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Artículo correspondiente al número 262 (2 al 15 de octubre de 2009)
Al reducir su dependencia de las exportaciones, mejorar el poder adquisitivo de sus ciudadanos y ampliar las oportunidades internas de inversión, los países asiáticos tendrán un rol mayor en la economía global. ¿Estamos viendo por fin el preludio de un nuevo orden económico mundial? Por Marcela Corvalán.
La fortuna económica de Asia en la posguerra estuvo por largo tiempo atada a la de Occidente, en particular a la de Estados Unidos. Si el primero crecía, también lo hacía Oriente; si decaía, arrastraba al continente. Pero hoy esta relación está cambiando.
Y si bien la transformación no es inesperada, lo cierto es que no había certeza respecto de cuándo ocurriría. Hace tiempo que la pregunta dejó de ser si China superaría a Japón como la economía más grande de Asia. Ahora la interrogante es cuándo lo hará. Y no se trata de una pregunta absurda, ya que todo indica que China se convertirá en la segunda mayor economía del mundo en breve, en 2010.
Es probable que haya una relación cada vez menos simbiótica entre el crecimiento (o contracción) de las economías asiáticas y los flujos y reflujos de Occidente, lo que de ningún modo implica un aislamiento de Asia, sino que una relación económica más equilibrada.
Basta ver lo que ha ocurrido con esta crisis: Asia no ha salido indemne, pero en lugar de desplomarse, simplemente ha crecido menos. La desaceleración ciertamente se explica por el frenazo en Occidente, pero el consumo interno de Asia tomó el relevo y la región siguió adelante. Datos del banco HSBC muestran que a junio el gasto doméstico en China e India se ha incrementado a tasas superiores al 5% durante la recesión.
Mirar hacia dentro
La principal lección de la crisis para los países asiáticos es que no pueden seguir dependiendo de Occidente como mercado para sus exportaciones ni como destino confiable para sus inversiones. La respuesta al primer problema es fortalecer el consumo interno, mientras que para el segundo la clave pasa por fortalecer sus mercados de capitales.
China, India e incluso Indonesia tienen una gran ventaja demográfica: sus poblaciones son enormes y relativamente jóvenes. Hasta hace no mucho su gran desafío era lograr tasas de crecimiento que les permitieran generar empleos e ingresos que mejoren la calidad de vida y capacidad de consumo de sus habitantes. Ahora (y aunque les resta recorrido) quedó en evidencia lo mucho que han avanzado.
Son muchos los análisis que ratifican que en China existe conciencia de la necesidad de acrecentar el consumo doméstico y la inversión interna y que para que eso ocurra necesitan acelerar el paso en dos áreas críticas: la seguridad social y el mercado de capitales.
La tendencia de los chinos a ahorrar es conocida y tiende a actuar como lastre para el crecimiento, ya que frena el consumo. La tasa de ahorro del país es una de las más altas del mundo, de 51,2% del PIB en 2007. La falta de crédito y la desigualdad en los ingresos son parte de las razones, pero la débil red de seguridad social también es clave. Antes de los 90, muchos chinos trabajaban en enormes empresas estatales que les ofrecían, junto con un empleo vitalicio, prestaciones como salud, educación, vivienda y pensiones. Cuando se inició el proceso de reforma, muchos trabajadores perdieron estos beneficios.
Esto hizo del ahorro un imperativo, sobre todo para hacer frente a gastos de salud. Según cálculos privados, los pagos directos de las personas representan casi 50% del gasto en salud, con la industria de los seguros aún en pañales. El sistema todavía es operado por el Estado y los recursos, sobre todo en áreas rurales, son insuficientes.
Y así como EEUU, China también impulsa una reforma. La propuesta en la que se trabaja tiene como meta lograr cobertura universal para 2020. En enero de este año se aprobó un plan de 124.000 millones de dólares para remozar la infraestructura de salud y dar cobertura a casi 90% de la población para 2011.
Ingresos mínimos
Los esfuerzos de China por mejorar su sistema de seguridad social incluyen el establecimiento de un programa de ingresos mínimos, conocido como dibao, que busca apoyar a trabajadores cesantes y a adultos mayores sin pensiones residentes en áreas urbanas. Como el financiamiento es local, hay gobiernos menores en regiones pobres de China no han podido implementarlo.
El fortalecimiento de la red de seguridad social también exige que China invierta más en educación y comparta la carga de las familias, lo que contribuiría al consumo público y privado. Aun con menos niños, la educación representa casi 15% del presupuesto de los hogares urbanos promedio. La inversión total del gobierno en este ítem es de casi 3% del PIB, en contraste con el 6% de EEUU.
Aunque en Asia es común que las familias se hagan cargo de los ancianos, una de las consecuencias de la política de un solo hijo adoptada por China en los 70 ha sido que ahora cada persona debe sostener a dos padres y cuatro abuelos. De hecho, se estima que los adultos sobre la edad de jubilación (60 años para los hombres y 55 para las mujeres) podrían pasar de ser el 10% de la población a un tercio para 2050.
En 1997, China comenzó a exigir contribuciones obligatorias de empleados y empleadores al sistema de pensiones y estableció un fondo nacional de seguridad social para suplir eventuales carencias. No obstante, la cobertura en zonas urbanas aún es baja y en las áreas rurales prácticamente no existe.
