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Atreverse
Quienes esperan a que otros les concedan graciosamente espacios terminan relegados a la irrelevancia. Ojo, que el liderazgo no se conjuga con el lloriqueo. Por Andrés Allamand.
Qué tan efectivo es que los jóvenes tienen hoy cerrados los caminos para la participación política?
La sabiduría convencional (que a veces no es ni tan sabiduría ni tan convencional) parece haber sentenciado que existe una suerte de conspiración para cerrarles las puertas a los jóvenes. Es también un lugar común responsabilizar de tal situación a la clase política, a la dirigencia tradicional, a las herméticas estructuras de los partidos o, por último… al sistema binominal.
Es efectivo que las estructuras vinculadas al poder –en todas sus expresiones– no son particularmente permeables. Del mismo modo, es indudable que los fenómenos asociados al liderazgo tienden a perpetuarse y a levantar defensas contra todo aquello que perciben como amenaza.
Es una discusión abierta si esta situación es hoy distinta o igual a la que siempre ha imperado.
En todo caso, está claro que los jóvenes muestran un progresivo distanciamiento hacia la participación política y que las expresiones de rebeldía han cambiado del cielo a la tierra. En los 60 las manifestaciones juveniles de descontento político se expresaban en un extremo activismo: los jóvenes se tomaban –algunas veces, literalmente– las organizaciones políticas. La protesta era activa. A partir de los 90, el descontento juvenil asumió un rostro diametralmente opuesto al febril activismo: se tradujo en apatía y marginación. Y la manifestación más ostensible de descontento se expresó simbólicamente en la negativa a inscribirse en los registros electorales. La protesta se volvió pasiva.
Igualmente evidente es que en nada contribuyen a la renovación de los liderazgos los lamentos quejumbrosos de aquellos dirigentes que han vegetado décadas en los partidos y que reclaman porque nadie “les abre oportunidades”. Y tampoco parece abrir camino opinar desde la tribuna académica acerca de la falta de oportunidades, sin estar dispuesto a entrar a la cancha. En verdad, el liderazgo no se conjuga bien con el lloriqueo.
¿Es muy cerrado el sistema político chileno? Dos ejemplos a la mano revelan que es más poroso de lo que parece. José Antonio Kast logró imponer en la UDI –el más disciplinado partido de la política chilena– una tonificante competencia interna. Marco Enriquez-Ominami ha irrumpido con fuerza en el escenario y socavado irremediablemente la candidatura oficial de la Concertación.
La regla fundamental del liderazgo es atreverse. Hasta ahora, los que esperan que otros les concedan graciosamente espacios han terminado en la irrelevancia. Al revés, los que se han atrevido han tenido insospechado éxito.
El autor es senador de la República. Fue dirigente estudiantil y uno de los fundadores de RN.
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Respeto al ritmo juvenil
Hay que respetar los ritmos con que los jovenes se hacen presentes en el debate publico. Por Camilo Escalona.
En mi opinión, el sistema binominal y el rol enorme que ha ido adquiriendo la ingerencia del dinero en la política agravan severamente las dificultades para la representación de los jóvenes menores de 30 años en el sistema político del país y, en particular, en el Congreso Nacional.
Ante esta realidad, propongo que se establezca un sistema de cuotas. Es decir, que un porcentaje de los diputados y senadores surja de un padrón juvenil. En consecuencia, que a las ideas relativas a la inclusión de mujeres y pueblos indígenas se incorpore el tema de la juventud en los diferentes análisis y presentación de propuestas.
Cada generación tiene su propia experiencia, singular e irrepetible, de modo que se deben respetar los ritmos con que los jóvenes de hoy se hacen presentes en el debate público.
Además, en algún tiempo más, al establecerse como definitivos y universales los sistemas digitalizados de comunicaciones sociales y personales, se cerrará la brecha que hoy existe, debido a que la nueva generación usa tales sistemas como algo natural; mientras que, en cambio, las generaciones anteriores mantienen su preferencia –no exclusiva pero predominantemente- hacia las maneras de leer, redactar, dialogar, etc, que conforman su conciencia social y que les acompañan desde que tienen memoria.
No creo que sea bueno el oportunismo. Es decir, condenar a los jóvenes cuando se está entre adultos, o adularlos cuando se les pide el voto. Hay momentos en que el ejercicio de halagar para congraciarse resulta penoso. Creo que ello sólo aumenta el deterioro de la política.
Sin embargo, asegurar institucionalmente la presencia de los jóvenes en el sistema político contribuiría a la profundización de la democracia y de una adecuada inclusión de sus intereses en las políticas públicas que se realizan en nuestro país.
El autor es senador y presidente del Partido Socialista. Fue dirigente estudiantil secundario en la década del 70.