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Artículo correspondiente al número 268 (24 de diciembre de 2009 al 28 de enero de 2010)
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Hitler y los barbaros
El miedo a la amenaza de nuestra propia muerte nos hace capaces de matar, mutilar, torturar. Por Alejandro San Francisco.
En un interesante libro, Tzvetan Todorov señala que “el miedo a los bárbaros es lo que amenaza con convertirnos en bárbaros”. Afirma que “el miedo se convierte en peligro para quienes lo sienten, y por ello no hay que permitir que desempeñe el papel de pasión dominante”: es que el miedo a la amenaza de nuestra propia muerte nos hace capaces “de matar, de mutilar, de torturar”. Es el ejemplo del miedo a los “negros” que decían sentir los abusadores del apartheid en Sudáfrica y es lo que ha estado presente en la historia de Chile en distintos momentos: cuando los “godos” se enfrentaron a los “patriotas”; los pipiolos a los pelucones; los dictatoriales a los antibalmacedistas o, más recientemente, los revolucionarios de 1970 a sus contradictores de 1973... Fue cuando el miedo se apoderó de Chile y, con él, aparecieron los mayores excesos.
Pero este miedo ha tenido momentos superlativos en la historia. En otro momento, y también en diferentes circunstancias, ese fue el miedo –absurdo, inventado, criminal– de Hitler y el nazismo en el mundo entreguerras. Un miedo a los judíos “parásitos” y destructores de Alemania.
Así lo expresaba claramente Adolf Hitler en Mi lucha en 1924: “si al inicio de la guerra y durante ésta se hubiera echado gas venenoso a 12 ó 15 mil de esos hebreos corruptores del pueblo, como les ocurrió a cientos de miles de nuestros mejores trabajadores alemanes en el campo, el sacrificio de millones en el frente no habría sido en vano. Antes al contrario: 12 mil canallas eliminados a la vez podrían haber salvado las vidas de un millón de auténticos alemanes, valiosos para el futuro”. Quizá por eso había reconocido tan tranquilamente un par de años antes que si llegaba al poder, “la destrucción de los judíos será mi primer y más importante trabajo”. Muy pocos tuvieron miedo entonces.
Se equivocaron todos y el oscuro soldado de la Primera Guerra, el conspirador de cervecería, el autor de un manual racista de discutible calidad, el orador fogoso y excepcional, llegó al gobierno. Entre 1933 y 1945 se propuso la discriminación antisemita, luego la persecución legal y práctica de los judíos, los campos de concentración y, para terminar, la necesidad de avanzar hacia la solución final, ordenada en el verano de 1941. Como lo reconoció Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz, las instrucciones recibidas a través de Himmler eran claras: ya que los judíos eran enemigos eternos del pueblo alemán, debían ser exterminados y mientras durara la guerra, “todos los judíos a los que podamos echar mano deben ser aniquilados, sin excepción alguna. Si no logramos destruir ahora las bases biológicas de la judería, serán los propios judíos quienes, después, aniquilarán al pueblo alemán”. Volvía a gobernar el miedo, pasión dominante del líder del Reich: él estimaba que debían temer y odiar a los judíos, así como cada hombre debía temer al Führer y al sistema creado por él. Como todo sistema totalitario, era una sociedad marcada por el miedo.
Los alzamientos e intentos de tiranicidio terminaron con sus autores ejecutados. Las más mínimas disensiones culminaban con el pensante apartado del poder o en la cárcel. La población alemana hizo mayoritariamente “vista gorda”, quizá más por sumisión que por convicción. Hitler, por su parte, aceleraba el proceso, preocupado por su propia muerte y la impaciencia de conseguir todo lo que pudiera durante su vida, como ha señalado Ian Kershaw, su gran biógrafo. Los costos en vidas, mutilaciones, enfermedades y sufrimientos eran abstracciones menores frente a la grandeza de su proyecto. Así, hasta que llegó la derrota.
En la hora final, los jerarcas del bunker de Hitler comenzaron a mostrar algunos de sus sentimientos. La hombría germana y la confianza trocaron en una visión más realista, que se puede apreciar dramáticamente en La caída, película notable sobre los últimos días del Tercer Reich. A esas alturas, recuerda Bernd Freytag von Loringhoven –quien había estado con Hitler en el lugar–, “ya no disimulábamos el miedo” ante la certeza de la derrota. La misma que llevaría al suicidio a Hitler, quien pidió que su cuerpo fuera hecho cenizas para evitar (¿miedo?) que fuera vejado.
En las páginas finales de su Testamento político, el derrotado dictador no mostró sentimientos de culpa. Dijo que pasarían los siglos y de las ruinas de las ciudades brotaría un odio indestructible contra los verdaderos responsables de la guerra: la judería internacional y sus adeptos. Si quería provocar terror, no lo logró porque ya era tarde, y el patetismo de sus declaraciones lo hizo caer en el ridículo.
Pero vinieron Nuremberg y la apertura de los campos de exterminio, la memoria y nuevamente el miedo. El miedo de los que habían estado en los campos, los que habían sufrido la muerte de familiares y amigos. El miedo a la vergonzosa injusticia. El miedo –de muchos nazis y colaboradores– a ser descubiertos y encarcelados, como aparece magistralmente narrado en El lector, de Bernhard Schlink. El miedo al nazismo, porque el racismo y el odio como motores de acción siguen vigentes y pueden volver con sus peligros. Y, por supuesto, el miedo a Hitler, convertido desde entonces en una expresión casi perfecta de lo que debemos temer, enfrentar y vencer.