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La decisión del crítico de arte y curador Justo Pastor Mellado de apoyar a Piñera provocó un remezón en el mundo de la cultura. Aquí explica sus razones y por qué piensa que en la Concertación hay más intolerancia que en la derecha.
Lo más suave que le dijeron en Twitter es que estaba confundido. Pero Justo Pastor Mellado tiene las cosas claras. Este crítico de arte y curador es uno de los tipos más lúcidos –y a la vez resistidos– de la escena plástica local y por lo mismo su decisión de apoyar a Piñera causó revuelo. Muchos le quitaron el saludo; otros lo trataron de traidor o vendido. Unos pocos lo llamaron para felicitarlo (aunque de forma reservada); la mayoría criticó duramente su opción por el candidato derechista. Hasta el editor de su último libro le mandó una carta casi insultante. “Prefiero ni aparecerme por los cafés de Lastarria”, dice mientras nos ponemos de acuerdo en dónde juntarnos.
A Justo Pastor Mellado lo han descrito como a una estrella de rock de las artes visuales. No muchos lo tragan. Sus opiniones suelen ser contundentes, incendiarias. De hecho la analista Francesca Lombardo, su amiga, dice que “siempre se está inmolando”.
Un día antes de la elección, publicó una carta en El Mercurio dando cuenta de su apoyo a Piñera. “No soy de aquellos que están dispuestos a soportar una vez más la extorsión que ha llevado cuatro veces a un candidato de la Concertación a la primera magistratura. La Concertación no es garantía ética de economía alguna, ni simbólica ni política. Por el contrario, ha llevado al paroxismo el recurso a la memoria de las víctimas, banalizando las estrategias de conmemoración”, escribió. Y al terminar la misiva ofreció sumar su experiencia y conocimientos al nuevo gobierno: “dispongo de la autonomía analítica y política suficiente para sostener la decisión de apoyar la candidatura de Piñera, en cuyo equipo de cultura puedo realizar un aporte significativo al montaje de una política pública coherente en dicho campo”.
La declaración causó una andanada de reacciones, que a Justo le tienen sin cuidado. Dice, en un café del Drugstore, que le llama la atención la intolerancia de la Concertación, en contraste con la apertura que ha observado en la gente de la Coalición por Cambio con la cual se ha reunido. “Es curioso, porque no me parece que haya habido tanta euforia de parte de la derecha luego del triunfo. La mayor violencia ha venido de esta necesidad de autocrítica de la Concertación, que sin embargo es imposible”, afirma.
Esa carta en El Mercurio provocó un reguero de críticas, la mayoría bastante insultantes. ¿Esperabas esas reacciones tan virulentas?
-Sí, pero ni las he escuchado. Sé que hay un Facebook especial para criticarme. Que alguien se haya tomado el trabajo de hacer eso me parece realmente increíble y expresa una intolerancia grave.
En Twitter te compararon con Patricio Navia y se habló de la confusión de los analistas que antes apoyaron a la Concertación y ahora votaban por Piñera.
-No tienes por qué estar de acuerdo conmigo. Yo simplemente expresé una opinión fundamentada. Yo nunca fui concertacionista; ¡cómo me voy a dar vuelta la chaqueta si nunca la tuve puesta! Me inscribí en los registros electorales para votar por Marco. Después de su primera entrevista en Tolerancia Cero, decidí inscribirme para que este tipo fuera candidato, porque me pareció que tenía todo el derecho. Y luego, efectivamente, los argumentos de Navia a mí me hicieron totalmente sentido. Entonces, lo lamento si alguien no piensa como yo, pero así es. ¿Por qué no votar por Piñera? Otra cosa que me hizo pensar fue un texto de David Gallagher el 15 de enero en El Mercurio, donde hablaba sobre la libertad individual. En contraposición a ciertas actitudes matonescas de la Concertación.
Hay una manía en la izquierda por hacer listas de apoyo. Los que no están con Frei, pareciera que no son demócratas. ¿Qué te parece esta actitud?
-Frente a las listas y al matonaje implícito de ellas, yo opté por decir: no estoy ahí. Voy a practicar mi libertad. Y cada vez que intenté discutir recibí una andanada de insultos. ¿Por qué tengo que someterme a este tipo de maltrato concertacionista? ¡Por favor!
Para algunos quizá hubiese sido más legítimo que votaras nulo.
-Si Marco hubiese votado nulo, yo voto nulo. Pero a mí me pareció que a Marco lo masacraron. Empezando por el padre, que nunca debió haber renunciado al PS para apoyarlo. Ese apoyo fue como el abrazo del oso. Lo ideal hubiese sido que padre e hijo se hubiesen mantenido en bandos distintos, como un acto de civilidad ejemplar. A partir de esa masacre simbólica, cuando el padre llama a votar por Frei y luego el propio Marco se ve obligado a sumarse, dije: me voy a oponer. Me voy a oponer al gansterismo del discurso concertacionista.
Francesca Lombardo decía que esta carta en El Mercurio era un acto de inmolación.
- (Se ríe) Primero, no es ninguna vuelta de chaqueta. Dos, no es ninguna inmolación. Si perdía Piñera, me hubiesen masacrado con mayor facilidad, me hubiesen pateado en el suelo, pero en el fondo no cambiaba nada. Nunca me han tragado mucho. Desde mi punto de vista, al escribir esa carta, yo quedaba tranquilo por haber hecho pública la decisión corriendo todos los riesgos posibles. Me parecía un mínimo de respeto también hacia la gente de derecha con la cual había estado conversando. Y te cuento un dato que habla muy bien de estos sectores. En todas partes hay talibanes, pero en mis contactos con gente de la Coalición siempre dijeron respetar mi silencio. No hubo siquiera voracidad de parte de ellos para que saliera apoyándolos.
¿Cómo te acercaste a los grupos de trabajo por Piñera?
-Si hay algo que destacar aquí es un asunto de convivencia. Yo vivo en un barrio de familias jóvenes, todos profesionales ascendentes y todos votaron por Piñera. Cuando les dije que iba a votar por Marco, me felicitaron. En un asado con mis vecinos, les dije un día: yo encantado voy a conversar con la gente de Piñera porque hay cosas que tienen que saber, de lo que significa armar una política de Estado en cultura. Uno de ellos me dijo que estaba trabajando en el equipo jurídico de Piñera, en leyes ambientales. Entonces fui a una reunión de la comisión de cultura, y había mucha gente, Magdalena Krebs, Consuelo Valdés, Drina Rendic, gente que estaba de acuerdo conmigo en montones de cosas. Y había cosas en que disentíamos, pero no me agredían por no estar de acuerdo. Ahí te das cuenta de que el que se supone es tu enemigo te trata con mayor respeto y diligencia que aquellos que supones están en tu bando.
¿Qué propuestas hiciste?
-En artes visuales, no hay 36 soluciones. A lo mejor dos cosas: desespectacularizar las prácticas de cultura, descarnavalizar. No tanto circo. No quiere decir que no haya circo, pero menos, y mejor. Es de sentido común.
¿Darle más plata al Museo de Bellas Artes?
-Es más complejo que eso. No es darle más plata, sino fortalecer el plan de desarrollo del museo. Que lo tiene. Y eso está en el programa de Piñera. Luciano Cruz Cocke no está solo en este asunto, tiene una comisión de 20 personas. Gente súper competente. La tolerancia pasa por aceptar que hay otra gente competente que no piensa igual que uno, y que si nos vamos a agarrar, okey, cuál sería el problema. No tenemos que estar de acuerdo en todo. Con Piñera, hay gente competente en términos del patrimonio, de la institucionalidad, del desarrollo de proyectos culturales en regiones. Entonces, lo que yo pienso es que la política cultural no puede sino ser de un continuismo crítico, y ese continuismo crítico implica reformular cosas que no funcionan. Por ejemplo, el proyecto por un Instituto Nacional del Patrimonio no me parece bueno. ¿Por qué no fortalecer la Dirección de Archivos y Museos (DIBAM)? ¿Por qué no hacer una reingeniería de la DIBAM, en vez de inventar un ente que no tiene sentido? Antes que cualquier nuevo proyecto, hay un montón de situaciones que resolver, de coordinación entre entes del Estado que no fueron resueltas por la actual legislación que dio nacimiento al Consejo Nacional de Cultura.
¿Qué piensas de la labor de la Dirección de Asuntos Culturales de la Cancillería (DIRAC)?
-Tanto DIBAM como DIRAC son entes pesados del Estado, y por lo mismo son los que más eficacia tienen. Porque tienen tradición. La situación de la DIRAC es interesante porque hay situaciones que exigen una mejor coordinación. Tienes DIRAC, PROChile e Imagen País; entonces, lo que hay que hacer es consolidar, proyectar, cosa que no se ha hecho. Gente de la Concertación muy capaz ha tenido que sortear muchos obstáculos para que las buenas iniciativas hayan sido posibles.
¿Cosas como la presencia chilena en la Bienal de Venecia son excepciones?
-La presencia de Chile, de Iván Navarro en la Bienal de Venecia; en Mercosur, la presencia en algunas ferias internacionales importantes, todo eso han sido excepciones, pero hay que convertirlo en política general. En artes visuales hay dos aspectos fundamentales: fortalecimiento de las escenas locales y consolidación de la inscripción del arte chileno en el contexto mundial del arte contemporáneo. Eso implica plataformas sectoriales súper específicas. Implica criterio, sobre todo, y dinero, que se puede conseguir en el sector privado con bastante más facilidad.
¿Estás de acuerdo en levantar centros culturales en regiones, aunque después no se pueda garantizar el nivel de las expresiones que recojan?
-El trabajo a realizar en regiones es descomunal. No en todas las regiones hay arte contemporáneo. Hay cosas desiguales que no puedes dejar de tomar en cuenta, a las cuales hay que abordar con un criterio populista-lúcido. En una política pública yo no voy a imponer mis gustos. Lo que cuenta es instalar situaciones de infraestructura, para que algunas expresiones de la comunidad sean posibles. Hay que entender la gran diversidad geográfica y cultural del país. No es lo mismo hacer política pública en cultura en Coyhaique o en Punta Arenas que en Antofagasta o en Iquique.