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Artículo correspondiente al número 236 (5 al 16 de septiembre de 2008)
El pintor peruano radicado en Chile presenta una nueva exposición en la galería Patricia Ready: un conjunto de lienzos de gran tamaño que hablan de cataclismos y naufragios, una mezcla inusual de caos y elegancia. Por Marcelo Soto; fotos, Verónica Ortíz
Francisco Bustamante vive solo en una gran casa de Providencia. Son tres pisos de techos altos y grandes ventanales, en uno de los pocos barrios de verdad que quedan en Santiago.
El lugar, pese a que acaba de mudarse y aún hay maestros rondando, está decorado con un gusto exquisito, para nada recargado. En la primera planta está su taller: un amplio salón donde descansan enormes lienzos con visiones explosivas, inabarcables; desiertos que quedan después del desastre, restos de un naufragio personal. Un caos impecable.
Como dice el crítico de arte Justo Pastor Mellado, “las pinturas de Bustamante tienen una descreída elegancia; son un caso único en la escena local”. El académico se refiere a una cualidad difícil de definir en los cuadros de este artista peruano radicado en Chile, que exhibirá sus nuevos trabajos en la galería Patricia Ready desde la próxima semana.
Hay una armonía, un equilibrio en su obra, que en una primera mirada puede dar una idea equívoca de frialdad, de distancia. Sucede que, después de un rato de observar su trabajo, se advierten la oscuridad detrás de la luz, el desorden oculto en el aparente control.
Si vieron Apuntes del natural, el notable filme de Martin Scorsese incluido en Historias de Nueva York, recordarán popular ha creado en torno al artista contemporáneo: un tipo desaliñado, intenso, violento, irascible.
Bustamante poco tiene que ver con ese estereotipo. No obstante, lo han comparado muchas veces con el mismo Pollock, por lo monumental de sus cuadros, por el uso de manchas y capas de pinturas que se superponen hasta formar una textura alambicada. Al pintor, que me recibe en su taller una luminosa mañana de agosto, le hace gracia tal comentario: “es un honor, desde luego, pero no tango nada que ver”.
-¿Cómo llegaste a estos paisajes que parecen explosiones mentales o escombros de un desastre colosal?
-Son paisajes que de alguna manera están dentro de la naturaleza, pero cuya construcción es mental, surgida en el proceso interno del taller. Es un desorden que empieza como orden y se arma a partir de las luces y las sombras. Lo que resulta de ese proceso es que una persona al observar el cuadro puede intuir lo que hay detrás, que no necesariamente se ve. Pero algo hay.
1. El destete
Seguramente la parte más conocida del trabajo de Bustamante sean aquellas figuras arbóreas de grandes extensiones, donde el contraste del oro y el negro forma composiciones al mismo tiempo brillantes y oscuras. Así explica cómo llegó a estas imágenes, mientras bebe una cerveza en su taller: “empecé a trabajar el pan de oro hace unos diez años. Tal vez tiene que ver con que soy peruano y en Perú uno está muy expuesto a ver el dorado, en las iglesias, en el arte indígena. Fue una casualidad, pero con el oro descubrí un medio para iluminar mi trabajo, ya que estaba siempre dominado por el negro. Me di cuenta que el dorado se abrazaba muy bien con el negro y que de esa manera podía soltarme en mi oscuridad y en mi luminosidad. La figura del árbol, si me pongo a pensar, también tiene un origen en la niñez, en un árbol típico de Lima, bajo y ancho, con un pequeño tronco y ramajes que se esparcen hacia los lados, con un tipo de hoja muy finita, de modo que ves todo el entramado de ramas que se van afinando a medida que se van desperdigando”.
Conozco a Bustamante desde hace varios años y aunque es un tipo extremadamente amable y educado, siempre elegante, posee al mismo tiempo un lado oscuro, casi perverso, que aparece de forma latente en su obra. Basta revisar esas inquietantes cabezas humanas, parecidas a su propia silueta, pero recubiertas con fotografías de sexo explícito. Eran, por decir lo menos, perturbadoras.