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Artículo correspondiente al número 281 (29 de julio al 15 de agosto de 2010)
Los prístinos paisajes de la más austral de nuestras regiones están hoy amenazados por el desarrollo de distintas actividades. La autoridad, en conjunto con las comunidades locales, empezó a trabajar en lo que será un ordenamiento territorial que busca salvaguardar la zona. En Magallanes está todo por pasar. Por Cristian Rivas Neira.
Qué duda cabe: la Región de Magallanes es una de las áreas geográficas más privilegiadas del país e incluso del planeta. Allí se mezclan paisajes únicos, como la pampa y los bosques patagónicos, con el frío mar austral y los milenarios hielos de cientos de glaciares coronados por la majestuosidad de Torres del Paine. Por eso, todos los ojos han visto desde siempre esa tierra como un lugar al que es necesario conservar. Más ahora, cuando la llegada de variadas actividades empresariales prende una señal de alerta y plantea un riesgo implícito sobre el futuro de la zona.
Ojo, que no decimos que el emprendimiento empresarial traiga per se un impacto negativo –ni los ecologistas más extremos hablan de una conservación al estilo fundamentalista–, sino que nos referimos más bien, a un trabajo cuidadoso, para que convivan armoniosamente el quehacer productivo y el entorno. En eso están trabajando con fuerza distintas organizaciones públicas y privadas, y en ello se sustentará el desarrollo de industrias relevantes como el turismo y las salmoneras, que ya se enfrentaron con fuerza –sin muy buenos resultados– en Los Lagos y Aysén, un poco más al norte.
Hablamos con distintas ONG que operan en Magallanes y lo primero que nos dicen es que hasta ahora la pega se está haciendo. A fines del año pasado se inició el proceso de zonificación del borde costero impulsado por el gobierno regional. En eso han estado distintas autoridades y, de hecho, la semana pasada hubo reuniones entre representantes de Conama y la intendencia, en conjunto con la Armada, en las que se avanza en definir un ordenamiento territorial.
Desde la comisión encargada del proceso cuentan que lo que se intenta es básicamente muy similar, un plano regulador en una ciudad determinada, definiendo espacios que serán de uso para los diferentes sectores, como pesca artesanal, acuicultura, minería o turismo. Claro que esto no implica que una industria no pueda convivir con otras. De lo que se trata es de que haya usos preferentes, para que una de ellas tenga prioridad y las otras no interfieran en su desarrollo. La idea básica es que se estipulen por escrito estos protocolos, de manera que cada emprendimiento sepa las reglas del juego desde el comienzo.
Junto con lograr una “vecindad ordenada”, cuestión en la que no se puso suficiente empeño en la experiencia de otras regiones, se busca también que haya parámetros sobre lo que se podrá o no realizar, con el objetivo de cautelar el impacto de las actividades productivas sobre el ambiente.
Salmones en la mira
La bióloga Bárbara Saavedra, directora de Wildlife Conservation Society (WCS), forma entre quienes prefieren ver la disyuntiva actual en la región como una oportunidad para hacer las cosas bien. Lo dice con categóricamente. Después de todo, ella y un grupo multidisciplinario que reúne a empresarios (de la talla de Eliodoro Matte y Pedro Ibáñez), científicos y representantes de Goldman Sachs marcaron la pauta en cuanto a conversación privada, al echar a andar hace algunos años una de las experiencias más elogiadas: Karukinka, en la parte sur de la isla de Tierra del Fuego.
Dice que aunque Magallanes tiene actualmente el 53% de su superficie bajo proedicion verde tección –tanto pública como privada–, de todos modos, es necesario poner atención en lo que pase con el resto, considerando que allí está uno de los reservorios de agua dulce más relevantes del planeta, junto a ser el único lugar en el hemisferio sur donde se extienden amplias extensiones de turberas; o sea, humedales que se caracterizan por ser grandes captadores de carbono. Especial mención hace de la urgencia de proteger las áreas marinas, con las cuales dice, el país tiene una deuda pendiente a lo largo de su territorio. Por eso, pone acento en lo que sucederá en el futuro con las concesiones salmoneras, que ven en esta zona una oportunidad para resarcir la baja que han experimentado en las regiones X y XI regiones a causa del virus ISA.
Se sabe de tres o cuatro compañías que a la fecha operan centros acuícolas en Magallanes; entre ellas, Acuinova (ex Pesca Chile) y Salmones Magallanes. Pero lo relevante es el número de empresas que miran con atención la perspectiva de instalarse en la zona, y que son casi todas las que operan más al norte. De acuerdo a datos del Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA), hay unas 1.600 solicitudes de nuevas concesiones salmoneras frente a la costa de Magallanes que están pendientes de aprobación, a la espera –precisamente– de lo que resuelva la zonificación.
Lo que los ambientalistas advierten es que abrir las aguas del sur a los centros salmoneros, simplemente, extenderá problemas como contaminación del agua, escapes de salmón y enfermedades. Por eso llaman a actuar con mucho cuidado.
Los otros focos

No hay que dejar de lado otras iniciativas que perturban por estos días la tranquilidad del viento patagónico. Inofensivos a primera vista, varios de esos emprendimientos pueden ser muy impactantes en el entorno, como el turismo. Saavedra dice que ha oído de proyectos turísticos que pedían, por ejemplo, autorización para introducir en la zona al ciervo rojo con fines de caza recreativa, siendo que allí ya se tienen experiencias más que negativas con la introducción de especies, como el castor, que han sido devastadores con los bosques milenarios (ver recuadro).
Otros llaman la atención sobre la vulnerabilidad de parques emblemáticos como Torres del Paine, donde hacen falta más personal y recursos para resguardar las más de 200 mil hectáreas que abarca. No hay que olvidar, por ejemplo, lo que ocurrió hace pocos años, cuando se incendió una parte importante del área protegida a causa del descuido de un turista europeo.
También se menciona como factor negativo la falta de senderos y caminos de uso público habilitados de manera formal. En esto se trabajó en conjunto con el MOP, y se reconoce un avance en los últimos años. Hay que recordar que en Tierra del Fuego el trayecto que une la isla hasta el extremo sur debe hacerse por lado argentino, pasando por Ushuaia.
Uno de los temas que más se discuten en estos días es el efecto que tendrá la extracción de carbón que llevan adelante los grupos Angelini y Von Appen a través de Minera Isla Riesco. El plan considera una inversión en torno a los 480 millones de dólares e incluye la explotación de reservas de mineral cercanas a las 240 millones de toneladas, reduciendo en un tercio la dependencia carbonífera de Chile. Aunque la compañía se ha esforzado en asegurar que operará con altos estándares ambientales, el proyecto ha levantado un fuerte rechazo en distintas comunidades de Magallanes.
Hace pocos días, de hecho, varias organizaciones ambientales emitieron una declaración conjunta en que advierten sobre el bajo impacto económico y los enormes costos ambientales del yacimiento, en el mediano plazo. De hecho, subrayan que a nivel nacional las emisiones de CO2 han aumentado exclusivamente por la generación eléctrica a partir de carbón, lo que se agravaría con el uso del mineral subbituminoso de Isla Riesco, de muy bajo poder calórico. Y como remate, advierten que el país estará obligado a reducir sus emisiones contaminantes en el mediano plazo y el paso a energías renovables será cada vez más acelerado, por lo que no se justifica el uso del carbón.
| ¡Castores al ataque! |
| Una cuota importante de incertidumbre también la pone la introducción de especies foráneas; entre éstas, ya lleva varios años causando estragos. Fue a mediados de los 50 cuando alguien tuvo la ingeniosa idea de traer varias parejas para desarrollar la peletería. Lo malo es que en la práctica esta especie creció muy aceleradamente al carecer de predadores naturales; su población hoy supera los 70 mil y los animales ya no sólo están en Tierra del Fuego, sino que se expandieron a través de las islas hacia el continente. Su efecto dañino en el ecosistema es observable a simple vista: bosques inundados por las represas que construyen, zonas de árboles milenarios destruidas por su acción taladora y distintos cambios en los microclimas, con áreas pantanosas que antes no existían. Lo que no pasa inadvertido son las distintas barreras con las que se ha intentado frenar su crecimiento (tienen una capacidad de dar a luz entre 4 y 6 crías por año). Primero se probó con el zorro gris que una vez instalado, decidió sacar de su menú al duro castor y optó por los tiernos huevos de aves que anidan en tierra. Luego vino el turno del visón, que se aficionó a las gallinas, y más tarde del hurón, que encontró más atractivas a las nutrias. Más allá de estos experimentos, los expertos diagnostican que se precisa un programa de erradicación definitivo, cuestión que por estos días se está madurando. |