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Reportajes y Entrevistas
Los nuevos cronistas: Singulares e insolentes, observadores y

Artículo correspondiente al número 197 (26 de ene al 25 de feb 2007)

Algo está pasando en la literatura chilena. Algunos de los mejores libros publicados en el último tiempo no son novelas ni cuentos ni ensayos, sino crónicas. Quizá no figuren masivamente en las listas de más vendidos, pero estos títulos están dando que hablar, motivando polémicas, moviendo el ambiente. Una década después del auge y temprano declive de la “nueva narrativa chilena”, pareciera que las señales van en otro sentido, hacia la no-ficción.

Meses atrás, en la Revista de Libros de El Mercurio, Alberto Fuguet confesaba que “cada vez me atraen más aquellos libros donde no se miente (o se miente poco o se altera muy poco la verdad)”, mientras el crítico Alvaro Bisama le daba la razón al afirmar que “la ficción, desde hace algún tiempo carece del riesgo y del vértigo que la no-ficción puede entregar, aquella sensación de dejarlo todo en la página, carne y sangre incluidas”.

No son casos aislados. Brillantes autores actuales, como J.M. Coetzee, Orhan Pamuk o el fallecido W.G. Sebald, proponen un cruce de novela y crónica en varios de sus libros. Y en Chile sucede algo parecido. Basta revisar La ola muerta, de Germán Marín, una antinovela que mezcla autobiografía, ensayo, comentario y ficción, o volver a leer a Roberto Bolaño, que era un tremendo cronista –ahí está Entre paréntesis para quien tenga dudas– y no por casualidad en su obra maestra, 2666, incluye una larga enumeración de crímenes, que no es otra cosa que una crónica sin fin, una especie de Informe Rettig en clave literaria.

¿Quiere decir esto que la novela está agotada? Para nada. Los mismos autores citados son ejemplo de que el género mayor no está muerto por más certificados de defunción que se le extiendan. Pero lo cierto es que la crónica está experimentando un tiempo de auge y negarlo sería difícil. Pocas veces se han publicado tantos libros de crónicas en tan poco tiempo y hay casos tan exitosos como el de Pedro Lemebel, un raro ejemplo de autor popular que al mismo tiempo es objeto de culto en universidades norteamericanas.

Buscando una explicación a esta tendencia, podría usarse la tesis de Julio Ramos, académico de la Universidad de California-Berkeley, para quien la crónica, considerada tradicionalmente una forma literaria menor o “débil”, posee sin embargo una capacidad insuperable para dar cuenta de las sociedades en vías de modernización, especialmente cuando se produce un cambio de siglo.

En tiempos en que la tecnología muta cada segundo, un género rápido, inquieto y fragmentario como la crónica tiene indudables ventajas frente a la novela, que se mueve más lento y aspira a verdades no perecibles. Ambas formas no son excluyentes y, tal como diría Rafael Gumucio, “cada fracaso en la gran batalla de la novela me ha servido de campo de experimentación para emprender la guerrilla de la crónica”. Aquí presentamos a cinco autores, cinco libros, cinco miradas. Tomen asiento, pónganse cómodos.

Alberto Fuguet (1964)

Turista, no viajero

Sin exagerar, uno de los textos más notables que ha producido la literatura chilena reciente se llama Perdido (Missing) y viene al final de Páginas autistas, el nuevo libro de Alberto Fuguet. Se trata de una crónica sobre Carlos, tío del autor, quien en 1984 “se esfumó de la faz de la tierra… Simplemente dejó de llamar por teléfono y las cartas comenzaron a ser devueltas”. El escritor va tras los pasos de este pariente enigmático y de paso ajusta cuentas con su familia. Leer esta crónica es como un viaje al final de la noche de un padre y sus hijos en el que nadie queda muy bien parado.

Es probable que Páginas autistas sea lo más parecido a las memorias de Fuguet. Es la historia de cómo un crítico de cine se convierte en cineasta y todo lo bueno y lo malo que significa pasar del asiento a la pantalla (un proceso inverso, en cierta forma, al del protagonista de La rosa púrpura del Cairo, de Woody Allen, uno de los héroes de Fuguet). Es también la historia de un turista ejemplar, alguien que detesta la apología del viajero sin fecha de regreso, al estilo de Paul Bowles. Por lo mismo aparecen muchas ciudades, pero sobre todo aeropuertos y hoteles. Y librerías. Y salas de cine. Buscando un paralelo, la sensación que dejan estas crónicas es la de estar en tránsito, como en la cinta Perdidos en Tokio, en una zona a mitad de camino, cerca de ninguna parte, a trasmano, después de hora. Quién sabe cuál será el destino –el próximo libro o la nueva película– que nos depare Fuguet, pero desde ya esta colección abre el apetito por conocerlo.

-En Perdido eres muy duro con tu abuelo. ¿Cuáles fueron los costos familiares para escribir una crónica tan íntima y por qué la colocaste al final de tu libro?

-Está al final porque creo que da para otro libro. Está ahí la semilla. Con mi abuelo no soy más duro de lo que él fue con la gente. En todo caso, a los narcisistas les gusta que se hable de ellos. Termino rescatándolo del olvido de todos aquellos que quieren olvidarlo. No sé cómo la escribí. Tampoco me di cuenta. Si hubiera tenido mucha conciencia quizás no la escribo. Y de verdad no creo que sea tan íntima. Me parece que ver ducharse a la Geisha es íntimo. E innecesario. Hay cosas que uno no desea ver y otras que sí. En la medida que una historia puede ser colectiva, de todos, que resuene en los demás y no sea solo un acto de exhibicionismo, deja de ser algo “íntimo”. No me interesan los diarios de vida ni tengo uno. Lo personal solo vale la pena narrarlo cuando deja de serlo. Y esta historia me pareció que no era tanto mía o de mi familia sino extremadamente chilena y, a la vez, extremadamente norteamericana. Soy de los que creo que la inmigración es un arma de doble filo. ¿Costos? Ninguno. Al revés, beneficios. Una familia se beneficia cuando se airean cosas, cuando algo deja de ser un secreto y se transforma en una historia.

-¿Por qué llamas “autistas” a estos apuntes?

-Bueno, es una gran palabra. Todo artista que me interesa es algo autista, y nada, yo también lo soy y voy a luchar por tratar que mi nueva sociabilidad no se descontrole. Antes me daba lata ser autista; hoy me daría escozor no serlo.

-La crónica es un género urbano casi por definición. ¿Qué te pasa, en ese sentido, con Santiago? ¿Lo amas o lo odias?

-Lo amo. Quizás amar sea algo exagerado. O no. Pero me gusta, me es grata, es mi ciudad, mi territorio narrativo, la prefiero antes que todas las demás. Es la ciudad a la que vuelvo. Yo creo que Santiago ha sido más construida que escrita y ha sido muy mal filmada. Me siento hijo honorario de este sitio.



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