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Artículo correspondiente al número 253 (29 de mayo al 11 de junio de 2009)
La expansión Montalembert
Los Montalembert surgen del matrimonio entre María Francisca Bemberg –hija de Luis Emilio– y el conde Carlos de Montalembert. Nuestro entrevistado, Jacques Louis de Montalembert, llegó a los 23 años a Argentina, proveniente de su natal Francia. Además de sus inversiones como grupo, tiene viñedos en Napa y en Valle Central en Lawndale, al sur de Sacramento. “Ahí no producimos vino, sino uva que vendemos a otras grandes bodegas tipo Mondavi”.
Hoy, su interés por el vino se ha volcado por entero al desarrollo de la Bodega Ruca Malén en Mendoza. Allí es socio de Jean-Pierre Thibaud, argentino de nacimiento y francés de origen. “Jean Pierre es un empresario argentino de mucho prestigio que no estaba para nada en este negocio. Ingresó por casualidad al asunto del vino en Chandon, firma de la cual fue presidente por 10 años. Nuestra relación se gestó porque nuestras familias se conocían y porque yo ingresé al directorio de Chandon”, explica Jacques Louis.
Así, cuando Jean-Pierre dejó la presidencia de Chandon, recibió rápidamente la propuesta de Montalembert para instalar una viña en Argentina. “Yo nací en Borgoña y el vino para los franceses es importante. Nunca tuvimos en la familia viñedos, pero sí una participación en Francia durante diez años en Champagne Vértigo. Entonces, cuando Jean-Pierre decidió salir de Chandon, le dije que me ayudara a pensar en un proyecto de cero, así que yo fui quien tuvo la idea, pero él hizo todo el trabajo”, reconoce el empresario.
Jean-Pierre Thibaud expone el proyecto: “era diciembre de 1998, no teníamos viñedos, ni bodega ni nada, sólo la idea. Aunque era tarde, dije que participaría de la idea siempre y cuando hiciéramos la cosecha ya, porque no quería perder un año. Y lo hicimos, conseguimos un enólogo bueno y a un productor que nos dio espacio en su bodega para hacer nuestro primer vino. Hoy es una bodega excelente, Altavista”.
Allí trabajaron cerca de 4 años, pero como Altavista comenzó a crecer tuvieron que buscar nuevas alternativas. “Además, nosotros sabíamos que venía una crisis fuerte en Argentina, así que preferíamos esperar y ver la posibilidad de comprar tierras y construir la bodega a mucho menor costo. Y así fue: a fines de 2002 compramos tierras y comenzamos a edificar la bodega, que dejamos lista para la cosecha de 2003”, agrega de Montalembert.
El plan original fue el mercado local. Conocían la exitosa experiencia en esas lides de Chandon, por lo que decidieron armar una fuerte base interna antes de salir a exportar. “Hicimos malbec y el rey de los otros cepajes, que es el cabernet sauvignon; producimos una sola línea que se llamó Ruca Malén y decidimos apostar por la excelencia, porque la visión nuestra era hacer vinos de alta calidad”, explica Thibaud. Con ese objetivo en mente visitan a los productores de uva, eligen y satisfacen sus requerimientos, de acuerdo a requisitos muy específicos. “En cuanto a manejo, hacemos lo que queremos en la viña que elegimos y los dueños se guardan un pedazo para hacer lo suyo. Así tenemos controlada la calidad”, revela Montelambert.
Con un entusiasmo desbordante, Jean-Pierre aporta: “lo que está diciendo el señor Montalembert es muy importante. Hasta el año 2002 prácticamente había un solo precio por cepa. Hoy no, si usted reduce la producción en un pedazo, lo paga más caro. Eso es nuevo, porque la calidad del vino argentino ha ido mejorando muchísimo”.
La bodega maneja tres líneas de producción: una que se llama Yauquén (que significa compartir una bebida, en mapudungun), la cual se expende al consumidor a 28 pesos (unos 7,5 dólares la botella). Le sigue Ruca Malén (la casa de la joven), que se vende a 48 pesos al consumidor final (13 dólares). Tras ellas, la línea top: Kinién (el único) y que se entrega al consumidor final a 115 pesos (unos 31 dólares).
“Producimos 400 mil botellas pero estamos en franco aumento y vamos a llegar a 600 mil pronto, y tenemos que llegar a un millón de botellas rápidamente”, sentencia Montalembert.
Hoy, el 50% de la producción de la viña se destina a exportación. La meta es llegar al 75%, para lo cual han definido cuatro mercados como prioritarios: Estados Unidos, Inglaterra, Canadá y Brasil. En Chile no tienen presencia, porque se trata de un mercado pequeño y con una fuerte producción de vino local. Pero la idea es abordar nuestro país de otra forma: a través de la unión con un grupo viñatero chileno.
“Yo tengo una teoría y es que va a haber bastantes chilenos acá, así como argentinos invirtiendo en Chile. Creo que la competencia mundial nos va a obligar a juntarnos, que vendrá una reestructuración de toda la producción de vino y que tamaños como el nuestro no podrán competir con un Concha y Toro o un Peñaflor de acá. ¿Por qué no tener un pie en Chile y otro en Argentina? Yo creo que es una estrategia inteligente, porque el mundo cambia todos los días y hay veces en que un país está mejor que otro”, comenta.
Con ese plan en mente, están sosteniendo conversaciones con grupos chilenos que tienen presencia en Argentina. “Ellos se han dado cuenta de que también es importante juntarse para llegar a un buen tamaño. Estamos en conversaciones y no se pueden revelar más detalles. También estamos mirando otras bodegas argentinas y no tenemos nada en contra de rastrear posibilidades con Chile”, adelanta Montalembert. Cuidadoso, no menciona ningún posible asociado... pero tome nota: las viñas chilenas con presencia en Argentina son Concha y Toro, San Pedro-Tarapacá, Santa Rita y Montes.
El empresario anota que la idea es primero unirse en Argentina, “porque eso es lo que buscan ellos, nos vinieron a ver porque teníamos un sistema de distribución acá y porque yo los conocía por las amistades que tengo a nivel chileno”.
Pero la idea de crecer en Chile no se limita a la rama Montalembert. El empresario señala que el grupo Bemberg tiene aspiraciones de hacerlo. “No hay nada nuevo por ahora, pero tenemos un equipo de gente con los ojos bien abiertos, tras nuevas inversiones”.
| Las cuatro familias Bemberg |
Los Bemberg no invierten sólo en bloque, como grupo. Cada una de las cuatro familias que componen este conglomerado tiene sus propios negocios. Los Sainz de Vicuña son, hasta ahora, los más conocidos en Chile. Esta rama del grupo tiene su origen en María Inés Bemberg –hija de Luis Emilio Bemberg y, por lo tanto, nieta de Otto Sebastián Bemberg-, quien se casó con Eduardo Sainz de Vicuña. Con sede en España, la familia integrada por Ana, Alvaro, Federico y Beatriz es la que tiene mayor actividad empresarial en España y Chile. Son accionistas de la inmobiliaria Territoria, en cuyo directorio se sientan Ana y Federico. También hicieron noticia hace pocas semanas con su ingreso a la propiedad del Banco Security. En Argentina, la familia también tiene inversiones en la central eléctrica Chihuidos (Neuquén) y en un parque de energía eólica en esa provincia y en Chubut. Ana es la más conocida del clan. Luego de hacer carrera en Merrill Lynch, se dedicó de lleno a las inversiones inmobiliarias. Además de Territoria, participa en la propiedad de los hoteles Awasi en San Pedro de Atacama y San Antonio de los Cobres, en Jujuy. Pero sin duda lo que más llama la atención es su afición por el fútbol. Otra rama de la familia Bemberg son los Miguens Bemberg, hijos de la cineasta María Luisa Bemberg (hija de Otto Eduardo), quien se casó con Carlos María Miguens. De ese matrimonio nacieron Carlos José Miguens Bemberg –que llevaba las riendas de Quilmes hasta que vendieron a InBev–, Diego, Cristina y María Luisa. El grupo ha tenido presencia en variadas industrias, como la eléctrica: compró junto a Merrill Lynch el negocio de la francesa Total en Argentina, además de poseer Piedra del Aguila y Central Puerto y las generadoras Ensenada y Mendoza, que adquirió a la estadounidense CMS Energy. Carlos José es dueño de la citrícola San Miguel, posee 12.000 hectáreas en Río Negro y explotaciones de arroz en Corrientes. En el rubro inmobiliario, construyó con sus hermanos Pampas Pueblo de Hudson, un barrio privado en Buenos Aires, con torres, marina y centro comercial. En tanto, su hermana Cristina es dueña de la empresa láctea La Salamandra y ha tenido inversiones en medios de publicación, específicamente revistas. Los De Ganay Bemberg son hijos de María Rosa y el marqués Hubert De Ganay. Su descendencia está formada por cinco hijos, entre los cuales destacan Serge y Jean como activos inversionistas. Serge es miembro del consejo asesor de Sotheby’s. Los De Ganay y De Montalembert están entre los mayores propietarios de tierras de Buenos Aires, con más de 50.000 hectáreas repartidas entre distintas sociedades agropecuarias e inmobiliarias. |