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Artículo correspondiente al número 268 (24 de diciembre de 2009 al 28 de enero de 2010)
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Los tres terrores
Jack Torrance y el bloqueo intelectual que lleva al hombre a abandonarse en las páginas de su historia hasta perder la razon y destruir su familia.. Por Ricardo Solari.
Asocio varios terrores con el film El Resplandor (The Shinning, Stanley Kubrick.1980). La vi por primera vez en la tecnología VHS en un video rentado en DICAPI, única empresa del rubro en esa época en Santiago. Mirar un video era, por aquel entonces, todo un acontecimiento, un verdadero ritual. Sin embargo, mi experiencia fue desafortunadamente deprimente.
Primero, porque en esa época en Chile nadie (al menos nadie que yo conociera) tenía mucho humor para observar marejadas de sangre y psicópatas con hachas persiguiendo personas indefensas. Descubrí, entonces, que las cintas de terror son un lujo que sólo se disfruta en las democracias estables y en los regímenes garantistas. Por ello, el primer terror que asocio con la película tiene que ver con la mala coincidencia del período de su exhibición: en los duros días del terrorismo de Estado en Chile.
¡Cómo cambian los tiempos! Hoy El resplandor es una película de culto para preadolescentes, doctorados y doctoradas en rodajes cargados de torrentes de sangre.
Debo advertir que considero que se trata de una película un tanto fallida. Tiene imágenes poderosas (por ejemplo, el rostro inolvidable de la coprotagonista, Shelley Duvall) y una estructura nueva que llevó al cine de terror a otra potencia. Pero los múltiples canales que abre no están bien resueltos y acaba intentando un engaño al espectador.
El segundo terror es menos vicario y, si se quiere, más cínico. Tiene que ver con el hecho de que, sinceramente, debo decir que no entendí la película. Con el tiempo, caí en la cuenta de la razón de mi perplejidad: todo el mundo a mí alrededor fingía que la entendía. Te la explicaban con expresiones de pasmo y sobresaltos. Con estas gesticulaciones intentaban evocar ciertas sensaciones que produce la cinta. Y parecía entonces que la película se trataba de eso: de un grupo de escenas perturbadoras. Puesto que la película no se trata de eso, nadie se atrevía a confesar que no entendía ni jota, y la conversación sobre el film se reducía a un intercambio de musarañas. Se hablaba de los flagelos a los que habían sido sometidos los actores y otras boberías que importan un rábano cuando se habla de cine. Había entonces una suerte de complot tácito de fingirse mutuamente. El terror de quedar como un tonto, de no entender lo que se supone que toda persona educada y culta entiende, es el segundo terror. Yo tengo la excusa de haber sido relativamente joven en aquel entonces. Lo increíble es lo lejos que puede llevar ese terror, sea a un individuo o a un grupo humano, en la reproducción masiva de la hipocresía y la mentira colectiva.
En fin, el último terror dice relación con lo que, según entiendo, es el contenido de la película: un bloqueo intelectual (el fracaso creativo), que lleva a un hombre no sólo al anonimato y a abandonarse en las páginas de su historia, sino a perder la razón y a destruir su familia. Después de la audacia sin precedentes de La naranja mecánica y de la sencilla grandiosidad de 2001: odisea en el espacio, Kubrick había inventado un cine masivo, estéticamente renovador y que sintetizaba un imaginario emergente. Era el gran maestro del cine mundial y podía hacer lo que quería. Al igual que Jack Torrance, estaba en óptimas condiciones para crear, pero no sabía qué diablos hacer y acabó siendo víctima de tales condiciones. Un terror antropológico a las circunstancias óptimas parece frustrar continuamente a los hombres en su lucha por su propio progreso. El fracaso está siempre a la vuelta de todas las esquinas
Chile acaba de ser admitido como miembro de la OCDE, tenemos un alto precio del cobre, estabilidad política, paz social, buen manejo de la crisis. Muchos dirán que son los requisitos óptimos para dar un salto al futuro. ¿Qué moraleja nos deja la historia de Jack Torrance? Que un hombre como él creería ingenuamente que estamos para hacer algo extraordinario: llegar a ser un país desarrollado muy pronto, por ejemplo en 2020. Sin embargo, ese tipo de proyecciones lineales incautas –que incluyó en su propio caso el espiral de locura y violencia al que fue arrastrado por sus propios demonios internos– elude una apreciación de que el empate político y la demagogia (venga de donde venga), pueden volver todo atrás y, más allá del optimismo de hoy, el país puede volverse un cotidiano centro de conflictos, estancamiento e inseguridad. ¿De terror, no? Como tantos otras veces, como ayer.