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Myriam Lama. El destape de las marcas B

Artículo correspondiente al número 227 (2 al 15 de mayo de 2008)

 

No pertenece a un gran conglomerado, ni maneja las marcas top de las bebidas gaseosas. Sin embargo, Myriam Lama fue pionera en incursionar en la fabricación de las denominadas marcas B. Hoy cuenta cómo se ha ganado un espacio en el mercado y su lucha por sobrevivir en un rubro dominado por gigantes. Por Paula Vargas; foto, Verónica Ortíz.

 

 

Cuenta que en este negocio no hay fórmulas secretas. Dice que el trabajo y el estar atento a “lo nuevo” y a las tendencias es la clave del éxito. Algo de razón tendrá Myriam Lama Jamarne, dueña de Embotelladora Latinoamericana (ELSA), firma que en menos de cinco años ha logrado ganarse un espacio en la producción de bebidas, con marcas que ya se posicionan como terceras del mercado, detrás de gigantes como Coca-Cola y CCU, según cuenta orgullosa.

Cómo no estarlo, si esta empresa la hizo a pulso y prácticamente sola luego de que en 2003 se hiciera cargo de una embotelladora que cayó en quiebra por deudas con su fábrica de plásticos.Así fue como comenzó esta, su nueva historia.

Y aunque confiesa que nada se le ha dado fácil, dice que lo de los negocios lo lleva en la sangre. Como buena paisana, hija de padre palestino y madre jordana, desde muy joven le picó el bichitoemprendedor. Fue ese impulso genético el que la llevó, primero, a estudiar ingeniería comercial en la Universidad de Chile –donde compartió aulas con Bernardo Matte y fue parte de una generación en que sólo se titularon dos mujeres–, y después, a pasar por el mundo privado (en Kónica y luego en AFP Invierta), hasta que decidió montar su propio negocio.

“Me di cuenta de que no podía continuar trabajando en una empresa y criar cuatro niños a la vez... Entonces renuncié y busqué qué hacer”. Consideró varias alternativas, aunque algo dentro de ella le decía “que lo mío podía ser lo textil o el plástico... Finalmente, elegí este último rubro”.

 

 

 

Por esas casualidades…

 


Fue a fines de los 80 y con apenas 30 años cuando Myriam levantó su primera fábrica de plásticos en un mercado donde sólo existían cuatro empresas de este tipo. “La planta era mediana, en un mercado en desarrollo y muy demandante. Fuimos creciendo e incorporando tecnología en la medida en que podíamos. Mientras las grandes traían tecnología alemana, a mí me alcanzaba sólo para china… pero igual nos iba bien”, cuenta entre risas.

Con el viento a favor, enmenos de una década la fábrica de plásticos Los Espinos –como se denominaba– pasó de facturar 10 millones de pesos a sobre 15 mil millones de pesos al año... Una cifra jamás imaginada por Lama.

La empresa iba sobre ruedas impulsada, en gran parte, por las buenas ventas. Acababan de incorporar tecnología de punta, lo que les permitía proyectar una tremenda etapa de expansión. “Estábamos abasteciendo a grandes marcas, como era el caso de Vital, a quien proveíamos de envases. También habíamos logrado que Laboratorios Chile cambiara sus envases a pet y nos convertimos en su proveedor exclusivo”, recuerda.

Estaba en eso, saboreando el éxito, cuando vino la hecatombe. En 1997 un incendio arrasó con la planta ubicada en Quilicura. “No podía creerlo. Todo lo que había construido se había acabado (...) Incluso ese día ¡hasta me chocaron el auto los bomberos!” –cuenta con una sonrisa.

Hoy sonríe, pero entonces lo sucedido fue una tragedia que le costó mucho superar, no sólo por el desgaste emocional, sino por el desastre financiero que trajo consigo. “Quedé debiendo a los bancos como 1.500 millones de pesos. No tenía ni uno, sólo me quedé con el auto chocado y algo de materia prima...”.

Cuenta que levantarse no fue fácil. De hecho, luego de 6 días de incendio imparable por la cantidad de químicos que había en bodega, tuvieron que pasar seis meses para que volviera a montar una nueva fábrica.

 


-¿Por qué volver a insistir en el mismo negocio?


-No me podía dar el lujo de estar con depresión, no tenía permiso para eso, tenía cuatro hijos que criar. Nunca me habían dado plata para vivir, y tener que pedir plata para mí era atroz. Así fue como decidí que tenía que volver a comenzar. Ahí creé Pet Packing, una nueva fábrica de plásticos... Mientras las máquinas venían navegando, yo por acá gestionaba el crédito y así fuimos creciendo de nuevo”.


Pese al empuje de Lama y su hermano Johnny –quien decidió incorporarse a la propiedad de Pet Packing como socio capitalista–, el desarrollo de la nueva fábrica nunca llegó a los niveles de la anterior. “Después del incendio la competencia se armó, perdí muchos negocios... Por ejemplo, la Coca-Colamequitó Vital, y ya no era el único proveedor de envases pet para la industria farmacéutica. Entonces no tuve otra alternativa que hacer un cambio de giro”.

Cambio que la llevaría a incursionar en la fabricación de envases para el entonces incipiente mercado de las bebidas de bajos precios: las denominadas marcas B. Fue así como nació su vínculo con Embotelladora Rari, firma que al cabo de un par de años se convertiría en su principal cliente.

Iba todo viento en popa, hasta que la familia Aillón –entonces controladora de Rari– dejó de cancelar sus compromisos a Pet Packing y aMyriam no le quedó otra opción que pedir la quiebra de su cliente, en 2003. “La empresa en ese entonces fue intervenida, y el síndico me pidió que siguiera haciendo envases para abastecer a Lider –el principal cliente de Rari–, ya que era la única forma de que la embotelladora y nosotros pudiéramos seguir funcionando... y así lo hice”.


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