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Artículo correspondiente al número 260 (4 al 16 de septiembre de 2009)
Son rarísimos, de alto impacto y absolutamente predecibles, aunque nadie los detecte. Hablamos de eventos disruptivos capaces de cambiar dramáticamente la economía. Tras la crisis, la teoría de los cisnes negros creada por un corredor de bolsa neoyorquino se ha puesto de moda, obligando a revisar los esquemas clásicos de evaluación de riesgo. Por Elena Martínez.
La leyenda dice que en la Inglaterra del siglo XVII sólo se conocía la existencia de los cisnes blancos, aquellos hermosos ejemplares que todos hemos admirado alguna vez; pero bastó que en Australia fuera avistado un ejemplar totalmente negro para que la convicción de un tipo único se derrumbara.
La máxima entonces fue: puede haber innumerables cisnes blancos pero ello no basta para demostrar que sólo los hay de ese color. En cambio, basta uno negro para ratificar su existencia.
El concepto –que siempre ha existido, pero sin una marca registrada– fue recogido por un corredor de bolsa neoyorquino, hasta entonces desconocido: Nassim Taleb que, ante la crisis financiera, decidió revisar las evaluaciones de riesgo de las compañías a nivel mundial e incorporar esta nueva variable a la discusión. Su libro El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable batió records de ventas y la teoría se convirtió en un referente de los análisis especializados.
En la discusión todavía no sale humo blanco, porque no todos están convencidos de que sea conveniente incorporar en los planes empresariales la posible ocurrencia de eventos altamente improbables; pero Taleb –quien, dicho sea de paso, se hizo multimillonario apostando a los cisnes negros durante el lunes negro– es tajante: son inevitables y la historia lo demuestra.
Pero, ¿de qué hablamos cuando decimos que se está frente a un cisne negro? Al parecer, más allá de las características puntuales de tal o cual hecho, hay tres factores fundamentales que permiten identificarlos:
Uno, que un cisne negro es de bajísima ocurrencia, es decir, derechamente raro.
Dos, tiene un alto impacto. En otras palabras, estamos ante un evento disruptivo, de quiebre total y que supone una reformulación radical de lo existente.
Y, tres, ¡lo más paradójico de todo! siempre tienen una explicación lógica cuando se mira en retrospectiva. Para hacerlo más simple: siempre se pudieron predecir si se hubiese estado atento a las señales. “¿Cómo no nos dimos cuenta que esto podía suceder?”, es el típico comentario post cisne negro.
Diversos foros en Internet debaten en la actualidad, por ejemplo, si la crisis financiera es un cisne negro o si lo es la profundidad de la misma. Es más, ya algunos alertan que hay otro en latencia: la hiperinflación, que no debe ser minimizada porque, de ocurrir, traería dramáticas repercusiones en los precios de los commodities.
En Chile, el concepto todavía se trata tímidamente. Ha surgido en exposiciones especializadas de empresas y compañías de seguros. Asumirlo supone impulsar un cambio radical en los esquemas de administración de riesgo hasta ahora vigentes.
Ampliar el radar
Lo tradicional en evaluaciones de riesgo es agrupar estadísticamente lo que ha sucedido en el pasado y basar en ello la administración. La base es la repetición de lo ya registrado. Lo que Taleb plantea es que hay que meter los hechos imprevistos en el radar, porque ocurren y cuando llegan son devastadores. Como nadie los espera, suelen estallar en pleno rostro. Ahí recién se toma conciencia de su existencia.
Vamos a lo práctico: con la crisis subprime, por ejemplo, lo que despertó intensamente fue el tema de la falta de liquidez. Hasta entonces, a ésta la norma la consideraba infinita. Pero la caída de un banco de inversión clave destruyó todas las seguridades. El efecto fue rotundo. Hoy existen planes de contingencia frente a este evento antes impensado.
Los seguidores de Taleb plantean que efectivamente un cisne negro es extraordinario, pero que las probabilidades deben necesariamente identificarlo porque, al final del día, son estos hechos los que marcan el rumbo de las economías y los mercados. Son los casos relevantes que cambian la historia.
Algunos ejemplos... y partamos por los positivos: el descubrimiento de la penicilina y el computador personal. Negativos: el sida y el atentado de las torres gemelas en 2001.
A mayor abundamiento, ganarse el Kino también sería un cisne negro positivo, mientras que el davilazo, con la pérdida de unos 200 millones de dólares para Codelco por operaciones de cobre a futuro de Juan Pablo Dávila, se instala como uno negativo.
Certeza de lo incierto
Un argumento pro cisne negro es que las probabilidades tienden a dar una certeza de lo incierto y entonces se está ante una seguridad que es falsa. De ahí la conveniencia de que las compañías identifiquen sus posibles cisnes negros. De este modo se aminora al menos la ocurrencia.
Rodrigo Leiva, analista de riesgo de la consultora Ernst & Young, ha estudiado el tema e incorporado el concepto en algunas de sus asesorías. Para él, la utilidad de localizar estos hechos rarísimos es que las empresas y las personas dejen atrás el hábito de analizar todos sus riesgos sólo a partir de lo conocido y lo confortable, ideando todas las estrategias desde esa base. Modificar este esquema puede, en su perspectiva, “ayudar a las compañías a estar mejor preparadas”.
Una repercusión lógica tras un cisne negro puede ser la reinvención de una firma. Además, estas aves aceleran inevitablemente la evolución del mercado financiero, quiérase o no. Por lo menos, eso es lo que han hecho en los últimos años.
La irrupción de la teoría de Taleb ha traído como consecuencia la revisión de los esquemas vigentes, que siempre apuntaban a lo esperado. Todo análisis dejaba siempre fuera lo que tenía una baja probabilidad, independientemente de su eventual impacto.
Incorporar el punto, dicen algunos especialistas, supone que como empresa se defina con cuáles riesgos se está quedando, porque los seguros a todo evento son muy caros. No se trata de administrar a base de los cisnes negros, pero sí considerarlos como partes del escenario factible.
Si es una moda o no, el tiempo se encargará de aclararlo, pero lo cierto es que no son pocos los que intentan saber si algún cisne negro está camuflado entre los blancos. La invitación de Taleb es a aceptar que vivimos en un mundo que no comprendemos del todo y que tenemos la absurda pretensión de convertir el poco conocimiento que poseemos en herramientas eficientes para tomar decisiones. El camino para él es usar la ignorancia y pesquisar lo imprevisto para impedir sorpresas devastadoras.
Algunos plantean, en medio de las argumentaciones y contrargumentaciones surgidas, que la gran lección de la crisis financiera es que no hay que subestimar a los cisnes negros porque, tarde o temprano, aparecen.
| Los mandamientos de Taleb |
| Diez son las recomendaciones que el bolsista neoyorquino entrega en su libro para evitar cisnes negros en la economía y prevenir colapsos financieros. |
1. Lo que es frágil debe romperse cuando todavía es pequeño. Así, no produce mucho daño. La economía vivió el proceso contrario: se volvió compleja y extremadamente vulnerable. 2. No se deben socializar las pérdidas y privatizar los beneficios. Cualquier cosa que haya de ser rescatada tiene que ser nacionalizada. Lo contrario es surrealista. 3. No permitir que los que venían conduciendo un bus escolar con los ojos vendados sigan haciéndolo después de un choque. Tras el fiasco del sistema, el establishment económico –léase universidades, banqueros, reguladores, organizaciones de economistas, etc.– perdió su legitimidad y quedó incapacitado para aplicar una solución. 4. No permitir que alguien cuya remuneración considere un bono por resultados maneje una planta nuclear o los riesgos financieros de terceros. Lo más probable es que elimine cualquier atisbo de seguridad y ahorre hasta lo imposible para mostrar que hay beneficios y que es prudente con los gastos, hasta que… la cosa explote. Los bonos no incorporan los riesgos ocultos de las grandes quiebras. 5. Contraponer simplicidad a la complejidad. La globalización y la interconexión de los mercados financieros crearon un sistema muy complejo, que en definitiva es un apalancamiento de la economía. Los instrumentos financieros deben ser fáciles de comprender. 6. No hay que dar a los niños cartuchos de dinamita para que jueguen con ellos. Hay que prohibir los derivados financieros complejos: pocos los entienden. 7. Evitar a toda costa que los gobiernos tengan que restablecer la confianza. La economía debería ser inmune o indiferente a los rumores. 8. No dar más drogas a un adicto si tiene el síndrome de abstinencia. Conceder más crédito para curar los males de un exceso de crédito no es la solución. Lo que se necesita es rehabilitación. La crisis crediticia no es un problema temporal. Es estructural. 9. La gente no puede confiar su pensión a “expertos”. El mercado financiero no es lugar adecuado para guardar valor. Los ciudadanos no deberían depender para su jubilación de activos financieros o consejos potencialmente erróneos de especialistas. Los mercados no ofrecen las certezas que necesitan los ciudadanos normales. 10. Hacer la tortilla cuando el huevo esté roto. La crisis no puede arreglarse con “parches”. Deben utilizarse los pedazos para construir algo distinto y positivo; y rehacer el sistema antes de que se rehaga a sí mismo. O sea, convertir la deuda en capital; desechar las transacciones financieras excesivamente apalancadas; revisar los esquemas de compensación; y colocar a banqueros, a “gurúes” de escuelas de negocios y a economistas a hacer su trabajo. |