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Artículo correspondiente al número 228 (16 al 29 de mayo de 2008)
La crisis subprime no es la única ni la principal amenaza para el crecimiento mundial. Una explosiva combinación de factores ha generado una crisis alimentaria que tiene a los grandes países consumidores con las luces de alerta encendidas. Si buena parte del auge económico global se sustenta en los países asiáticos, entonces la falta de alimentos y el alza de precios se vuelven un riesgo mundial.
No cabe duda. Este año ha puesto a prueba los conocimientos de historia económica de los expertos mundiales. Primero fue la crisis de los mercados financieros, en un contexto de inflación en alza y desempleo creciente, que recordó la década de la estanflación en Estados Unidos. Ahora, ante el aumento global en los precios de los alimentos –75% desde sus mínimos de 2000 y 20% sólo en 2007–, asoma un fantasma más lejano: Thomas Malthus.
El economista inglés adquirió notoriedad en 1798 al plantear su teoría de que la población humana crece en progresión geométrica, mientras que los medios de subsistencia lo hacen en progresión aritmética, lo que implica que en algún momento los recursos serán insuficientes para la supervivencia.
¿Llegaremos a ese punto? La catástrofe maltusiana parece difícil de concebir en el mundo actual, con tecnologías de producción tan efi cientes como masivas... pero igual la crisis alimentaria tiene de cabeza a buena parte de los gobiernos; en particular, a los de naciones asiáticas (con grandes poblaciones y alto consumo per cápita de cereales, producto estrella en cuanto a alzas de precios mundiales).
La agencia de las Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentos (FAO) considera esta crisis como una amenaza para la estabilidad mundial. El presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, dijo la semana pasada en México que el déficit mundial de alimentos continuará hasta 2015, con los altos precios actuales de los granos, y descartó que se puedan recuperar los niveles de 2004. Zoellick consideró urgente que todos los países modifiquen sus políticas de producción de alimentos, con el fin de garantizar el suministro de los granos básicos a las poblaciones.
Países tan distintos como Venezuela y Rusia establecieron controles de precios sobre alimentos básicos a fines del año pasado. En Haití, Egipto y una treintena de países, las protestas causadas por el precio de los alimentos, ahora inaccesibles para muchas personas en el mundo en desarrollo, han provocado muertes y obligado a los gobiernos a tomar medidas de alivio temporal.

¿Cómo llegamos a esta situación? ¿Es posible que estamos hablando de seguridad alimentaria y hambrunas, ya bien entrado el siglo XXI y luego de años de crecimiento económico global sostenido?
Como siempre ocurre en el libre mercado, oferta y demanda explican el alza en los precios. Por el lado de los consumidores, la clave ha sido el fuerte crecimiento de los requerimientos desde los mercados emergentes, que a su vez se han visto impulsados por el aumento en los ingresos de esos países. Al mismo tiempo, se ha registrado una serie de inconvenientes en mercados productores claves, desde sequías hasta enfermedades, que han mermado la oferta.
Por lo general, precios desatados en los alimentos reflejan escasez causada por malas cosechas. Los inventarios se agotan a medida que todos comen lo que resta del año anterior. Este año, las cosechas fueron malas en lugares como Australia, donde la sequía disminuyó la producción de trigo por segundo año consecutivo. Y los inventarios de cereales, como porcentaje de la producción, están en mínimos récord.
Pero esa situación no es tan profunda ni mundial. Como resalta un análisis reciente de The Economist, lo más notable del actual brote de “agfl ación” es que los precios récord no se están registrando en momentos de escasez sino de abundan cia. Según cifras del International Grains Council, la cosecha total de cereales para la temporada 2007/08 será de unos 1.669 millones de toneladas, 94 millones de toneladas más que el año pasado y probablemente una de las mayores registradas. Que una cosecha abundante no sea suficiente para aliviar los precios deja en evidencia que algo pasa con la demanda de cereales.
Siempre se consideró que los requerimientos por cereales para consumo humano estaban atados al crecimiento de la población. El consumo de carne, menos necesaria para la supervivencia, va de la mano con la expansión económica, y el PIB global creció a tasas superiores al 4% anual por los cinco últimos años.
Los mayores ingresos en India y China han permitido a cientos de millones de personas acceder a la carne y a otros alimentos. En 1985, un consumidor chino promedio comía 20 kilos de carne al año y ahora come más de 50. Suponiendo que la demanda china esté por saciarse, hay otros que vienen detrás: en los países en desarrollo, en general, el consumo de cereales ha sido plano desde 1980, pero la demanda por carne se ha duplicado. Los agricultores ahora dan unos 200 a 250 millones de toneladas más de éstos a sus animales que hace 20 años. Ese puro incremento representa una parte significativa de la cosecha mundial de cereales: se necesitan tres kilos de cereales para producir un kilo de cerdo y ocho, para un kilo de vacuno. Pero el cambio en la dieta ha sido lento –un inexorable 1% a 2% anual desde 1980–, por lo que tampoco es suficiente para explicar las dramáticas variaciones de los precios en el último año.
Entonces, aparecen los biocombustibles; en particular, el etanol de maíz que se produce en Estados Unidos. En 2000, unos 15 millones de toneladas de maíz estadounidense se convertían en etanol y es probable que la cifra alcance las 85 millones de toneladas este año. Estados Unidos es lejos el mayor exportador de maíz del mundo, pero ahora usa más de su cosecha en la producción de etanol que lo que vende al extranjero. El etanol también tiene algo de responsabilidad por el alza en los precios de otros cultivos y alimentos. En parte, porque el maíz se usa para alimentar a los animales, ahora más caros. En parte, porque los agricultores estadounidenses decidieron sacar ventaja del auge de los biocombustibles y salieron a plantar maíz este año en tierras que antes se destinaban a otros cultivos. En 2007, la declinación en los inventarios –a raíz de un consumo superior a la producción– fue de unos 50 millones de toneladas; para 2008, se espera que sea de 12 millones.
| LAS CIFRAS DE LA CRISIS |
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