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Artículo correspondiente al número 234 (8 al 21 de agosto de 2008)
La hija única de Constantino Mustakis cuenta con un pequeño holding de empresas de vanguardia. Una, vinculada al área tecnológica, que desarrolló el primer holograma en 3D; otra, medioambiental que se dedica a la producción de techos “verdes” y una firma de diseño que aspira a ser un pequeño Ikea. Aunque hoy su foco está en posicionar estas tres empresas, revela que sus planes van mucho más allá. Por Paula Vargas. Fotos, Verónica Ortíz.

Intenso es la palabra que mejor resume nuestro encuentro con Alejandra Mustakis. Bastó una sola pregunta para que esta joven emprendedora (31) se disparara sin perder ni un segundo para contar lo que está haciendo a través de su brazo de inversiones Ibetek, mostrar sus emprendimientos, planes y también, ¡cómo no!, para hablar de su familia, particularmente de su padre, Constantino Mustakis (81) quien, señala, es su fuente de inspiración y su gran consejero.
Y es que precisamente de su mano partió en el mundo de los negocios. Luego de cursar la carrera de Diseño en la Universidad Diego Portales y estudiar un par de diplomados en negocios y gestión en la Universidad Adolfo Ibáñez, Alejandra Mustakis trabajó por un período con su padre, un empresario de origen griego, que es imposible no recordar por sus múltiples emprendimientos. Entre éstos destacan, por cierto, el que impulsó con la familia Gianoli al crear la desaparecida Compañía Frutera Sudamericana; su sociedad con la familia Yarur en el BCI y también el desarrollo de Molymet.
Pero llegó el momento de la nueva generación de la familia, que por cierto también lleva en la sangre el gen emprendedor. La primogénita tomó las riendas y decidió embarcarse en su propia aventura, la que la llevaría primero a crear una fábrica de muebles y que, luego de varios tropiezos, finalmente dio con la fórmula correcta que hoy se encarga de diseñar y fabricar la línea de amoblados modulares para las multitiendas Ripley y Paris.
Explica que en este negocio su gran referente es nada menos que Ikea, firma sueca dedicada a la fabricación de muebles. “Viajé varias veces y vi cómo funcionaba este negocio. Lo encontré fascinante. Me empeñé en hacer algo parecido en Chile; obviamente a menor escala, y con una mano por delante y otra por detrás”.
Se lanzó con todo y sin medir mayores riesgos. Obviamente, al poco andar se estrelló: “me fue pésimo, hicimos una súper buena línea de muebles para niños que introdujimos en Sodimac y sencillamente no se vendió. Eran muy bonitos, pero nos dimos cuenta de que la gente no invierte en muebles orientados a una breve etapa de la vida. Los clientes buscan muebles más clásicos, tienen el concepto de que deben durar para siempre. Esa fue la gran razón del fracaso”, confiesa.
Como es ‘busquilla’, no se dio por vencida y al poco tiempo volvió a la carga. “No quería alejarme de lo que estudié, siempre mi lema fue pastelero a tus pasteles, aunque al final derivé en algo parecido, que es lo que denomino el diseño de negocios. Así fue como me dediqué en forma exclusiva a la parte comercial y de gestión de la fábrica de muebles y organicé la empresa de tal forma que mi socio, Pablo Llanquin, tuviera toda la libertad de dedicarse exclusivamente a la parte del diseño, que es lo suyo”.
Para afinar este emprendimiento cuenta que conversó y hasta interrogó a sus amigos y conocidos en el rubro del retail. No quería repetir el error e investigó sus reales opciones. De esta forma, se convenció de que la fórmula estaba en la fabricación y venta de los muebles para armar, mejor conocidos en el mercado como ready to ensamble, los que son top de ventas en las tiendas de mejoramiento del hogar como Easy o Sodimac, y que en su mayoría se importan. “Ahí recién vimos la posibilidad de que nuestros muebles se pudieran desarmar y entrar en una caja… lo hicimos, y también nuestro primer cliente fue Sodimac”, recuerda.
A casi un año de operar con Medular, esta firma ya se ha hecho un espacio entre los mayores retailers del país y son ellos los que encargan la producción de líneas de muebles para las marcas NTO de Ripley y Cubik de Paris, mientras que por estos días negocian también su entrada a Falabella. “Ahí vamos a estar de todas maneras”, vaticina convencida.
Pero ¿por qué insistir en el negocio de muebles, que por cierto ha dejado a más de un herido en el camino?, le preguntamos. “Creo que esta firma se formo en el momento correcto. Si bien por años esta industria se fue a pique y muchas fábricas quebraron, hoy Chile está volviendo a ser competitivo y queremos ser parte de esa ‘re-creación’ de la industria. Los precios de los fletes y de los insumos están haciendo pensar dos veces a la hora de importar. Por eso creo en la posibilidad de revivir que tienen las fábricas y nosotros, particularmente, estamos trabajando con proveedores con el objetivo de vender volúmenes importantes en Chile y la región”.
En un primer balance, Alejandra cuenta más éxitos que fracasos. “Llevamos más de 2.000 muebles vendidos, ni yo creía que podíamos llegar a esa cifra… y ya tenemos productos que son top de ventas, como nuestras cómodas y arrimos”. Según esta empresaria, el negocio promete. Eso sí, prefiere por ahora no entregar cifras exactas sobre su producción o facturación... y es que seguramente ahí radica la clave de tanto optimismo.
Anticipa, eso sí, que ahora la idea es crecer con nuevas líneas y productos. Y a pesar de que actualmente están en más de 43 puntos de venta a lo largo del país, en el Pero esta soñadora también tiene su corto plazo planean abrir locales propios, para los cuales piensa crear una categoría especial de muebles de hogar, e incluso no descarta producir una línea textil. La idea –expone– es hacer un negocio integral, donde converjan el diseño, la calidad, el precio y también los complementos.
Pero esta soñadora también tiene su mirada en el largo plazo, donde su plan es exportar al menos a los países con los cuales Chile tiene acuerdos. Acerca de cuándo y dónde, Mustakis asegura que eso está aún en su libreta de pendientes.
Lo que definitivamente no está pendiente es su decisión de integrar a su pequeño grupo de empresas un emprendimiento relacionado con el medio ambiente. “Nos hacía falta agregar una patita ecológica, que es la gran preocupación del mundo hoy, y nosotros no queríamos quedarnos afuera. Es casi un deber moral contribuir al medio ambiente”, dice.
De ahí que cuando uno de sus socios, Theodoro Schmidt, le contó hace unos meses la idea de traer al país el negocio de los techos verdes, prendió de inmediato. Tiraron líneas y en unas semanas ya contaban con la representación exclusiva para Chile y la región de Greengrid, Carlile y Optigreen, desarrolladores de esta tecnología en el mundo.