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Artículo correspondiente al número 197 (26 de ene al 25 de feb 2007)
Roberto Merino (1961)
El columnista accidental
Probablemente Roberto Merino sea el representante más fino e inspirado de la crónica chilena actual, aun si su método de trabajo es totalmente improvisado. En noches o madrugadas de insomnio, Merino se coloca frente a la pantalla en blanco y espera a que llegue el tema, como si se tratara de una melodía de jazz o de un verso espontáneo. Aunque, claro, Merino odia el jazz y no simpatiza demasiado con el surrealismo.
Ahora está escribiendo una novela –de la que no puede adelantar ni el título ni la trama ni los personajes, pues “no tengo idea de nada”–, mientras sigue publicando sus crónicas de domingo en Las Ultimas Noticias, las que pueden hablar de cualquier cosa, uniendo cabos sueltos, impensados; desde el aire cosmopolita de los viña-marinos, a propósito del Festival de la Quinta Vergara, al derecho a no asistir a los asados o cumpleaños de los amigos, como remedio a la obsesión por opinar que afecta a medio mundo. Merino traza líneas invisibles entre temas aparentemente ajenos y tiene un humor que es una joya escasa en la prensa nacional.
-Estudiaste literatura, eres poeta y has sido reportero de fútbol… ¿Cómo llegaste a la crónica? ¿Qué te atrae de ella?
-En la crónica hay arbitrariedad, mirada, hay contradicción, hay un estado de ánimo que lo tiñe todo. La poesía es muy lenta, me demoro mucho, en contraste con la inmediatez de la crónica, donde todo se resuelve rápidamente. El 87 Andrés Braithwaite, editor de Apsi, me pidió un artículo sobre un restaurant san-tiaguino que estuvo de moda en los años 80. Si no fuera por eso, nunca habría llegado a escribir una crónica semanal como lo hago ahora.
-¿Te sientes parte de una tradición de cronistas como Joaquín Edwards Bello?
-En mi casa se hablaba de Edwards Bello, porque tenía un vínculo con mi abuelo. Y entró en mi cabeza el día que se mató, porque hubo conmoción en la casa cuando se supo la noticia. A los 13 años mi papá me indujo a leerlo. Yo leía en ese tiempo a Daniel de la Vega. Mi papá me dijo “no, esto es mucho mejor, por las frases rápidas, el estilo, los cambios de tema, el uso del francés”. Lo empecé a leer por cercanía familiar. Personalmente tampoco me imaginé terminar haciendo lo mismo que Edwards Bello, publicar una crónica semanal, fue bien azaroso. Pero me cuesta delinear una tradición de la crónica, aunque me gustan Ruiz Tagle, Calderón, Cristián Huneeus, Carlos León.
-Y piensas que hay vasos comunicantes con cronistas actuales como Lemebel o Fuguet?
-De Lemebel me siento muy lejano, no me interesan sus temas ni su escritura, pero con Fuguet alcanzo a vislumbrar intersecciones. Tal como veo bien desmembrada la tradición, veo desmembrada la crónica actual, sin embargo rescato a Juan Manuel Vial o Antonio Gil. No he logrado sentirme parte de ninguna generación.
-Algo que suele aparecer en tus crónicas es el humor…
-Sí, depende de los estados de ánimo. Pero más que humor, me interesa el absurdo. Prefiero eso a tocar notas patéticas o sentimentales.
-Un poco en contraposición al latero, del que hablaba Edwards Bello.
-Claro, el tipo que manda cartas a las diarios es un latero clásico. Yo en cierta forma soy el anti escritor de cartas a los diarios, porque el gallo que hace eso no entiende la ironía. Aun en los momentos más desalentadores de la existencia, el humor aparece: uno puede estar agonizando y bromear.