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Luces y sombras de Francisco Bustamante

Artículo correspondiente al número 236 (5 al 16 de septiembre de 2008)



Bustamante, como dice Mellado, es un caso aislado en la plástica local. No se parece a nada ni tiene redes comunicantes con otros artistas. “Hoy los artistas contemporáneos están súper apoyados por la teoría; yo no tengo eso, lo mío es una reflexión bastante privada y personal. Mi trabajo es muy solitario. Y si esto cabe dentro de los contemporáneos o no, no me corresponde a mí decirlo”.

 

 

 

 

 

La nueva exposición, titulada Ejercicios de Luz y Sombra, surge luego de un bloqueo que sufrió el artista al terminar su anterior exhibición. “Tiene que ver con la necesidad de parar un momento hace 4 años y tratar de empezar algo nuevo, generar algo distinto. La base de mi trabajo es el pan de oro, y aún no estoy interesado en dejarlo. Pero me sentí abrumado con respecto a los comentarios de la gente, que siempre pedía cierto tipo de trabajo: las imágenes arbóreas y las líneas y los pastos. Esos cuadros gustaron mucho y fue muy positivo para mí, comercialmente. No me quejo, todo lo contrario, pero eso mismo generó el cuestionarse si lo que estaba haciendo realmente era mi proceso natural o ya me estaba dejando influenciar por lo que las personas querían. Ese conflicto duró un buen tiempo”.

Tratando de buscar nuevos aires, Bustamante viajó a Sudáfrica, donde estuvo siete meses. Pero el bloqueo continuaba. “Allí tuve un taller y pinté muy poco, fue súper seco en términos de trabajo creativo, fue terrible. Hay pocas sensaciones peores que estar trabajando y que no haya un resultado, y sentirte vacío, sin saber por dónde ir. Cuando volví Chile, en septiembre de 2006, comencé a pintar, a retomar la marcha. Buena parte de lo que voy a mostrar ahora es el resultado de esa crisis. Es algo que siempre me ha pasado, tengo temporadas importantes de sequía, de vacío creativo y es algo que no deja de asustarte. Pero esos mismo vacíos son cosas que están pasando dentro”.

Al mismo tiempo, esta nueva exposición representa una especie de adultez, de maduración en la carrera de Bustamante, cuyas anteriores muestras solían estar cargadas de una impronta familiar, muy íntima, casi impúdica. “En Yo madre, mi última exhibición, trabajé con fotos del matrimonio de mis padres; collages con pintura, pan de oro, aceites y barnices. Mi madre había muerto poco antes y pensé que sería un buen momento para mostrarlo. Algo parecido pasó en mi primera exposición, que se llamaba Sí, padre, en el Montecarmelo. Mi padre había fallecido hace dos meses. Había una influencia personal fuerte y de cierta forma no me podía destetar. Pero en este trabajo nuevo ya no hay esa carga, es una investigación libre del dolor, de la enfermedad, de la muerte”.

En algunos de sus cuadros se alcanza a percibir esta transición: laberintos negros que dan paso al color. “Siento que fue un proceso no muy agradable, con algo de rabia e insatisfacción, características que llevo muy dentro, hay un trabajo de color nuevo, pese a que el negro siempre es dominante. Me interesa meterme agresivamente
en el color”.

La forma de trabajo de Bustamante comienza con un fondo de pan de oro, o pan de plata: “a partir de eso, empiezo a trabajar algunos lienzos de manera horizontal, porque necesito manchar en el suelo. Trabajo no solamente con óleo, también con aceite, agua y se generan ciertas manchas que necesitan secarse horizontalmente. Después cuando levanto la tela, empiezo a componer, a ver lo que hay, por donde se puede armar, y buena parte de eso está en el color negro”.

Otra serie de su trabajo son lienzos cubiertos con resina, sobre una capa de pan de oro y óleo sobre tela. “La resina es como un baño de agua, brillante y mojado, que voy rayando con un tenedor, un cuchillo o un clavo. De ese modo se genera un espacio donde no hay una figura reconocible, pero a la vez pudiese haber miles. Es cosa de detenerse a observar, y ver qué es lo que se forma”.



2. Esplendor americano


Francisco Bustamante llegó a Chile en 1981, cuando tenía 8 años. Su padre, miembro de una familia de larga trayectoria política en su país, incluido un presidente de la República –abuelo del pintor–, fue designado como embajador de Perú en un difícil momento en las relaciones entre Santiago y Lima, tras los vientos de guerra de fines de los 70. Radicado en la capital chilena desde entonces, Bustamante me cuenta que varios de sus hermanos se han nacionalizado, pero él no ha podido. “Resulta que como viajo tanto, no cumplo el requisito de tener cinco años seguidos viviendo en Chile”.


-¿Tuviste problemas para adaptarte cuando llegaste a Santiago?

-No, ninguno. Mis compañeros me decían cholo, pero a mí no me molestaba. Hoy me siento chileno, aunque siempre voy a amar al Perú y siempre será mi patria. Pero mis hermanos y mis amigos –que son mi familia– están todos aquí y aquí voy a quedarme.

En la casa del pintor hay muchos objetos que hablan de su familia, de un pasado de esplendor: viejas fotografías, antiguos muebles, un comedor para veinte personas, figuras religiosas doradas… Los rastros de un mundo que ya no existe. Como explica la analista Francesca Lombardo en un ensayo sobre la obra de Bustamante, esta especie de arqueología también se observa en sus grandes telas, que “parecen frisos, restos de muros que sobrevivieron a cataclismos; señales o restos vetustos abismados por el tiempo… La maleza ha crecido entre las junturas y manchas de hongos reverdecen los dorados; a veces hilillos de sangre coagulada, oscura y venosa se niegan a partir”.

 

 



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