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Artículo correspondiente al número 268 (24 de diciembre de 2009 al 28 de enero de 2010)
El terror a ser pobres
Este, un miedo moderno, es especialmente agudo en sociedades que comienzan a escapar de la pobreza. Como Chile. Por Andrés Benítez.
Patrick Bateman está tirado en la cama junto a su novia Evelyn, se afloja su corbata Armani, y le pregunta:
-¿Por qué no echaste a Price?
-Dios mío, Patrick –dice ella con los ojos cerrados–. ¿Qué pasa con Price? –Y dice esto de un modo que me hace pensar que se ha acostado con él.
-Es rico –digo yo.
-Todo el mundo es rico –dice ella concentrada en la pantalla de televisión.
-Y es guapo –le digo.
-Todo el mundo es guapo, Patrick –dice ella, ausente.
-Tiene un cuerpo estupendo –digo.
-Ahora todo el mundo tiene un cuerpo estupendo –dice ella.
Bateman –27 años, MBA de Harvard– es el típico yuppie de Wall Street, un mundo donde todos son ricos, guapos y tienen un cuerpo estupendo. “Soy creativo, soy joven, no tengo escrúpulos, estoy motivado a tope, soy ingenioso a tope. En esencia, la sociedad no puede permitirse el lujo de prescindir de mí. Soy una buena inversión”, es su frase favorita.
Y de hecho la sociedad lo premia con grandes sumas de dinero, lo que le permite llevar una vida en extremo lujosa, pese a su corta edad. Así las cosas, sus obsesiones son simples: la ropa, el gimnasio y las mujeres. Un mundo aparentemente feliz. Aparentemente, porque Bateman odia su trabajo, odia Nueva York, odia la sociedad. Odia su vida. Y entonces, aparece el otro lado del personaje, que se dedica a matar y mutilar mendigos, amigos, chicas. El personaje de terror.
American psycho es, de alguna manera, la novela que representa el lado oscuro de La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe. Acá, su autor, Bret Easton Ellis, fue mucho más lejos que otros escritores, quienes se conforman con presentar a los yuppies como sujetos con una ambición sin límites, dispuestos a quebrar la ley de valores –como Gordon Gekko en Wall Street. Ellis, directamente, crea un asesino en serie, que es al mismo tiempo un exitoso yuppie. “Hoy tengo puesto un traje de tres botones de Ermenegildo Zegna, una camisa de algodón con puños franceses de Ike Behard, una corbata de seda de Ralph Lauren y zapatos de cuero Frantetti Rossetti. Hoy no tengo ganas de trabajar. Tengo ganas de matar”, relata un pasaje típico del libro.
De todos los miedos que refleja Patrick Bateman, el que más lo desespera es el terror a ser pobre. Por ello odia los indigentes, la suciedad o cualquier cosa que tenga olor a pobreza. “Odio quejarme, de verdad que lo odio, de la basura, los desperdicios, de lo sucia que está la ciudad, que tú sabes y yo sé, es una pocilga llena de vagabundos sin casa”, repite una y otra vez. Y por ello, se refugia en todo lo que signifique consumir. Sus grandes obsesiones son cómo conseguir una buena mesa en el restaurante de moda, tener una tarjeta de visita más elegante que la de un amigo, o si el cinturón debe ser del mismo color que los zapatos. Claro, como todo ello le resulta muy superfluo, de cuando en cuando se dedica a matar.
El terror a ser pobres es un miedo moderno, y es especialmente agudo en aquellas sociedades que precisamente están escapando de la pobreza. Como Chile. Nuestro país, que recién comienza a asomarse, a sentir el olor, el gustito que se saborea cuando se es rico, tiene una alta propensión al pánico cuando algo nos recuerda que, en el fondo, seguimos siendo pobres.
La reciente crisis es un ejemplo de ello. Nos asustamos, entre otras cosas, porque de un momento a otro, nos percatamos de que ya no podemos mantener los “Cayenne”, ni darnos el gustito con ese traje Polo Black Label que, claro, es caro, pero yo me lo merezco. El mundo se comienza a derrumbar, los bancos ya no son tan amistosos con las líneas de sobregiro que en parte financiaron nuestras “seguras” apuestas bursátiles. Y entonces todo se desmorona, viene la angustia.
En el medio de todo esto, nos tratan de culpables. Fuimos nosotros –la mejor inversión de la sociedad– los villanos. Los que especulamos, los responsables del derrumbe, porque claro, nadie se acuerda de los buenos tiempos. Y nos dicen que esos tiempos nunca volverán. Olvídense de los bonos, de las opciones de acciones. Ahora vienen la seriedad y la regulación. Al comienzo nos quedamos atónitos, pero luego, muy luego, el pánico se acaba y pasamos a un estado casi autista. Sabemos que no es verdad. Que más temprano que tarde todo volverá a ser como antes, porque nos necesitan, porque sin nosotros siempre serán pobres. Por ello, nada cambiará. Patrick Bateman está alterado. El taxista lo amenaza con una pistola mientras se apodera de su billetera y ahora quiere sus anteojos, unos Prada que acaba de comprar.
-Los anteojos, dámelos inmediatamente –gruñe él.
-Es usted un hombre muerto –le digo con una sonrisa torcida.
-Eres un yuppie de mierda –dice.
-Y usted es hombre muerto –repito sin bromear–. Cuente con ello.
-¿Sí? Y tú eres un yuppie de mierda. ¿Qué es peor?
-... Peor es ser pobre.