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Es bueno ir asumiendo que los chilenos tenemos fama de hablar el peor castellano del mundo. Y que por Internet los norteamericanos se pasan el dato de no venir a Chile a aprender español porque después no les van a entender en ningún otro
lado. Y okey, quizás no pronunciamos como los peruanos y colombianos pero no hablamos tan pero tan, tan mal... ¿o sí? Por Federico Willoughby Olivos.
Hace poco, y con motivo del anuncio del retiro de Marcelo Salas del fútbol, el trasandino Marcelo Gallardo contó cómo habían sido los primeros días del “Matador” en River Plate. El mediocampista, además de alabar la calidad humana de Salas, contó la siguiente anécdota: “en un comienzo a Marcelo no se le entendía bien lo que hablaba, así que los compañeros de River me pedían que yo les tradujera sus palabras al castellano”. Lo curioso del asunto es que ese Salas, el de 1994, el que salió campeón con la U, nunca tuvo ese problema en Chile. Hasta donde uno recuerda, se paseó por decenas de programas de televisión, fue a varias radios y dio cientos de entrevistas y todos le entendimos perfecto.
Y aunque es cierto que el problema puntual que tuvo Salas al otro lado de la cordillera no tendría por qué definir si la calidad de nuestro idioma hablado es buena o mala, la verdad sea dicha; el relato de Gallardo confirma algo que los norteamericanos parecen saber hace mucho tiempo: que nuestro español es demasiado deficiente. No por nada, el 16 de septiembre de este año, en la página Web de Lonely Planet, un tipo contó que venía a Santiago por tres meses a estudiar español, y en vez de datos, recibió al menos cinco advertencias (de sus propios compatriotas) de que estaba cometiendo un tremendo error. “Yo no estudiaría jamás en Chile, el español de ese país tiene la peor pronunciación de todos los países hispano parlantes”; “sí, el peor español del continente”; “cortan las palabras a la mitad, usan demasiados modismos para hablar”; “el español que usan ya es difícil de entender para los argentinos o los peruanos, imagínate lo que debe ser para alguien que no sabe nada de castellano”. Esas fueron algunas de las respuestas... Para ser honestos, nadie en su sano juicio se atrevería a refutarlas.
Pero eso no es todo. Para más remate, en Internet está dando vueltas un chiste (bien malo) que dice: “¿conocen algún argentino humilde?, ¿un mexicano buen mozo?, ¿un colombiano honrado?, ¿un chileno bien hablado?”.
Entonces, si a Salas no le entienden los argentinos, si los americanos se recomiendan no venir a Chile y si además unos chistositos andan comparando nuestro manejo del idioma con la supuesta humildad del argentino, igual es como para pensar que quizás no hablamos tan bien...
¿Los peores del mundo?
José Luis Samaniego, decano de la facultad de Letras de la Universidad Católica, miembro y secretario de la Academia Chilena de la Lengua, es una de las personas que más sabe sobre el uso del idioma en Chile; y cuando le preguntamos si efectivamente hablábamos el peor español del mundo, fue enfático: “En Chile, como asimismo en todos los países, hay gente que habla muy bien, gente que habla regular y que gente que habla mal. Eso sí, tenemos dos características que son particularmente graves. La primera tiene que ver con la pobreza de nuestro léxico. Nos batimos con un número bastante reducido de términos y usamos unos pocos comodines para hablar. Todo es la cosa, el hueveo, la huevada. Y con esas muletillas evitamos decir el término que corresponde a aquello que queremos hacer referencia. La segunda característica es la pronunciación. No sólo no pronunciamos la “s” final, sino que en general articulamos las palabras de forma poco clara y nadie nos entiende”.
Y esa falta de articulación y léxico suele quedar en evidencia cuando nos escuchan en el extranjero. No por nada, después del estreno de la película Taxi para 3 en España, los ibéricos acuñaron el término “se entiende menos que a tres chilenos en un taxi”.
“Uno de nuestros grandes vicios es la dificultad que tenemos para terminar las conjugaciones verbales. Se han vuelto demasiado común los estai, los querí, los podí, los tení...” señala Haydée Correa, profesora de castellano, estudiosa de la lengua y autora del libro Dudas e incorrecciones de nuestro idioma.
Pero hay miradas positivas. El escritor Antonio Gil, si bien concuerda completamente con esa “pereza” para articular bien y decir las palabras correspondientes, sostiene que en ciertos sub-mundos nacionales hay lenguajes bastante ricos. “En el mundo de los delincuentes hay un lenguaje más lleno de significantes y más lleno de sentido que, por ejemplo, en el mundo de los jóvenes universitarios. Y es lógico. En esos mundos, tal como en el de los marinos o el de los pescadores, existe la necesidad de denominar con precisión, y con matices, las cosas, entre otras razones, porque hay que ser mucho más preciso en las instrucciones para robar una casa, o pilotear un avión, que para llegar a un asado”.