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Artículo correspondiente al número 243 (12 al 25 de diciembre de 2008)
Usted no lo diga
Identificados los dos mayores síntomas de nuestro “mal hablar” (falta de léxico y una mala pronunciación) queda averiguar las causas. La primera que aflora tiene su origen en la historia. Chile, a diferencia de esos polos de buena pronunciación y riqueza de palabras que son Perú y Colombia, nunca fue un virreinato. A nosotros sólo nos alcanzó para una capitanía general, algo que hasta el día de hoy nos pesa porque, salvo contadas excepciones, Chile fue básicamente una tierra de soldados y campesinos, un lugar donde las elites intelectuales españolas no se asomaron ni por si acaso, lo que nos condenó a un español más directo, tosco y con mucho menos sofisticación que los que se pueden encontrar en Lima y Bogotá.
Otra de las causas es la poca densidad cultural que existe en nuestra sociedad. “Si el profesor de castellano empieza la reunión de padres diciendo Papitos y mamitas, decirles que estamos muy contentos...; si las autoridades de gobierno hablan de la píldora del día después, en vez del día siguiente; y si un gerente no es capaz de estructurar en palabras un argumento simple sin mirar en todo momento su PowerPoint, ¿Qué se puede esperar?”, se queja con justa razón la editora de Ediciones B y columnista de Artes & Letras de El Mercurio, Andrea Palet.
Además, a todos esos factores hay que sumarle el apocamiento propio de nuestra sociedad. Castigamos socialmente a las personas que intenta hablar como corresponde: si uno habla bien, pronuncia las eses y se preocupa de ocupar un buen vocabulario, más que una felicitación, seguro que lo que va lograr es que lo tilden de siútico o estirado.
“No podemos introducir cambios fuertes en cómo hablamos porque si una persona empieza a leer muy marcadamente las eses finales hace el ridículo. Va pasar por una persona falsa, y además de medio pelo, tratando de ser lo que no es”, aclara José Samaniego.
Lo mismo opina Antonio Gil: “hay una especie de ironía permanente del bien hablar. Si tú te pones a ver quién habla bien, aparece como referente el Profesor Bandera que es un personaje patético, o Campusano. Hay una extraña relación entre el bien hablar y el ser relamido, rebuscado o falso”.
“La penalización por tratar de completar las frases, de dejar de aspirar algunas consonantes puede conducir al exilio social. Un ejemplo insólito: hasta hace no mucho en ciertos círculos hablar de “cine” era algo parecido al crimen. En su lugar, lo correcto era decir “teatro”, pronunciándolo de una manera que reemplazaba el diptongo “ea” por una “i” y la “tr” por un sonido arrastrado, entre anglosajón y mapuche. Cuando se trataba del arte de la representación dramática y no de la proyección de películas se DEBÍA decir “teatro-teatro”, si lo que se pretendía era ser mirado con respeto. La norma poco tiene que ver con el castellano castizo y bien articulado y más con la acción imitativa y evocadora de un pasado agrario y estamental. La lengua que usamos, nuestra incapacidad de armar oraciones de corrido con sujeto, predicado y sentido está secuestrada por nuestra propia historia de obediencia, miedo y castigo”, profundiza el autor del multi-ventas Siútico, Oscar Contardo.
El anti-idioma
Hasta aquí, las cosas no parecen muy auspiciosas, y hasta un poco ridículas. No sólo hablamos mal, sino que nos da verguenza hablar bien, pronunciar las eses y usar las palabras que corresponden. Entonces, ¿no sería mejor acaso sincerarse con el mundo?, ¿quizás cerrar las fronteras a los estudiantes que vienen a aprender el español?, ¿agregar un “se habla mal” en las campañas de difusión de la imagen país?
¿Es para tanto?
“Es cierto que nuestra pronunciación es pobre, pero también hay que asumir que los chilenos tenemos toda una fantasía en cuanto a que en Perú y Colombia se habla mejor que en Chile. Cuando los escuchamos hablar, nos quedamos sorprendidos por lo bien que articulan, por la forma en que pronuncian tanto todos los sonidos finales. Y sí, hablan distinto, pero hablan como quizás tenemos nosotros en la cabeza la idea de cómo
sería hablar mejor. Pero eso tiene que ver con una fantasía en el imaginario del chileno medio”, argumenta Samaniego.
Y quizás, todas nuestras limitaciones lingusticas en lo formal pueden terminar siendo una ventaja. No por nada Chile se jacta de ser un país de poetas.
“El chileno tiene un lenguaje económico, no hablamos mejor porque con esa flojera nos entendemos. Pero esa misma precariedad, esa disminución en el idioma, hace que muchas veces la poesía chilena sea brillante. La anti-poesía de Parra es la muerte prácticamente de cualquier clase de adorno. El chileno puede carecer de la retórica del peruano o de los niveles de diplomacia elegante del mexicano, pero mucha de nuestra poesía tiene una poda perfecta, ya que es carente de cualquier exceso retórico”, sostiene el crítico literario y autor del recién editado Cien libros chilenos, Alvaro Bisama.
Es buen punto, quizás estamos exagerando. Hablamos mal, pero no somos lo peor. O como me respondieron de la Academia de la Lengua Peruana cuando les consulté sobre el tema: “don Federico, no sea tan optimista con los peruanos y los colombianos ni tan pesimista con los chilenos. En todas partes se cuecen habas”.
Habrá que creerles.