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Artículo correspondiente al número 268 (24 de diciembre de 2009 al 28 de enero de 2010)
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Miedo y populismo
El miedo detiene los procesos de cambio que exige el progreso. Como tal, sirve como arma clave para el control de los gobiernos populistas sobre la población. Pero la seguridad y la confianza no dependen de un Estado mas grande, sino de mecanismos como el seguro de desempleo y el impuesto negativo al ingreso. Por Sebastián Edwards
El 4 de marzo de 1933 Franklin Delano Roosevelt fue investido como el trigésimo segundo presidente de los Estados Unidos. Después de una campaña larga y amarga, el ex gobernador del Estado de Nueva York había derrotado al presidente Herbert Hoover, quien buscaba un segundo término en la presidencia.
En el momento en que FDR –como Roosevelt era conocido por todo el mundo– llegó a la primera magistratura, el país se encontraba sumido en la peor crisis económica de su historia: la Gran Depresión. Tan sólo durante 1932 habían quebrado más de 5 mil bancos. Durante más de tres años la tasa de desempleo se había empinado por encima del 25%. Además, el país estaba sumido en una deflación en la que los precios caían en un espiral imparable.
![]() Franklin Delano Roosevelt inició su discurso con las palabras más importantes y famosas de su larga presidencia: “De lo único que tenemos que tener miedo es del miedo propiamente tal”. El desafío no era menor: enfrentaba ni más ni menos que la Gran Depresión.
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En su discurso inaugural, FDR decidió hablarle al pueblo estadounidense con la verdad. Decirle que si bien la situación era muy seria, no era desesperada, y señalarle que la solución a los problemas del país requería de políticas claras y activas. Para que ellas funcionaran, explicó, los ciudadanos debían tener confianza en sus líderes democráticos. Lo más importante, dijo, era no tener miedo. No actuar en forma defensiva e improvisada por el temor que generaba la situación económica.
En el primer párrafo de ese discurso, FDR pronunció las palabras más importantes y famosas de su larga presidencia: “de lo único que tenemos que tener miedo es del miedo propiamente tal”, dijo.
Agregó que había que desterrar de los corazones “ese terror innombrable, irracional, e injustificado que paraliza los esfuerzos requeridos para transformar a los retrocesos en avances.”
El pueblo escuchó a su nuevo presidente y expulsó el miedo de sus corazones. Esta renovada confianza, sumada a una batería de políticas audaces y profundas –durante la primera semana de su presidencia FDR cerró 10 mil bancos que se encontraban en estado de insolvencia–, ayudaron a los Estados Unidos a salir de la pesadilla económica en la que se había sumido en 1929, cuando la bolsa de Nueva York se desplomó como pájaro herido (el discurso se puede leer y escuchar en el sitio web: http://historymatters.gmu.edu/d/5057/).
CAPITALISMO INNOVADOR Y MIEDO
El economista austriaco Joseph Schumpeter fue quien mejor describió el motor del capitalismo moderno e innovador.
Dijo que para que la productividad aumente y la búsqueda por la eficiencia se transforme en el motor del progreso, es necesario que nuevas técnicas y procedimientos reemplacen a las antiguas maneras de hacer las cosas.
El problema, claro, es que este proceso nunca es suave, gradual o amable. Al contrario, es abrupto y destructor. Quienes laboran en las industrias que son desplazadas por las nuevas tecnologías pierden sus trabajos y sus fuentes de ingreso. Al mismo tiempo, nuevos empleos surgen en los sectores más modernos y competitivos. Pero esto, evidentemente, no es un consuelo para los afectados negativamente por los avances de la historia.
Schumpeter describió este sistema, basado en la innovación y la eficiencia, como uno de “creación destructiva”. Su propio nombre indica que es un proceso que genera miedo: nadie queda indiferente frente a la destrucción –por más creativa que ésta sea–, o a la desaparición de empleos y comunidades completas.
La descripción que Schumpeter hace del capitalismo innovador, captura en forma vívida el hecho de que este es un sistema que genera, por sus mecanismos intrínsicos y fundamentales, una cierta dosis de temor. Miedo a lo nuevo, a lo que vendrá; miedo al progreso y a la tecnología.
POPULISMO Y MIEDO
El problema, claro, no es que el capitalismo moderno e innovador genere miedo. Después de todo –y como FDR entendió tan bien en 1933– hay maneras efectivas de combatirlo. El problema es que hay políticos –casi siempre con inclinaciones populistas– que tratan de aprovecharse de este sentimiento humano y natural. Que intentan usar el miedo para alcanzar victorias fáciles.
Estas tácticas populistas son casi siempre utilizadas en momentos económicos difíciles. En medio de una crisis o de una recesión, cuando el desempleo aumenta o los ingresos caen.
Los populistas explotan el miedo a lo desconocido y a lo nuevo. Rechazan a los extranjeros, a los que culpan de los tiempos difíciles. A veces se demoniza a las empresas foráneas –la táctica favorita de los Kirchner en Argentina–; mientras que otras, los ataque se centran en los inmigrantes pobres y de bajos ingresos –un fenómeno conocido en los EE.UU., donde los sentimientos anti inmigrantes hispanos han crecido durante los últimos dos años.
Se culpa a los bancos por la escasez de créditos baratos y se acusa a las empresas privadas de codicia y falta de corazón. Se critica a lo nuevo y a lo diferente. Los “otros” son usados para alimentar ese miedo irracional y paralizante del que hablaba FDR en 1933.
Aparecen figuras anti-globalización que fomentan la aprehensión y la destrucción, y que exaltan el nacionalismo. La imagen del bigotudo activista francés José Bové, quien embistió con violencia contra de la cadena de hamburguesas McDonald’s, se me viene a la mente.
Explotar políticamente el miedo es una actitud baja y desesperada. Una actitud reprochable que, si bien es común entre los populistas –recordemos cómo Hugo Chávez explota el miedo de una supuesta invasión de los Estados Unidos–, también ha sido usada a través de la historia por políticos conservadores que intentan detener las fuerzas del progresismo (la historia, de hecho, está repleta de “campañas del terror” desatadas por los conservadores).
Pero recurrir al miedo y al terror como arma política no siempre genera resultados. Hay veces en las que el electorado es lo suficientemente maduro, y no se impresiona con triqueñuelas fáciles. De hecho, hay ocasiones en las que la utilización del miedo con fines electorales es tan burda que los electores terminan rechazando a quienes lo propugnan.
Esto fue, precisamente, lo que sucedió en la campaña presidencial de hace unas semanas. Los estrategas del senador Eduardo Frei apostaron por el miedo. Creyeron que en estos tiempos difíciles el electorado se paralizaría y compraría la idea de que la mejor manera de combatir las dislocaciones que genera el capitalismo es a través de “más Estado”. Pensaron que, consumidos por el temor, los votantes rechazarían las políticas de la modernidad, la competencia, la innovación y la apertura internacional. Pero eso no fue todo. Los partidos de la coalición gobernante fueron aún más lejos, y plantearon que en tiempos difíciles, en tiempos de miedo y temor, los electores debían olvidarse de la democracia interna para salvarse. En tiempos difíciles, dijeron, ustedes los votantes no saben razonar ni elegir; no saben lo que es bueno, ni los que les conviene. En tiempos de crisis somos nosotros los que tenemos las ideas preclaras, los que sabemos qué deben hacer y elegir ustedes. En tiempos difíciles no les permitiremos opinar, ni elegir a su candidato, ni participar en primarias, ni decir si prefieren a este o a aquel individuo como el representante del progresismo.
En suma, como en el famoso poema En tiempos difíciles del cubano Heberto Padilla, los barones de la Concertación les pidieron a los electores que, en vista de la crisis y de los tiempos difíciles, entregaran sus manos, sus ojos y sus lenguas.
Y fue así como, en una actitud autoritaria y oscura, le negaron a Marco Enríquez-Ominami competir internamente. Usaron el miedo para justificar su autoritarismo y su actitud anti democrática. Utilizaron el miedo para pasar una aplanadora y ungir un candidato a dedo, sin directa participación ciudadana.
Pero al final, fue una estrategia estéril. Una estrategia que, en vez de dar dividendos, generó una de los fracasos electorales más sonados en la historia política chilena. No cabe duda de que si el senador Frei quiere ganar en la segunda vuelta –lo que supongo es así–, debe abandonar la estrategia del miedo y del terror. Dejar de lado la nostalgia oscurantista y reemplazarla por el optimismo y la esperanza. Debe abrazar las ideas de la modernidad y la tecnología, la globalización y las eficiencias, la sociedad innovadora y próspera.
¿COMO COMBATIR LOS MIEDOS?: ESE ES EL DESAFIO
En una sociedad moderna y competitiva, el gran desafío es diseñar mecanismos que permitan reducir los miedos de la población. Mecanismos que, sin entorpecer el proceso innovativo descrito por Schumpeter, permitan a la ciudadanía vivir con tranquilidad y confianza. Es necesario implementar políticas que aseguren que siempre habrá una mano amiga para ayudar al necesitado, para levantar al caído.
Estas políticas deben ser inteligentes y efectivas. Deben cuidar de no generar incentivos perversos, ni crear burocracias costosas que se incrustan en la sociedad como parásitos y terminan trabajando para ellas mismas, en vez de hacerlo para la población como un todo.
Estas soluciones no requieren de un Estado grande –es por esto que el planteamiento del senador Frei de “más Estado” es incorrecto. Lo que se necesita es un Estado limitado, pero fuerte. Un Estado que haga pocas cosas –manejar los miedos justificados es una de ellas–, pero que las haga bien. Un Estado que cumpla sus funciones con eficiencia, y que no sea atrapado por grupos de poder o de interés, sean empresariales, políticos o sindicales.
Hacer una lista extensa y exhaustiva de este tipo de políticas sería largo, y va más allá del objetivo de este artículo, pero vale la pena mencionar algunas de ellas.
Las dos políticas más efectivas para combatir los miedos económicos son el seguro de desempleo y el impuesto negativo al ingreso. El primero, cuando está diseñado correctamente, asegura que aquellos que pierden su trabajo tendrán un cierto ingreso durante el período de búsqueda de un nuevo empleo. Pero, y como se ha discutido hasta el cansancio, para que este sistema funcione en forma cabal es necesario que las empresas estén dispuestas a contratar operarios y empleados. Esto es algo que la actual legislación laboral chilena no hace. Al contrario, nuestro código –incluyendo las indemnizacionespor años de servicio– es claramente anti-empleo y desincentiva la contratación de jóvenes.
El impuesto negativo al ingreso es una herramienta que asegura que quienes trabajan obtendrán un ingreso mínimo –digno, si se quiere. Este instrumento ha sido usado con éxito en diversos países. En los EEUU ha sido ampliado y perfeccionado por todas las administraciones -republicanas y demócratas– desde su implementación en 1975.
Pero los miedos de la población van más allá que los temores al desempleo y a un ingreso exiguo. Hay miedos a la inflación, a ser víctimas de un crimen, a no poder costearse la educación, a ser discriminado, a recibir una educación de mala calidad, a ser ignorados por políticos abusadores y autoritarios, a la intromisión del gobierno en la vida privada, a los impuestos expropiatorios, a la dictadura de la burocracia.
Todos estos miedos se pueden manejar exitosamente por medio de políticas eficientes que no eliminan los incentivos a la innovación y el progreso. El gran desafío del próximo gobierno será, precisamente, diseñar esas políticas.