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Reportajes y Entrevistas
Moviendo las industrias

Artículo correspondiente al número 273 (9 al 23 de abril de 2010)

 

A poco más de un mes del terremoto, el presidente de la Sociedad de Fomento Fabril repasa el estado de situación del sector, da cuenta de lo hecho a favor de la reconstrucción, dimensiona el alcance de un alza de impuestos y esboza cuáles son las mejores políticas para fortalecer el crecimiento. Por Patricia Arancibia Clavel; foto, Verónica Ortiz.

 

Es nada menos que el presidente de uno de los gremios más poderosos de Chile, pero mantiene esa sencillez y austeridad que lo han caracterizado desde siempre. De pocas palabras, cuando habla lo hace con la seguridad de aquellos que saben. Conoce muy bien el pensamiento de sus pares y la situación y posibilidades del país. No en vano este ingeniero comercial de la Universidad de Chile fue por más de una década el secretario general de la Sociedad de Fomento Fabril, organización que desde 1883 ha unido y representado a un importante sector del empresariado chileno.

El menor de siete hermanos, Andrés Concha Rodríguez (66 años) estudió en el Saint George, donde compartió con una generación que hoy cumple importantes funciones en el ámbito público y privado. Entre ellos destacan Jovino Novoa, José Miguel Insulza, Francisco Silva, Sergio de la Cuadra, Hernán Larraín, los hermanos Tironi, los Walker, Roberto Fantuzzi, Roberto de Andraca... “un lote –me comenta sonriendo– muy transversal”.

A su gran capacidad y preparación, Concha une un fuerte espíritu deportivo. Se mantiene “en forma” subiendo cuantas veces sea necesario los tres pisos que lo llevan diariamente a su oficina en el Edificio de las Industrias. Como buen fondista y ciclista, sabe además graduar las fuerzas para alcanzar objetivos de largo plazo. Su vocación de servicio la heredó de su abuelo paterno –senador por Valdivia– y también de su padre, abogado y agricultor que fue el director general del Servicio de Seguro Social (ex Seguro Obrero) en el gobierno de Jorge Alessandri.

Aunque vivió en la universidad los conflictos políticos y sociales de la década del 60, la política nunca le atrajo, por lo que no militó en ningún partido. Casualmente tuvo a Manuel Cruzat y a Ernesto Fontaine entre sus profesores y a Alvaro Bardón, Vittorio Corbo y Juan Villarzú como profesores-ayudantes. Casado en 1973 con Dominique Berthet, tiene cuatro hijos e hizo su “servicio militar” en el gobierno del general Pinochet trabajando como director de Pro Chile y luego como titular en la Dirección General Económica de la cancillería. En 1984 se privatizó y formó sociedad con Bruno Philippi y Juan Antonio Guzmán en una serie de emprendimientos, entre los cuales destaca “la locura de la biotecnología”.

-Te ha tocado duro. Todavía no cumples un año en el cargo y ya has tenido que enfrentar dos grandes remezones...

-Así es, asumí en mayo de 2009 y me han tocado la crisis y el terremoto. Ha sido un período “movido”. La industria el año pasado tuvo una caída del orden del 9% y este año el crecimiento va a ser muy magro, probablemente 1% ó 2%, lo cual significa que estamos en un nivel de actividad mucho más bajo del que tuvimos el 2008. Vivimos tiempos difíciles. Hasta el 27 de febrero pensábamos que íbamos a tener una actividad con mayor dinamismo…

-¿Cuál es el balance actual? ¿Están muy dañados?


-Hay ciertas áreas que están alteradas, con daños graves, pero que son recuperables. Los impactos más severos los hemos sufrido en los polos industriales siderúrgico, forestal, petroquímico y pesquero. Se está en proceso de revisión y reparación y, en algunos casos, de reconstrucción desde cero, como las pesqueras en Talcahuano, donde la destrucción ha implicado pérdida total. En general, estamos hablando de una pérdida de producción industrial en torno a los mil millones de dólares para este año.

-Una de las características del empresariado es su capacidad para levantarse. ¿Cómo ves el futuro cercano?


-Todo es recuperable, porque el gran valor en nuestras actividades es el capital humano. Tenemos el conocimiento de qué hacer y cómo hacerlo, modelos de negocio que funcionan, mercados que se han conquistado con esfuerzo… La destrucción, la pérdida o el deterioro han ocurrido en la infraestructura, en los equipos, en aquello que en definitiva se puede sustituir. Las personas, las que saben manejar y hacer producir las empresas, están en pie y comprometidas a salir adelante.

-Ha pasado algo más un de mes desde ese fatídico día. ¿Ya dieron por terminada la emergencia?

-Yo creo que la primera parte de la emergencia sí, tal como lo señaló hace poco el ministro Hinzpeter. En efecto, todo aquello vinculado con el restablecimiento del orden público, la restitución de los servicios básicos y la cadena solidaria que posibilitó llevar la ayuda inicial a las zonas afectadas ya se hizo. Pero falta todavía una segunda parte, paralela al inicio de la reconstrucción, y que permita que la gente que tiene destruido su hogar tenga una opción razonable de vida en los meses de invierno, mientras se entra a la fase de reconstrucción definitiva.

-En mirada positiva, ¿crees que este desastre puede convertirse en una oportunidad para reordenarnos como país y establecer mejor nuestras prioridades?


-Sin duda. Hay un sentimiento de unidad nacional y de solidaridad que ha dejado atrás muchas divisiones y discusiones artificiales y estériles. Hoy nadie quiere restarse al esfuerzo colectivo que implica levantar nuevamente a Chile y creo que están dadas las condiciones para que, como sociedad, actuemos con mayor eficiencia.

“Gravar al sector privado significaría restar recursos que éste requiere para enfrentar sus obligaciones de reconstrucción y financiar programas de inversión destinados a expandir la capacidad productiva”
La derecha al centro

-En estos meses han pasado también otras cosas. Sin ir más lejos, el eje político del país cambió con el triunfo de Piñera. De un gobierno socialista transitamos a uno de centroderecha. ¿Cuáles son en este escenario las expectativas en materia económica?


-Chile es hoy un país que tiene un nivel de consenso mucho mayor que el que existía hace años atrás. El mundo político formuló un compromiso ante la comunidad internacional al ingresar a la OECD, que significa mantener un manejo macroeconómico responsable, integración al mundo, certeza jurídica para los inversionistas y mejores políticas sectoriales. Con independencia de los beneficios que esto pueda generar, dicho ingreso es un reconocimiento a que las cosas en Chile se estaban haciendo relativamente bien. Además de los consensos, todos somos hoy socios de un proyecto-país que camina mucho mejor a lo que fue nuestra experiencia en décadas pasadas. Dicho esto, creo que es necesario y urgente hacer un esfuerzo adicional en políticas públicas y gestión para frenar la caída gradual de la productividad, que ha reducido nuestra capacidad de crecer a niveles del 4%. En ese sentido, la coalición liderada por Piñera puede hacer una contribución importante. Era nuestra percepción preterremoto y lo sigue siendo post-terremoto, pese a las dificultades que implicará la reconstrucción.

-¿Cómo?


-El presidente lo ha definido claramente: “las cosas hay que hacerlas bien y con sentido de urgencia”. Lo importante es introducir mejoras de eficiencia en los procesos, en la manera de hacer las cosas y, para ello, sin desmerecer lo realizado por la Concertación, es posible pensar que el cambio de gobierno es en verdad un cambio de eje. A veces, no crecer al 6% o al 7%, y hacerlo al 4%, puede pasar inadvertido para mucha gente, pero no cabe duda de que creciendo a tasas más bajas los espacios para las propuestas populistas serán mayores. La frustración que puede generar en la sociedad esta diferencia puede llegar a ser realmente importante.

-¿Qué debemos hacer para retomar el ritmo de crecimiento?

-Chile necesita mucha inversión de capital, para crecer. En sectores como la energía, la minería, las telecomunicaciones, en donde se han invertido miles de millones, la productividad es muy alta y la gente que trabaja allí es la que recibe mejor remuneración. La agricultura, por su parte, hace lo posible por incrementar capital y a través de esa vía modernizarse, al igual que la industria. En la medida en que el país se vaya capitalizando con mejores inversiones, con mayor desarrollo empresarial, la productividad se irá incrementando. Pero para administrar estas actividades más intensivas en capital, se requiere personal más capacitado, con mayores competencias, más sofisticado. El cuello de botella está en que necesitamos un mejor sistema educacional. Por otra parte, para incentivar las inversiones, hay que tener políticas públicas que las estimulen. Hay aquí toda una cadena de acciones que requieren un impulso más decidido y potente, y eso es lo que se espera de la nueva administración.






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Comentarios

1 Comentarios

vanessa :

Publicado Sabado 10 de Abril, 2010 - 22:59 hrs

En evidente que cuando se habla de impuestos se trata de un debate político en estado puro sobre la equidad en las cargas públicas, pues nadie desea pagar impuestos y, por lo tanto, su determinación corre por cuenta de la ética y la determinación de prioridades económicas. Pero es también un tema de información y transparencia pues nada más intrincado para los ciudadanos que los cálculos de política fiscal, ni más oculto que los intereses que se juegan en el tema. 
Los deciles más pobres pagan como porcentaje de su ingreso un 22% más de impuestos que el decil más rico. 
Ello es relevante para los propósitos del actual gobierno pues en Chile domina ampliamente la percepción de que la estructura impositiva es regresiva, que los ricos no pagan impuestos, y que con el gobierno actual existe riesgo cierto que las brechas de equidad se ahonden. 
En Chile las orientaciones tributarias se vinculan más a la racionalidad del crecimiento económico que a la generación de un desarrollo social equilibrado. Cada vez que se hace una reforma tributaria sus mecanismos adquieren carácter transitorio y, en general, los que se aprueban se justifican como mitigación de situaciones excepcionales, como puede ser una crisis económica o ahora el terremoto. 
El financiamiento incluso de proyectos que debieran beneficiar a los sectores de menores ingresos, se prefiere hacerlo con mecanismos que implican aportes impositivos mayoritarios de los supuestos beneficiarios. Eso bajo los gobiernos de cualquier signo. 
Tal es el caso del uso del IVA (Impuesto al Valor Agregado) que constituye la principal fuente de recaudación impositiva en nuestro país y cuya tasa pareja de 19 por ciento resulta altamente regresiva para los más pobres. Lo determinante para juzgarlo es cuánto del ingreso total de la persona se paga en IVA, pues un pobre paga el 19% de el (gasta todo su ingreso) mientras un rico, dado lo que gana, puede llegar a pagar un 11% o quizás menos de su ingreso total, pues parte importante lo ahorra o lo invierte. 
Es por ello que las propuestas para financiar programas sociales como la salud o la educación mediante IVA, generan aumentos en la brecha del poder adquisitivo entre ricos y pobres. Ello ya ocurrió durante el gobierno de Eduardo Frei con la reforma educacional de la época y el 2% del IVA, y siguió ahondándose en términos estructurales en los gobiernos de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet. 
El IVA constituye el 52 por ciento de la recaudación impositiva del fisco, mientras que el Impuesto a la Renta es poco menos del 26 por ciento según el SII. Tal relación, consolidada en la Reforma Tributaria de 2001, implica que a mayor ingreso se paga cada vez menos impuestos. 
El Estado chileno se financia fundamentalmente con impuestos al consumo, los que representan el 64 % del total de los impuestos cobrados si se suma el IVA más el 10% promedio de impuesto a los Productos Específicos. 
En esta perspectiva, es opinión de muchos expertos que son los pobres los que pagan el Estado y sus políticas, y sostienen además su bajo desarrollo, en una especie de pobreza autosustentada y circular. 
El Impuesto de Renta de primera categoría, que grava las ganancias de las empresas, tiene en Chile una tasa comparativa entre las más bajas del mundo. Solo 17%, mientras que en Japón es de 42%, Brasil 37%, España 35%, México y Argentina 35%, Perú 30%. Más aún, este impuesto opera además como un crédito tributario para los dueños de las empresas quienes, al momento de pagar su impuesto global complementario, lo descuentan de su declaración. 
A comienzos de los gobiernos de la Concertación se hizo una reforma tributaria que aumentó el IVA de 16 a 18% (de forma transitoria que luego se transformó en definitiva) y aumentó el impuesto de Primera Categoría de 10% a 15%. Fue en ese momento que también se cambió el pago de impuestos en la minería. 
Se modificaron tres artículos de la Ley de Impuesto a la Renta. El 17 para eximir el pago de Impuesto a la Renta a las ganancias obtenidas en la venta de pertenencias mineras (lo que operó como incentivo a su venta a extranjeros); el art. 34 que obligaba a las grandes mineras a tributar en renta presunta cambiándola por renta efectiva a base de ganancias declaradas; y se agregó un nuevo artículo 30 permitiendo contabilizar como gasto un intangible llamado Costo de Pertenencia que les permite aumentar artificialmente los costos. La pequeña minería siguió imponiendo con renta presunta entre 1 y 2% de sus ventas. 
Es en ese momento que se consolidó prácticamente un estado de exención tributaria a la gran minería del cobre, y dejar que volúmenes de ventas superiores a 60 o 70 mil millones de dólares a la actualidad no hayan tributado más de cuatro mil millones de dólares. 
A su vez, el impuesto al Comercio Exterior que beneficia a los exportadores ha caído en los últimos años en un 69,7% debido a los impactos de los tratados de libre comercio y otras rebajas. 
En contrapartida, según datos de la Cámara Chilena de la Construcción, el decil 1 de la población, es decir el 10% más pobre del país, recibe el 1,4% de todo el ingreso generado en un año por el país, mientras el decil 10, el más rico, recibe el 41,1% del Ingreso Nacional, es decir 29 veces más. 
Peor aún, el decil 1 paga en total el 14,4% de sus ingresos en impuestos, y el decil 2 paga el 16%, mientras que el decil más rico sólo paga el 11,8% de sus ingresos en impuestos. Es decir los deciles más pobres pagan como porcentaje de su ingreso un 22% más de impuestos que el decil más rico. 
En tales circunstancias, el debate sobre los impuestos para la reconstrucción es un desafío para el gobierno. Sobre si es capaz de seguir exigiéndole más a las víctimas, o transformar la ética bucanera de los grandes empresarios y el cómprame un peso para poner otro peso en una verdadera responsabilidad social, generando una carga pública equilibrada para que paguen los que efectivamente pueden pagar. Por ejemplo las grandes empresas mineras. 
 
En el caso de las telecomunicaciones ,hay mucha complacencia ,el sistema opera con importates deficits, y no tienen autonomia energetica. 
Curiosamente se invierte más en inmagen que conectividad real.Chile debiese tener un sistema de telecomunicacones esytrategico,sabiendo que esta expuesto  
a terremotos y otros infortunios.Por razones de seguridad nacional.

 
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