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Artículo correspondiente al número 293 (28 de enero al 24 de febrero de 2011)
Tiene marca, ubicación, estrategia y, lo más importante, ventas y utilidades. Pero las cosas no han sido fáciles para la cadena. Hace tres años estuvo al borde de la quiebra. Hoy, sus ventas superan los 4 mil millones de pesos. Asi es cómo se levantó. Por Antonieta de la Fuente; foto, Verónica Ortiz.
Jerôme Reynes es de los que despiertan de buen humor cuando amanece nublado. No porque no le guste el sol, sino porque sabe que será un día de buenas ventas para su restaurante, Le Fournil. ¿La razón? Cuando se suspenden vuelos en el aeropuerto debido a la neblina, su local es el que más despacha de toda la cadena: se repleta.
Son variables de este tipo las que mueven la vida de este empresario francés que llegó a Chile en 1997 con la idea fija de hacer una panadería al más puro estilo parisino. Hoy, con más de diez años de experiencia en el rubro, sabe qué tipo de cosas pueden determinar que su negocio tenga o no un buen año. En 2009, por ejemplo, aprendió que una crisis no necesariamente puede ser mala para el rubro gastronómico. De hecho, cuenta que octubre de 2008 –después de la caída de Lehman Brothers– fue uno de los mejores meses para el bistrot abierto en el paseo El Mañío, en Vitacura. “Cuando estás deprimido, ¿qué prefieres comer, pan o sushi? Pan. Aquí, después de la crisis, la gente se juntaba a conversar, a hablar de sus negocios”, recuerda Reynes. Además, dice que se dio cuenta de que las crisis económicas provocan una transferencia de parte de los consumidores desde los restaurantes caros a los no tan caros, pero con estatus. “El tipo que iba a almorzar el domingo con la familia y se gastaba cuarenta mil pesos por persona venía a Le Fournil, gastaba la mitad o un tercio y lo pasaba igual de bien sin tener la sensación de ir a una picada”, afirma.
Han sido buenos años para Le Fournil. La cadena fundada por Reynes ha tenido un crecimiento exponencial de la mano de Bredenmaster, la empresa propiedad de la familia Ugarte, que tomó el control de la compañía en 2007. El día de esta entrevista, Reynes llegó en su bicicleta negra de estilo clásico, en la cual recorre diariamente sus locales emplazados en el sector oriente de Santiago. Esa mañana había presentado el presupuesto de la firma al directorio de Bredenmaster. Las cuentas eran más que alegres: en 2010 Le Fournil vendió 4.200 millones de pesos —un 23% de crecimiento en relación al 2009—. Eso, pese a que el local del aeropuerto estuvo cerrado casi un mes para permitir las refacciones después del terremoto.
Para 2011, las proyecciones también son auspiciosas. Se espera un crecimiento de 14% en la facturación, que irá acompañado de nuevos proyectos de apertura. Hasta ahora, el más avanzado es el de una segunda tienda en el aeropuerto, que se llamará Le Fournil Mirador, porque estará ubicada en el segundo piso del terminal aéreo, en un lugar estratégico que mira al sector donde los pasajeros recogen sus maletas.
Al borde de la quiebra
Por donde se le mire, Le Fournil es un negocio exitoso. Pero no siempre fue así. En 2007 estuvo al borde de la quiebra. Reynes lo recuerda como uno de los periodos más complicados de su incursión en Chile. En 2001 firmó un contrato con Espacio Riesco para convertirse en el responsable gastronómico de ese centro de eventos situado en Huechuraba. Pero la relación no terminó bien. A fines de 2006 Espacio Riesco decidió no renovarle el contrato, lo que le significó –de un día para otro– dejar de percibir cerca del 40% de las ventas de su compañía. En dos meses, Reynes tuvo que buscar un socio que capitalizara el negocio y así poder enfrentar la enorme crisis de liquidez que se desencadenó en su empresa. Después de múltiples reuniones con posibles interesados, entre los que estuvieron Christoph Schiess, los dueños del Tavelli y el grupo Délano, finalmente traspasó los activos y pasivos de su firma gastronómica a la familia Ugarte, dueña de la empresa fabricante de pan Brendenmaster, que vio en Le Fournil una manera de entrar de lleno al mercado del retail. Todo fue muy rápido. Entre enero y febrero, meses en los que tradicionalmente no hay mucho movimiento empresarial, Reynes logró sellar un acuerdo y el 8 de marzo de 2007 firmó el traspaso con los Ugarte. “Yo habría podido aguantar hasta fines de marzo, y nada más. Todo llegó en el momento preciso. Fue right time, right place, right person”, recuerda.
La disputa con Espacio Riesco terminó en tribunales. Le Fournil inició una ofensiva legal que derivó en un arbitraje que se cerró a mediados de 2009 y dejó empatados a ambos actores. El árbitro Ricardo Peralta desechó el pago de 1.500 millones de pesos que Reynes pedía como compensación por el término del contrato de parte de Espacio Riesco, que, a juicio del empresario, fue intempestivo y unilateral. “Pensábamos que con el árbitro íbamos a conseguir por lo menos una indemnización, pero él consideró que el contrato que teníamos había caducado. No fue una posición de valor. Estábamos muy decepcionados, porque dábamos por ganado este juicio”, admite el empresario.
Han pasado cuatro años desde esa crisis y hoy el fundador de Le Fournil repasa esos momentos con miras hacia el futuro. “Cuando veo hacia atrás, tengo una visión positiva de todo esto. No tengo rencor, el rencor y el odio son sentimientos inútiles y desgastadores. Yo soy una persona entusiasta y miro hacia adelante”, afirma.
La torta chueca
De ese proceso, Jerôme Reynes sacó varias lecciones. La principal es que para hacer crecer un negocio se necesitan espaldas financieras. “Crecimos demasiado. Y nuestro error fue pensar que antes de vender queríamos hacer crecer nuestro negocio, pero es mejor ser dueño del 30% de una buena torta que del 100% de una torta chueca”, sentencia.
Otras de las cosas que aprendió fue que en los negocios no se puede ser ingenuo. Explica que, según el contrato con Espacio Riesco, después de un año de asociados debían crear una empresa en conjunto, pero que ellos fueron aplazando esa decisión. “Mi error fue ser muy ingenuo, muy buena onda, muy confiado. Tengo una idiosincrasia un poco diferente”, dice. A su juicio, el sistema chileno está basado en la desconfianza; en que, en cualquier momento, alguien puede tomar ventaja y aprovecharse del otro. “No es una crítica, porque funciona bien así y ahora me doy cuenta de que debí ponerme firme en su momento y no lo hice”, reconoce.
Otra de las comprobaciones que le sirvieron de esta experiencia fue darse cuenta de que es importante separar los negocios cuando éstos son de distinta naturaleza. “Fue un error tener todo en la misma canasta: los locales, la panadería, la banquetería. Si yo hubiera armado una compañía para la banquetería habría sido distinto. Por último habría quebrado esa empresa, pero no habría puesto en riesgo todo lo demás”, recalca.
La red Fournil
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Aunque, por ahora, no descarta internacionalizar la marca, los esfuerzos están puestos en aficientar la operación en Chile y en consolidar sus locales.
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