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Reportajes y Entrevistas
Los villanos de la crisis

Artículo correspondiente al número 249 (3 al 16 de abril de 2009)



“Chimerica” y la crisis
Por Gonzalo Islas



La teoría económica nos indica que en un mundo donde el capital es móvil los ahorros deberían ser canalizados hacia aquellos países donde el capital es relativamente más escaso; esto es, los países en desarrollo. Sin embargo, la evidencia empírica nos muestra que en los últimos 10 años se ha presentado el fenómeno opuesto: países emergentes han acumulado superávits en cuenta corriente equivalentes al 2,5% de su PIB, siendo EEUU el mayor receptor de dichos flujos.

¿Cuál es la causa de este fenómeno? Algunos identifican como el mayor responsable al gobierno chino, que en un esfuerzo para asegurar la competitividad de sus exportaciones, mantenía el valor de su moneda artificialmente bajo.

Otros autores señalan que tras la crisis asiática y la experiencia asociada a la rápida retirada de capitales extranjeros, los países en desarrollo comenzaron un proceso de acumulación de reservas como forma de protegerse frente a la volatilidad de los flujos de capital. Esta acumulación de reservas se canalizó especialmente a través de papeles del Tesoro de EEUU. De hecho, algunas estimaciones indican que el gobierno chino posee alrededor del 10% del total emitido de estos instrumentos.

Ya en marzo de 2005, Ben Bernanke,en ese momento poco conocido fuera de los círculos académicos, advirtió sobre las posibles consecuencias negativas del “savings glut”: el efecto de los altos niveles de ahorro de países emergentes (en particular, China) sobre las tasas de interés de largo plazo en EEUU. De esta forma, las altas de crecimiento y ahorro en China permitían financiar el exceso de consumo en EEUU. Esta situación es lo que el historiador Niall Ferguson ha denominado “Chimerica”.

Henry Paulson, ex secretario del Tesoro de EEUU, ha señalado que el efecto Chimerica sería el principal responsable de la actual crisis, sugiriendo que se pudo haber evitado imponiendo mayor presión al gobierno chino para que revaluara su moneda. Aunque persuasivo, este razonamiento no es completo, ya que omite que (1) se trata de un fenómeno común a un gran número de países emergentes y (2) no reconoce que el fondo del problema está asociado al funcionamiento del sector financiero dentro de EEUU. Ello implica que el gran desafío sea diseñar una arquitectura financiera que permita canalizar los flujos de ahorro internacional de una forma que minimice externalidades negativas.

El autor es académico de Escuela de Negocios UAI

 



La fiesta del gasto fiscal

Por Gabriel Sánchez-Zinny



El presidente Obama declaró el 14 de marzo de este año que “bajo cualquier medida, mi administración heredó un desastre fiscal”. Esta afirmación, más que otro lugar común en Washington para asignar culpas a responsables ajenos, aparece como totalmente cierta.

Bush terminó su mandato con un déficit fiscal superior al trillón de dólares, una recesión de 14 meses y un sistema financiero quebrado, que obligó a una mayor intervención del Estado y todo indica que a más regulaciones. Ya sea que se lo mire desde la perspectiva fiscal o de balanza comercial, la administración republicana dejó profundos déficits que contribuyeron a desencadenar la crisis económica. La deuda pública durante los años de Bush creció de 6 a 10 trillones de dólares, pasando de un superávit de 236 billones de dólares en 2000 a un déficit de 389 billones en 2008. Un presidente republicano, con mayoría de su partido en ambas cámaras del Congreso durante 6 años, terminó aumentando el gasto más que su antecesor demócrata, de 1,8 trillones en 2001, a 2,9 trillones en el 2008. Vaya paradoja para el partido de Ronald Reagan, que predicaba la reducción del gasto público y la predominancia de los mercados.

La otra paradoja se encuentra en la Reserva Federal, donde Alan Greenspan, declarado liberal, seguidor de Ayn Rand, autora de famosas novelas que se han convertido en la base del liberalismo en Estados Unidos, generó otra importante intervención del Estado, bajando las tasas de interés de 6,25% en 2001 a niveles de 1% y 2%, generando una sobre liquidez basada en el bajo precio del dinero.

Según Steve Forbes, editor de la revista Forbes y ex candidato a presidente, “la Reserva Federal es el primer culpable de esta crisis”. Aunque se deberían agregar otras razones, como las bajas tasas en todo el mundo y una explosión de créditos hipotecarios que no necesitaban garantía, así como extravagantes instrumentos financieros.

Las primeras medidas del presidente Obama están generando una mayor intervención del Estado y un aumento del gasto público que se acerca a niveles europeos, pero la oposición republicana tiene pocos argumentos para contraatacar luego de la fiesta de gasto gubernamental que ocurrió bajo su mandato.

El autor es corresponsal en Washington

 

 


El incentivo incorrecto
Por Fernando Lefort



La actual crisis financiera tomó por sorpresa a la gran mayoría de los inversionistas, analistas y expertos financieros. En retrospectiva, son muchas las razones que se esgrimen para explicar este fenómeno y muchos los culpables de esta crisis. Recientemente, la mirada se ha dirigido a las estructuras más emblemáticas del gobierno corporativo de las empresas norteamericanas. Las preguntas son varias. ¿Cómo es posible que los selectos grupos de profesionales de experiencia que componían los directorios de los grandes bancos de inversión no hubieran advertido la fragilidad de la posición que habían tomado sus firmas? ¿Cómo es posible que mientras los accionistas perdían prácticamente toda su inversión, los principales responsables de las decisiones tomadas en la empresa, sus ejecutivos, salieran caminando con cientos de millones de dólares en los bolsillos?

La respuesta es que el gobierno corporativo es un delicado equilibrio entre el ejercicio del poder, las estructuras de incentivos y las responsabilidades legales y éticas de quienes participan en la empresa.

Desde hace mucho tiempo, en las grandes compañías norteamericanas de propiedad difusa este equilibrio está desbalanceado a favor de los altos ejecutivos y ahora, tras la crisis, resurgen voces culpando a los directorios por no cumplir con su deber de cuidado y clamando por una mayor injerencia de los accionistas en las decisiones corporativas. Parece evidente que los directorios de Bear Sterns, Wachovia y American International Group, por nombrar algunos, no cumplieron adecuadamente su rol, entendiendo y administrando los riesgos que sus instituciones financieras estaban tomando. Además, en vista de los cuantiosos bonos obtenidos por los ejecutivos de Bear Sterns, Merrill Lynch y Citigroup, al parecer tampoco sabían que hay una relación directa entre el diseño de paquetes de compensación y toma de riesgos por parte de los ejecutivos. Es erdad que estos bancos de inversión están entre las empresas más complejas de administrar y supervisar, pero eso no es excusa para que sus directores no cumplan su función. Lamentablemente, en las grandes firmas norteamericanas los accionistas tienen pocas herramientas para enmendar la falta de dedicación del directorio o la estrategia de negocios de los ejecutivos.

Esta realidad en Estados Unidos hace inevitable la comparación con nuestras empresas, donde los accionistas participan activamente en la dirección y gestión. Si bien es cierto que la existencia de potenciales conflictos de interés entre accionistas controladores y minoritarios es un tema delicado que requiere de un buen gobierno corporativo para su manejo, también lo es que, como dice el dicho, “a la vista del dueño engorda el ganado”.

El autor es profesor Escuela de Administración, PUC. Secretario ejecutivo, Centro para el Gobierno de la Empresa




¿Cuestión de ciclos?

Por Rafael Bergoeing



A mediados del siglo XIX, Karl Marx acuñó el término crisis económica. Testigo y víctima de la primera gran crisis capitalista, el filósofo alemán desarrolló sus teorías para explicarla. Y es que la revolución industrial enterró la pasividad económica que caracterizó a los dieciocho siglos previos: desde la máquina a vapor y la globalización que la siguió, el producto per cápita real ha crecido más de 30 veces. Pero este crecimiento sostenido llegó acompañado de amplias y regulares fluctuaciones.

Algunos sostienen que la actual crisis era predecible y sería uno más de estos ciclos regulares. Pero esta no es una crisis cualquiera, según sugiere la profundidad de las caídas observadas. Más bien evoca lo ocurrido durante la Gran Depresión, a comienzos de los 30. Las lecciones de ese episodio son relevantes: las crisis son breves cuando el desplazamiento de producción e insumos entre empresas y sectores es flexible. Porque fueron, precisamente, las regulaciones laborales que implementó el presidente Roosevelt en 1933 (el New Deal), dirigidas a proteger a los trabajadores, las que acabaron generando un elevado y persistente desempleo en EEUU y retardaron la recuperación. Hoy, afortunadamente, la economía estadounidense se destaca por lo contrario: rápida para permitir la salida de trabajadores desde las empresas que fracasan, pero también para recontratarlos en las empresas exitosas.

En Chile, la situación es de dulce y de agraz. Nuestro ahorro neto agregado –majadera y correctamente destacado por el ministro de Hacienda– limitará el aumento de las tasas de interés. Así, el impacto inicial en la actividad será menor que en crisis anteriores; lamentablemente, la rigidez de nuestro mercado laboral y las deficiencias de nuestra ley de quiebras prolongarán el estancamiento. La crisis asiática lo demostró, y las últimas cifras de actividad sugieren que, nuevamente, así será.

Universidad de Chile y Banchile Inversiones

 



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