identifican como pionera en esto del marketing cultural.

Cecilia Guzman y Fernanda Valdes Nexo Gestión Cultural: uno de sus últimos proyectos gestionados fue la presentación gratuita del ballet Carmina Burana en la Estación Mapocho ante 4 mil personas, financiada por Minera Escondida.
¿Cómo dijo que era?

No son artistas, ni tampoco empresarios. Y para colmo de males, les carga que los tilden de “gestores”. Prefieren llamarse asesores o, simplemente, intermediarios entre la cultura y el financiamiento.

Como sea, estos personajes son de carne y hueso e irrumpieron con todo en un rubro poco explorado y en el cual las experiencias no habían sido muy gratas. “Nosotras, por ejemplo, vimos un nicho en el marketing cultural porque nos dimos cuenta de que las empresas tenían y tienen un público al que le gustan el arte y la cultura, pero que no estaba siendo cubierto de modo profesional. Antes era común que la empresa entregara plata y luego veía cómo su participación se diluía o, lo que es peor, se transformaba en un show de pendones. Vimos esa imperfección y decidimos mediar entre ambos mundos para que se entendieran”, explica Cecilia Guzmán, socia fundadora de Nexo Gestión Cultural.

Para ponerlo en trazos gruesos, en Chile había una necesidad y, del otro lado, estaban los conocimientos para satisfacerla.

Quienes son fanáticos de ponerle fecha a todo, indican que este proceso comenzó a esbozarse a mediados de los 90, cuando salían las generaciones inaugurales de los cursos y diplomados de gestión cultural que se impartían en las universidades de Chile y Católica. Una de las primeras en tomar esta especialización fue Dominique Hughes quien, luego de trabajar en el extranjero, volvió al país para crear su propia firma de asesorías, Suma Gestión Cultural.

Dominique Hugh es Suma Gestión Cultural: hoy trabaja en un programa de incentivo a la lectura: Léelo de un viaje, en el cual, junto a Alberto Rengifo, asesora a Fenabus para materializar la iniciativa.
Ella conoce de cerca la evolución de esta actividad, y advierte que en los últimos años se ha multiplicado la cantidad de artistas y empresas que quieren unir fuerzas para mostrar proyectos atractivos. Prueba de ello es lo que esta profesional está haciendo junto al fotógrafo Max Donoso para levantar el capital necesario para producir un libro sobre las casas de Neruda. “En este caso, el artista se acercó y me pidió que participara en el proyecto no sólo para que mediara para su financiamiento a través de la empresa privada, sino también para que me encargara de la producción y del lanzamiento de la obra”, detalla.

Un acercamiento de este tipo era impensable años atrás, y el que se verifique de modo expedito en la actualidad da cuenta de una mayor apertura por parte de los artistas, quienes tienen claro que, para realizar sus proyectos, deben dejar de lado sus pudores y golpear las puertas correctas.

El artista plástico Cristián Salineros sabe de ello. Es consciente de que para estar vigentes, si los artistas no saben autogestionarse, deben asociarse con profesionales. Especifica que esto tiene que ver, por cierto, con la supervivencia del creador: “hoy en día hay un volumen de gente que está egresando de las escuelas de Arte y se está moviendo súper bien; son más ágiles y tienen incorporado ese chip de la autogestión que los de mi generación no tienen… Por eso creo que para hacer proyectos grandes e interesantes es súper importante asociarse con gente que sabe adónde tiene que ir para levantar recursos”, apunta.

Visión empresarial

Este cambio también lo han sabido detectar en el mundo privado, donde ya no conciben realizar ningún montaje o proyecto cultural sin un gestor de por medio. Es el caso de Celfin Capital, empresa que hace más de cinco años decidió que la cultura sería pilar fundamental en su estrategia de posicionamiento de marca. De ahí en adelante, nos confiesan, en todos los proyectos que han lanzado, particularmente en los libros de arte, han contado con la asesoría de estas oficinas.

A juicio del gerente de Marketing y Retail de Celfin, Augusto Giusti, aunque el contacto con el artista siempre es necesario, los gestores son piezas claves a la hora de facilitar los procesos administrativos para la ejecución de los proyectos. “Ser gestor cultural exige capacidades de administración, orden, gestión, pero al mismo tiempo sensibilidad por el arte y entender la mentalidad de la empresa, del artista y, también, del consumidor final. De ahí que también el desafío para estas empresas sea dar un servicio de 360 grados”.

Claudia Pertuze Puente Gestión Cultural: fue la promotora del libro Copiar el Edén, que recopila las obras de los artistas visuales contemporáneos, en alianza con Minera Escondida y el ministerio de Relaciones Exteriores.
Celfin ha trabajado en varias oportunidades con las socias de Nexo, Cecilia Guzmán y Fernanda Valdés, quienes advierten también mayores exigencias por parte de los inversionistas cuando se trata de financiar un proyecto cultural. “La empresa privada es cada vez más sofisticada en sus requerimientos. Ahora pide que la obra tenga que ver con los valores de la empresa, y ya no trata sólo de lucirse ante sus invitados a una gala o exposición, sino de hacer un aporte a la comunidad; con lo cual, al final del día, el retorno en reputación es infinitamente mayor”, afirma Fernanda Valdés.

Así las cosas, el trabajo no sólo se limita a labores de producción y difusión. También tiene que ver con otras tareas, como presentar los proyectos a la ley de Donaciones Culturales –a través de la cual se devuelve a la empresa el 50% de lo invertido–, al Fondart, y ver todo lo relativo al avalúo y contratación de seguros, negociación de derechos de exhibición e, incluso, guiar a los artistas para que realicen el trámite de iniciación de actividades.

Macarena Murúa sabe de sobra cómo se gestionan estas tareas. Esta historiadora del Arte hace varios años que se metió en este rubro y su foco ha sido acercar artistas internacionales a la escena local. Fue la responsable de traer el año pasado a Gordon Matta Clark, financiado nada menos que por el estudio de abogados Barros & Errázuriz.

El episodio resultó toda una experiencia, al ser la primera empresa legal que se atrevía a invertir en eventos de este tipo. “Debo reconocer que fue bastante inédita esta situación, porque además se trataba de la obra de un artista poco convencional y hasta algo loco. Pero ahí mi labor consistió en entrar en la psicología del empresario y darle la confianza de que estaba depositando bien la plata y que iba a ser retribuido con una súper imagen para su empresa... Y así sucedió en este caso. Fernando Barros nos creyó y finalmente fue una tremenda exposición, muy visitada y elogiada”, recuerda.

Es que no es tan fácil que las empresas se arriesguen a financiar obras tan rupturistas. De hecho, esa es la gran crítica de los artistas: la aversión al riesgo que muestran las firmas. “Todavía la empresa es muy cuidadosa para dar financiamiento. Hace falta romper con ese círculo, porque el arte muchas veces es así y no hay que cuestionarlo tanto”, observa el pintor Jorge González.
Macarena Murua Historiadora del Arte: fue la gestora detrás de la exposición de las obras de Gordon Matta Clark en Chile y hoy está de lleno abocada a levantar y promocionar las obras del Museo de Arte Popular Americano.

El futuro

Con todo, a estas alturas nadie duda del éxito de la unión entre la empresa privada y el mundo de la cultura. Una alianza que no sólo da cabida a proyectos que de otra forma de no se podrían realizar, sino que también abre acceso a la cultura a miles de personas que nunca habían tenido esta posibilidad de acercamiento.

No obstante, aún hay mucho camino por recorrer. De partida, estas gestoras coinciden en la necesidad de una mayor apertura por parte de las empresas para que en sus planes de responsabilidad social estén incorporados el arte y la cultura y, por otra, que se instale en el país la figura de los famosos donors o filántropos, que no sólo apoyan a los artistas y a las instituciones culturales con dinero, sino con su voto de confianza.

Es que está claro que la cultura y el arte no se autofinancian. De ahí que los gestores, hoy más que nunca, cumplan un rol gravitante a la hora de promover grandes proyectos.

Los otros agentes
La figura de los gestores no sólo aplica a los artistas visuales. En la industria cultural, que involucra el mundo de los libros y el cine, también existen estos intermediarios. Hecha esa salvedad, resulta imposible no mencionar a Guillermo Schavelzon, el agente literario más respetado de Latinoamérica y quien, para alcanzar nuevas cimas en su carrera, terminó emigrando a España para poder gestionar la obra de importantes autores de la región.

Para que usted se haga una idea, Schavelzon es y ha sido el agente detrás de escritores como Hernán Rivera Letelier, Mario Benedetti, Ernesto Sabato, Roberto Ampuero, Mario Simonetti y Carla Guelfenbein.

Consultado por Capital, nos confesó que la única forma de internacionalizar a los autores latinoamericanos es estando al lado de las grandes editoriales, condición que estima necesaria para poder participar en todo el proceso de construcción de la carrera de un literato. Lo cual supone tanto buscar a la editorial adecuada como negociar los derechos de autor, revisar los contratos, la publicidad, las traducciones y el salto al mundo.

Es tal la importancia de esta figura, que si un autor no cuenta con un agente reconocido difícilmente su obra llegará a manos de una buena editorial; y menos, pensar en su difusión.

En Chile, sólo hay un par de personas que se dedican a este tema: Jovana Skármeta y Luz Pacheco, quienes lo hacen casi por amor al arte. Es que, nos dijeron, en el país no existe masa crítica como para generar grandes tirajes de libros, de modo que muchos autores prefieren tener al lado un agente que les ofrezca visibilidad internacional. Por eso, cuesta hacer frente a agentes tan célebres como el argentino Schalvelzon o la española Carmen Balcells, quienes se reparten a los mayores escritores de habla hispana.

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